Una mujer fuerte, ¿quién la hallará?

Por Jorge S. Muraro (Santa Fe)

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A poco que alguien se detenga a pensar en los admirables prodigios de la procreación o gestación del género humano y su prolongación a lo largo de las generaciones, comprenderá -acaso- que la misión fundacional, asignada a la mujer en el orden creado, no siempre ha sido interpretada según su principal condición de protagonista gestante y cooperante de la Humanidad en su revelación biológica y biográfica. Siendo la fuente de vida insutituible, la coparticipación femenina en la perpetuación de la especie ha de estar referida a los sabios designios del Creador y a los valores de las conductas debidas y virtudes derivadas de la finalidad propia que se mismo estado de existencia sexuada impone a cada ejemplar del linaje humano. Pero, más allá de ese determinismo genésico que ordena y regula el fuerte instinto de “servicio a la especie” (factor multiplicador de la raza, en los seres vivientes, en busca de su propia conservación), lo cierto es que existen otras aptitudes -congénitas o adquiridas- en la condición femenina que deben ser valoradas con la adecuada proporción de medios aptos y eficaces para el fin propuesto. Aunque silencioso y oculto en su intimidad -mas no por eso menos importante- el trabajo del hogar ha de ser el medio idóneo y eficiente para el fin constitutivo de la familia: Con el aporte de su aptitud hogareña, la mujer complementa y perfecciona, además, su propia personalidad porque justifica la razón de ser de su primer destino natural, en la misión progenitora y formadora de la estirpe humana, hasta alcanzar el destino último de su desarrollo personal en la plenitud cultural, espiritual y aun sobrenatural de su idiosincrasia. Si entendemos por “ocupación profesional” la condición de que una tarea se realice con la preparación e idoneidad suficiente, ningún trabajo u oficio merece tal calificación con más acierto que aquel que se lleva a cabo desde el ámbito familiar. La falta de estímulo o de ejemplaridad para tal delicada responsabilidad moral obedece -en parte- a consideraciones demasiado inconsistentes de lo que, en efecto, significa la “profesión del hogar”. La descalificación absurda -sin fundamentos razonables- desnaturaliza, en la valoración de ideales, el sentido humano y cristiano de la formación familiar, infundiendo en la mujer hogareña un sentimiento de inutilidad, frustración o fracaso si es que ella no ejerce actividades extradomésticas… Está claro que la vida moderna trascurre en ambientes diferentes, los cuales unas veces se complementan otras se excluyen. La participación social, por ende, no implica contrariedad entre “dedicación doméstica” y “ocupación profesional”, como si ambas tareas fueran contrarias y auto-excluyentes. Tales prejuicios y errores dieron origen a falsas concepciones acerca de la sexualidad, propias de ciertos “mitos”, que han apartado a la mujer del verdadero encuentro consigo misma, por desconocimiento o no aceptación de su misión esencial y de su contribución específica a la formación integral de la familia y, con ella, a la conformación del conjunto humano. Detrás del llamado “movimiento de liberación femenina” se esconde un largo proceso -hondo y complejo- que menoscaba la dignidad natural de la mujer e intenta cambiar su condición familiar con el deliberado propósito de modificar el “status” social del “sexo subyugado”, imponiendo los postulados de igualdad o paridad absoluta -competitiva, exitista y rivalizante- con el “sexo opuesto”, a la manera suelta, risueña y desprejuiciada que éste se jacta poseer. Tales proclamas de opciones erróneas y falsas creencias sobre “discriminación de los sexos” han causado la persistente confusión de pretender “liberar” a la mujer, desviándola de la sublime misión, que ella ha de cumplir desde el ámbito familiar, con la ilusoria promesa de una realización plena “fuera del hogar”: Supresión de todo vínculo natural y de atadura moral que pueda restar independencia a la búsqueda incierta de una “personalidad femenina” autónoma, libre e insumisa, por cualquier medio, modo, moda o snobismo… Según los “manifiestos de liberación”, la mujer “emancipada del yugo del hogar” requiere, exige y reclama igualdad sexual y la misma permisividad que acostumbra usar y abusar el hombre… ¡hedonismo puro y salvaje! La supuesta “liberación” desecha y descalifica toda dedicación hogareña por considerarla “retrógrada” e incompatible con las “exigencias sociales”, aunque es curioso observar cómo admite que es trabajo digno y reconfortable cualquier ocupación siempre que ésta no sea doméstica. Semejante mentalidad inculcada hace sentir a muchas mujeres obligadas -no tanto por estrictas razones económicas sino por prejuicios de este tipo- a buscar el modo de “escapar del hogar” con cualquier pretexto, sin importar el sentido de realización o motivación (profesional, cultural, espiritual) que una tarea útil o actividad provechosa permite infundir en ellas. Empero, lo más nocivo de tal “emancipación” es el “complejo de ansiedad” y culpabilidad, frustración o fracaso (“conciencia conflictiva”) que provoca en aquellas mujeres que han decidido permanecer dedicadas al hogar y a la familia. A ellas se les pretende ilusionar como si -más allá de ese trabajo “rutinario” y “esclavizante”- existiese un mundo fascinante y maravilloso que se les ha negado injustamente. Es ahí donde se advierte el pernicioso intento destructor del espíritu familiar, porque sostener que la mujer únicamente puede realizarse como tal “fuera del hogar” presupone hacer creer que el cuidado activo de la familia ha perdido ya validez social y su vigencia natural y universal, negándosele el motivo primordial de su finalidad humana preeminente. Mejorar la “condición social” femenina no equivale a restar dedicación y cuidado a la familia, ni limitar la fecundidad, ni reducir la fertilidad, ni desincriminar el aborto ni la infidelidad conyugal, como premisas válidas de “acceso libre y abierto” para la mejor participación en el trabajo, en la política, en la vida social. La auténtica promoción y el desarrollo pleno -con oportunidades iguales para la mujer- habrá de ser el resultado de una profunda comprensión de su maternidad más que forzar el límite normal de sus atributos naturales y de sus derechos y deberes familiares. Pero, si lo que vale -en verdad- es la elección ( la capacidad de ejercer lícita y válidamente las libertades y virtuosidades) esa opción ha de consistir en ser mujer conforme a los sagrados designios de la naturaleza en su sabia ordenación al bien universal. Las extremistas de la “liberación femenina” son muy pocas comparadas con el resto de las mujeres normales que ya han hecho su elección como Dios manda sin que por eso hayan fracasado en la vida… Si se admite que todo ser humano es un espíritu corporizado, esto es: encarnado en un cuerpo -varón o mujer- de ahí se sigue que no hay “libertad pura” en el orden creado, sino una libertad situada en un cuerpo, con sus limitaciones y virtudes, y en circunstancias concretas, unas dadas, otras susceptibles de ser elegidas. Es obvio, pues, que el primer condicionamiento de la existencia humana está latente o subyace en la misma naturaleza de las cosas. Aceptar este fenómeno -inevitable e irreversible- implica conciliarlos fines naturales con la misión existencial de cada ser particular. Ignorar, desconocer o rechazar esta “situación impuesta” por los sabios designios del Creador es causa de la primera rebeldía estéril, fatua, inútil y antinatural. Violentar o forzar el “orden natural” es atentar gravemente contra la eterna Providencia que gobierna el universo: ¡Dios perdona siempre; el hombre, a veces, la naturaleza nunca”! No es que se pretenda -con todo- apoyar una “discriminación social” de sexos, sino demostrar que la complexión femenina está preconcebida y predestinada a la maternidad desde su gran profundidad psicológica, social y aún espiritual. No sólo es “servicio a la especie”, cierta sujeción a la sexualidad, un sometimiento biológico, una sumisión biográfica, sino es más todavía una plena aceptación de sí misma, una ocasión admonitoria de hacer más perfectible la propia existencia: Varón y mujer han de aceptar esta predestinación, aunque el modo de compartir el orden natural del “diseño social” sea distinto en ambos. La mujer debe comprender su excelsa misión en la gestación de la vida, y aprender a conducir su existencia compenetrada y convencida del motivo de su sexualidad vinculada al matrimonio y a la familia. Frente a los cambios sociales -tan rápidos e imprevistos- su nueva situación le exige ir rescatando principios suficientes para mantener firme -con acierto- el justo equilibrio ético entre “ocupación extra-doméstica” y los debidos cuidados del hogar. Sólo en la selección de valores y virtudes inherentes a su función natural -y a su excelencia aún sobrenatural- siguiendo su vocación auténtica podrá ella -como mujer- discurrir y discernir cuál será su participación acertada en la sociedad actual, la que tampoco excluye opciones válidas de alternar la habitual ocupación hogareña con otras actividades que subsidien y complementen su personalidad, si es que aplica, pues, sus reales talentos a una profesión definida. Sabido es que la familia será siempre la mayor dignidad y honra de la condición femenina, porque realiza los fines de la naturaleza y cumple lo más insustituible de su destino; puede alcanzar ahí la perfección personal, siendo ése su mejor atributo cultural. La “emancipación femenina” nunca podrá significar la pretensión de una igualdad presuntuosa, de uniformidad y rivalidad con el hombre, ni tampoco la imitación del modo de ser con que él se muestra y actúa; eso no sería un éxito sino un fracaso para ella, no porque la mujer valga más, o menos, que el hombre, sino porque uno y otro son naturalmente distintos. Pero, a partir de una igualdad como persona, cada sexo debe alcanzar aquello que le es propio y debido; en este aspecto, decir “emancipación” sería tanto como admitir la oportunidad de ejercitar con responsabilidad las propias aptitudes y virtudes. Como mujer está predestinada para aportar aquello que es característico de sí misma y que sólo ella puede dar: la maternidad, la familia, el hogar. La feminidad es plena, natural y virtuosa cuando incorpora esa entrega de sí instintiva al sentido moral y espiritual de su existencia. No es raro que el hombre viva en estado de íntima desolación por una ausencia de ternura… Es que le está faltando esa sutil textura de signo femenino: Urdimbre hondísima de madre a niño que lo hace sentirse en comunicación profunda con la existencia. Gran hastío el de la ternura olvidada por la mujer en su afán de “liberación” y negada al hombre en su delirio de someter el universo a los caprichos de su prepotencia dominadora, mientras la mujer fatua se yergue estéril y presuntuosa como la espiga vacía… Esa ausencia desoladora convierte al pequeño ser, que se está gestando, en un huésped solitario. Nadie habla de la entrañable ternura: Palpitante acunamiento en el ritmo de caderas y de regazos de madres gestantes… ¡cadencia mecedora del pequeño futuro hombre! Sólo queda esperar que toda esta confusión, que ha suscitado la prometida “liberación femenina” sirva para un sereno reencuentro de la mujer con su verdadero destino, porque la Humanidad necesitará siempre de sus entrañas para plasmar tiernamente en los tejidos del nuevo ser la supremacía de los misterios divinos. Esto es renacer espiritualmente a la vida; esto es rescatar el don sublime de ser mujer, esposa y madre con el signo indeleble de los elegidos.


“Una mujer fuerte ¿Quién la hallará? De mayor estima es que todas las preciosidades traídas de lejos y de los últimos confines. En ella confía el amor de su marido, a quien no le hará falta tesoros para vivir. Ella le habrá de traer todo el bien y nunca el mal todos los días de su vida”. “Busca lana y lino, del que hace labores con la habilidad de sus manos. Es como nave de un mercader que trae de lejos el sustento. Se levanta antes del amanecer para repartir las raciones a sus siervos y el alimento a sus criados. Puso interés en unas tierras y las compró; de lo que ganó con sus manos plantó una viña. Revistióse de fortaleza y esforzó su brazo. Probó y echó de ver que su trabajo le fructifica; por tanto no se apagará su luz en la noche”. “Aplica sus manos a las tareas domésticas y sus dedos manejan el huso. Abrió su mano para socorrer al mendigo y extiende sus brazos al menesteroso. No temerá para su hogar ni los fríos ni las nieves porque todos sus domésticos tienen vestidos forrados. Ella tejió para sí un abrigo de raso y púrpura; su esposo se lucirá en las asambleas públicas, sentado entre los poderosos. La fortaleza y el decoro son sus atavíos, y estará alegre y risueño hasta l último día. Abre su boca con sabios consejos y la bondad y clemencia gobiernan su lengua. Vela sobre su familia y no come ociosa el pan. Levantáronse sus hijos y aclamáronla dichosísima; su marido también la alabó, diciendo: ¡Muchas mujeres han acumulado riquezas, pero tú has aventajado a todas! Engañosa es la gracia y van la hermosura. La mujer que teme al Señor, ésa será la ensalzada. Dadle el fruto de sus manos y festéjemos sus obras en las puertas de la ciudad”. (La Biblia -Proverbios, 33:10-31).

El autor vive en la ciudad de Santa Fe y envió este artículo especialmente a la página www.sabado100.com.ar.

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