Por Adan Costa Rotela.- Uno de los más representativos rituales aztecas y antiguos mexicas, era el celebrado a mediados de la primavera, en el cerro del Tepeyac, con el fin de homenajear a la madre de los dioses, Tonantzin, cuyo nombre significa “nuestra madre venerable”.

Los festejos a la maternidad entre los aztecas eran de carácter profundamente sagrado. Peregrinar desde distintos puntos del antiguo México para honrar a Tonantzin, era un acto de comunión cósmica y una ceremonia de reconocimiento a la propia madre. Tonantzin tenía por mayor atributo la vida; ella la daba. De allí su importancia y su fuerza más grande. Era el elemento vital de la sangre y, por lo tanto, también la guerra y la muerte eran sus facultades.

Existe un debate entre los historiadores acerca de que si los conquistadores españoles decidieron utilizar el culto a Tonantzin como base para desarrollar el culto a la Virgen de Guadalupe.

Quienes intentamos buscar en las raíces para encontrar identidades creemos que probablemente haya sido así. El riquísimo mosaico de yuxtaposición y mixtura cultural -no sin contradicciones ni conflictos- que implica la religiosidad del pueblo de los mexicas y aztecas que luego adoptaron el nombre de mexicanos, es una sobrada prueba de ello. Muchos indígenas usaron el nombre de Tonantzin-Guadalupe, que consideraban una misma deidad.

Quienes, a su vez, nos identificamos en el sentido de la Pachamama, como madre de la Tierra, entendemos en ella creación y respeto por cada ser viviente y por la naturaleza como tal.

Al evocar la Tierra estamos celebrando la intensidad de la vida, el sincretismo cultural y la vocación germinal. En este orden de causalidades que con que solemos llamar a la vida, no es casual que mi madre, Ana María, sea devota de la Virgen de Guadalupe, y que yo, su hijo, lo sea de la Pachamama. Por eso hoy te evoco madre y te celebro.

Santa Fe (20/10/13)

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