Las bases de una auténtica fraternidad

Homilía del obispo de Rafaela Carlos Franzini en la Catedral San Rafael en la solemne celebración de acción de gracias con motivo del 9 de Julio. “No habrá Patria, ni Nación independiente, ni auténtica fraternidad donde reine la mentira, el doble discurso, la calumnia, la sospecha y el prejuicio”, afirma.

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Queridos hermanos: Quiero comenzar esta reflexión agradeciendo al Señor Gobernador que -a pesar de la emergencia sanitaria que atravesamos- haya querido mantener esta invocación religiosa en el marco austero de esta celebración patria. Es bueno reconocer la presencia y el señorío de Dios en nuestra vida personal y comunitaria; es bueno darle gracias e invocarlo en la necesidad. A Él queremos darle gracias en este día por nuestra Patria y a Él le encomendamos especialmente nuestros hermanos enfermos, quienes los asisten y quienes tienen la responsabilidad de tomar las medidas conducentes a una pronta superación de este flagelo. Por una feliz coincidencia la Patria celebra el aniversario de su independencia el mismo día que la Iglesia celebra la memoria litúrgica de la Virgen María en su advocación de Nuestra Señora de Itatí, especialmente querida en la región Nordeste del país y entre muchos fieles de toda la Argentina, y también entre nosotros. Los textos bíblicos de la liturgia de este día, en especial la primera lectura que escuchamos, ponen luz a nuestra celebración. En efecto, San Pablo nos propone en la Carta a los Gálatas la maternidad de María, que aviva en todos los creyentes su condición filial y nos revela un rostro cercano del Dios Padre-Madre en quien creemos los cristianos. Reconocernos hijos de un mismo Dios nos permite descubrir el fundamento de nuestra fraternidad y nos estimula a buscar incansablemente caminos que la hagan cada día más palpable entre nosotros. También el significado de la palabra patria habla de paternidad común y, por tanto, de fraternidad compartida. La celebración de un nuevo aniversario de la independencia nos invita a volver a reconocernos hermanos, llamados por providencia de Dios a afianzar vínculos de auténtica fraternidad entre todos los habitantes de esta bendita Nación. Por ello permítanme señalar algunas notas que no deberían faltar en esta construcción común si no queremos abusar de la palabra fraternidad. Ante todo hay que tener presente que la fraternidad se funda en la verdad. La verdad de lo que somos y de lo que estamos llamados a ser. La verdad de nuestra identidad más profunda, de nuestras posibilidades y de nuestros límites. La verdad de nuestra historia, con sus luces y sombras, sin visiones reduccionistas o cargadas de ideología. La verdad que buscamos, descubrimos y admiramos entre todos, sin pretender exclusividades o descalificaciones. La verdad que, como enseña Jesús, nos hace verdaderamente libres (cfr. Jn 8,32). Por ello no habrá Patria, ni Nación independiente, ni auténtica fraternidad donde reine la mentira, el doble discurso, la calumnia, la sospecha y el prejuicio. Por ello, porque queremos ser Nación, en la Oración por la Patria pedimos pasión por la verdad. La fraternidad que se funda en la verdad reclama el ejercicio perseverante del diálogo, ejercitado con honestidad y respeto, sin descalificación ni atropello; convencidos de que sólo a través de él aprenderemos a conocernos y a encontrar juntos las soluciones a los grandes problemas que nos aquejan. El diálogo es así el primer e indispensable paso en el camino del reencuentro y la reconciliación, es la expresión más genuina de la nostalgia del hermano y el principio del tejido social. Nuestra historia casi bicentenaria nos muestra con crudeza hasta dónde puede llegar la fragmentación en una comunidad que ha perdido la capacidad de dialogar pero también nos enseña que el diálogo es posible y fecundo cuando es vivido con sinceridad y compromiso, haciéndonos exclamar con el salmista: “¡…Qué bueno y agradable es que los hermanos vivan unidos!…” (Sal 133, 1) Así el diálogo veraz y perseverante afianza los vínculos más entrañables entre todos los ciudadanos, haciéndonos más solidarios y sensibles para ir al encuentro de los hermanos más pobres, de aquellos todavía excluidos de nuestra fraternidad. La Patria es de todos y para todos y la Nación no terminará de construirse mientras haya hermanos -hijos del mismo Dios y de la misma tierra- que no tengan acceso a condiciones de vida dignas, a una educación integral, a servicios de salud y de previsión social suficientes, a un trabajo estable y creador, a una vivienda digna de ese nombre y al ejercicio y el respeto de sus derechos ciudadanos. Celebrar un nuevo aniversario de la independencia nos compromete a procurarla para todos y a trabajar decididamente en la construcción de una sociedad más justa y equitativa, en la que nadie quede excluido del banquete de la vida y la fraternidad. Así manifestaremos el compromiso por el bien común, también pedido en la Oración por la Patria, sin el cual nunca podremos superar una grave enfermedad que nos aqueja desde hace tantos años: el individualismo personal y sectorial. Es indispensable redescubrir que sólo el empeño perseverante por el bien común nos permitirá construir una auténtica fraternidad, fundamento de nuestra identidad nacional, garantía de auténtica independencia para todos. Los cristianos católicos, que conformamos la mayoría de la población nacional, tenemos la grave responsabilidad de manifestar que nuestra fe en Dios, el Padre de Nuestro Señor Jesucristo y nuestro Padre, y nuestra arraigada devoción mariana son estímulo e invitación permanente a trabajar por una Patria fraterna y solidaria. En esta tarea no estamos solos. Nos acompañan también los demás hermanos cristianos y los judíos, nuestros hermanos mayores en la fe; todos los creyentes en Dios y todos los hombres y mujeres de buena voluntad. Conscientes de formar una gran familia nacional, que se nutre y afianza con vínculos profundos, más fuertes que alianzas circunstanciales u oportunistas, y que necesitan ser cada día más profundizados si queremos verdaderamente ser una Nación independiente, como la soñaron los fundadores de la Patria y tantos hombres y mujeres libres a lo largo de casi doscientos años. Los obispos argentinos en nuestro documento “Hacia un Bicentenario en justicia y solidaridad” hemos propuesto algunas metas a alcanzar a la luz del Bicentenario, como un sencillo aporte al presente argentino. Cada una de estas metas expresa la vocación a la fraternidad que anida en el corazón de cada ciudadano y que debe ser explicitada cotidianamente en la construcción de la Patria común. Me permito recordarlas en esta circunstancia tan significativa, como invitación y desafío para todos, dirigentes de los distintos sectores de la vida social y simples ciudadanos: Recuperar el respeto por la familia y por la vida en todas sus formas. Avanzar en la reconciliación entre sectores y en la capacidad de diálogo Alentar el paso de habitantes a ciudadanos responsables. Fortalecer las instituciones republicanas, el Estado y las organizaciones de la sociedad. Mejorar el sistema político y la calidad de la democracia. Afianzar la educación y el trabajo como claves del desarrollo y de la justa distribución de los bienes. Implementar políticas agroindustriales para un desarrollo integral. Promover el federalismo, que supone la necesaria y justa autonomía de las Provincias y sus Municipios con relación al poder central. Profundizar la integración regional y global. Que en este nuevo aniversario de la declaración de la independencia, Dios nuestro Padre y la Virgen María -nuestra Madre de Itatí- nos ayuden a todos los argentinos a descubrirnos familia y fraternidad, llamados a construir cada día una nación más independiente, fundada en vínculos profundos y en el respeto de la dignidad de todos los ciudadanos.

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