El día que ganamos todos

Por Natalia Aquilino.- Hasta 2015, Argentina era uno de los dos países latinoamericanos que no contaba con un debate electoral entre los candidatos a Presidente. A partir de estos meses ese dato cambió. Pero, ¿entramos con este hecho necesariamente en una nueva etapa de la democracia? Probablemente no. De todas maneras, como suelo repetir, del debate salimos mejores personas. Porque aprendemos a escuchar, a respetar reglas, a analizar y a ejercer mejor la enorme tarea que supone tomar decisiones más informadas, nutridas de más elementos de juicio. Con este hecho si entramos, en una nueva manera de pensar y entender a la política. Ni mejor ni peor, distinta. Una manera que se fundamenta en más consensos para llegar a reglas de debate aceptadas por las campañas. Una manera “anti intratable” donde los que exponen se ajustan a formas y tiempos y los que participan no interrumpen, no gritan, ni se exaltan inútilmente. Una manera que propone al espectador, dedicar 90 minutos a tratar de aprehender al candidato desde otro lugar. Un lugar argumentativo y más lógico en su desarrollo que las notas periodísticas o los spots de campaña. La articulación en torno a bloque de temas tiene un enorme valor. Permite prácticamente que los ciudadanos se dejen mostrar el programa de gobierno, los valores que los candidatos representan y las maneras de abordar los problemas nacionales. También supone estar de acuerdo previamente en cuáles serán esos grandes ejes. Sin embargo, no resultó ajustada a valores la vinculación que se estableció entre “Desarrollo económico y humano”. Subordina lo importante a una racionalidad de mercado. Los temas eran muchos y no necesariamente relacionados con el tópico (planes sociales, estadísticas, fondos buitres…). El segundo fue “Educación e Infancia”. Quizás el segmento con más consensos entre candidatos. Con el tercero, “Seguridad y Derechos Humanos”, sucedió lo mismo que con el primero. La relación es inversa y se nota en esta articulación una mirada que también es ideológica por parte de los diseñadores del debate y los equipos de campaña. El cuarto bloque, finalmente, “Fortalecimiento democrático” el más necesario y el más pobre de todos. Con poca complejidad, escasas propuestas y una mirada coyuntural. Hubo temas indispensables pero casi ausentes: equidad, género, derechos humanos, el rol de las organizaciones sociales, transparencia, rendición de cuentas, estrategia internacional. ¿Responsabilidad de Argentina Debate? Probablemente no, es más bien responsabilidad de la matriz de pensamiento de los candidatos y sus programas que tienen mucho de tapa periodística y no tanto de futuro programático. Necesitamos más de esto no menos. La exposición durante dos minutos pareció responder bien a un esquema moderno donde todo pasa por la agilidad y los pocos caracteres. Sin embargo, a veces el tiempo resultó escaso y la repregunta entre ellos no fue igual de efectiva. Los candidatos no son periodistas. El uso del tiempo en esta parte fue ineficaz y no contribuyó más que a la chicana. Quizás, con una sola ronda de debate no alcance. En el futuro, será necesario ahondar en un esquema que permita mayor amplitud y profundidad temática en una “temporada de debates”. Estuve en la facultad de Derecho y puedo dar fe del trabajo que pusieron mis colegas de Argentina Debate, y especialmente de CIPPEC, en hacer de un hecho histórico un evento impecable, respetuoso de las ideas que se enfrentaron y memorable para la política argentina. Las tribunas también dieron testimonio de respeto mutuo y tolerancia. La relojería de la tensión política se administró con serenidad, cautela y con efectividad de tiempos televisiva. Por su parte, los candidatos hicieron lo que pudieron. Exceso de coaching tal vez. Por momentos, sonó estudiado de libreto y los “puntazos” parecieron forzados, siempre innecesarios. Fue un debate entre candidatos no entre líderes políticos. El único gesto verdaderamente político fue el de haber desautorizado el debate en medios masivos e institucionalizar, por fuera de las presiones, una dinámica no vinculada con la disputa de poder, por fuera de la batalla por la construcción de sentido. Cómo institucionalizar la rutina de debates pre electorales es una tarea pendiente. Resolver si será por ley o a través de una organización dedicada a estos fines son algunas de las opciones que parecen manejarse a corto plazo. Algunos medios, que no pueden superar sus propias contradicciones como parte interesada, sentenciaron un ganador. Probablemente, también ellos tienen que aprender sobre cuáles criterios se baja el martillo. No están entrenados todavía, como tampoco lo están los candidatos. De hecho, son los mismos medios que no quisieron o no supieron balancear la equidad de género entre los moderadores. Que no hubiese mujeres periodistas ni en la primera ni en la segunda ronda, habla de un límite estructural a la equidad que el sector privado que lidera la comunicación de masas debe reconocer, gestionar y enfrentar para cambiar. Hay que reconocer el logro y pensar en lo que falta, que nos falta a todos y todas. Este primer debate en contexto de balotaje dejó un solo y significativo ganador. El conjunto de los ciudadanos que votamos el próximo domingo. Tal vez no hayamos cambiado nuestro voto. Pero siempre, habremos salido del debate mejores personas.

La autora es rafaelina y directora del Programa de Incidencia, Monitoreo y Evaluación de CIPPEC.

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