Rara especie

Se trata de un cuento recreado en la terminal de ómnibus de Retiro en Buenos Aires y las historias de amor.

Por Adán Costa Rotella (Santa Fe)

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“…Eres, estás hecha, de esa rara especie de personas…” El encabezado lírico de una poesía insinuada aún atronaba en su cabeza, cuando depositó toda su humanidad en las sillas de la terminal de ómnibus de la ciudad más poblada del país. Y se dispuso a esperar. Tenía, en principio, seis o siete horas por delante. De algún modo, sintió que la espera se vinculaba con algo más que el ocioso discurrir del tiempo. Un solitario diálogo consigo le estaba predestinado, expectante.

Sabía que al fin y al cabo, una conclusión certera acerca de los sucesos recientes debía rescatar, o no. Asimismo, se había asegurado a pesar de sus íntimos anhelos, que no sería beneficiario de un último beso de despedida, previo al retorno a su pago chico, lo que le provocaba cierto escozor.

Reeditó mentalmente, cada centímetro de lo vivido, instante a instante.

Los gestos tan ampulosos, y al mismo tiempo tan inmensamente cálidos del reencuentro de la noche del viernes. De nuevo esa nave subterránea, con menos calor que la otra vez. Está claro, un fin de abril no es exactamente igual a un principio de marzo, en Buenos Aires. La intimidad del departamento de calle Adolfo Alsina al 2.200, otrora conyugal. Teo saltando, maullando su desconcierto al recién conocido.

La cena a medio preparar, la ropa de noche esperando encajarse en el cuerpo de mujer. El deseo envasado durante el viaje hacia el encuentro, exaltado por la mirada persistentemente pornográfica de nuestro amante, en cuyos estímulos abundan los tacones y los escotes pronunciados. Quién sabe por qué perfidia del destino, esa mirada preside sus fantasías desde su adolescencia.

La fondieu de chocolate, ya lista y bien caliente, se ofrecía como un segundo postre a los amantes, después de amarse cándidamente en su primer noche. Los pechos como planetas, desnudos, así vertidos, son un apetecible bocado, tanto como para un galán maduro al estilo Eduardo Rudi, como para un joven novato e inexperto, repleto de testosterona reproductiva. Todo el día siguiente, fue muy altisonante. Las largas caminatas citadinas posibilitaron los entendimientos y los guiños. Avezaron sus historias, las pusieron en perspectiva común. De reojo se auscultaban. De frente se sentían. Con sus manos, se estrujaban.

La separación transitoria, por motivos estrictamente matriarcales, asentó una señal de alerta en el horizonte. La extrañó, y no poco. Fueron tan solo cuatro horas, le parecieron cuatro lustros, donde le fue absolutamente indispensable, a pesar de andar sobre veloces zapatillas y estar invitada a quedarse en el otro lugar. La solaz lectura de textos en la biblioteca pública atemperó la desazón, pués lo vinculó con sus placeres confesionales e inalterables.

La noche del sábado fue emblemática. El abadejo aderezado a impulso de sabores y gracia, recreó la madre de todos los conceptos. Se compartió visceralmente, y, ambos, lo entendieron como relevante sin necesidad de literalidad alguna. Nada sería igual, luego de ese sabroso banquete sazonado de emociones. Ya nada les será igual a partir de entonces.

De nuevo en la terminal, mascullando palabras interiores, refritando sensaciones, el amante andariego intentaba poner en blanco sobre negro las expectativas próximas, que se abren ante un escenario inédito. Algún agraciado trasero femenino lo distraía de tanto en tanto de sus cavilaciones. Claro, él no dejaba de ser quien era, a pesar de que el amor lo atacara de sorpresa y sin avisar. Repensó sus diferencias de personalidad con su amor. Se alegró advirtiendo que estas disimilitudes, lejos de separar, los unían indisolublemente.

El siente con un sentido trágico, racional, determinista. Ella con un sentido mágico, espontáneo y natural. Las distancias físicas predispuestas así, se viven diferentes. Por un lado con dolor y agonía; por el otro, confiando en el amor que se porta, con esperanzas de nuevos encuentros. Con la simpleza que proviene de amar a los animales. La piel se retroalimenta en deseo, ante su carencia, él pensaba.

Todo, dicho así, aparece como incontrovertible, en línea directa hacia la felicidad eterna, sin curvaturas hacia el vacío. Pero es realmente así? Pareciera, pareciera…, reflexionaba removiéndose en las sillas de la, a esa hora desbordada, Estación del Retiro. Éstas, no eran tan cómodas como al principio. Habían ya transcurrido las siete horas de rigor. Divagues sobre la progresión futura de la relación, las imposibilidades, las decisiones, todo por construir.

El colectivo que lo traería de regreso está predispuesto en la dársena de despegue, y el guarda llamando fieramente a partir. Efectivamente, su amor no vino a despedirlo, empero él lo presumía. Una llamada telefónica que no pudo establecerse, vaya causalidad, le dejó en su aliento la conclusión cierta que buscaba desde se sentó en ese bullicioso lugar. Cayó largamente en la cuenta que la amaba profundamente, sin más ni menos que eso, y por vez primera, puesto ella procede ineludiblemente de esa rara especie de personas. Las que son capaces de amar, ante toda interperie.

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