De Calcuta a Rafaela

Por Alcides Castagno.- Cuando Monseñor Jorge Casaretto se hizo cargo de la diócesis de Rafaela, asumió un compromiso difícil en pro de la unidad y la convocatoria de una región fragmentada como consecuencia de los tiempos violentos que había sufrido el país y a los que no estuvo ajeno ningún ámbito de la vida comunitaria. Una mañana nos cruzamos con el nuevo obispo en la plaza 25 de Mayo, me invitó a que colaborara en el campo de las comunicaciones sociales y así comenzó una tarea ciertamente liviana. Había sólo tres medios masivos y mi “trabajo” se circunscribía a contactos con personas a las que el obispo no conocía aún y alguna que otra sugerencia. Una de sus misiones pastorales fue convocar a la juventud, otra fue llevar auxilio a los sectores más necesitados de la diócesis. Con mucho esfuerzo pudo conectarse en dos oportunidades con la Madre Teresa para pedirle que establezca un centro de sus Misioneras de la Caridad en Frontera. No sólo lo creó sino que comprometió su concurrencia para inaugurarlo. El día llegó y con él la presencia prometida.
Simultáneamente se había organizado en Rafaela una gran misión, de la que participaron 40 sacerdotes y religiosos coordinados por el padre Zaieg en 20 centros de la diócesis cubiertos por dos misioneros cada uno. Estaba todo preparado para su inauguración el 18 de septiembre con una celebración en la Plaza 25 de Mayo. Ante la coincidencia con el evento de Frontera, el obispo rafaelino no tardó en gestionar la visita excepcional que había llegado a la Diócesis.

La visita

El viernes 17 de septiembre de 1982 por la tarde recibí un llamado de monseñor Casaretto: “Probablemente mañana esté en Rafaela la Madre Teresa, no tengo confirmación plena pero apenas lo sepa te aviso para convocar a los medios”. Cuando colgué, no podía dudar de la seriedad del aviso, pero sí dudaba de mantener el compromiso de silencio. Cumplí.
El sábado 18 llegó finalmente el llamado que esperaba: “La Madre está viajando para Rafaela. Avisale a los medios y venite”. Revisé las pilas, casete y el funcionamiento de mi grabador. Después de dos llamados fui casi corriendo desde los estudios de LT28 en bulevar Lehmann hasta Necochea 150, el obispado. Allí todo era nerviosismo e incertidumbre. No existían los celulares de modo que el único dato era un llamado desde Frontera, donde había inaugurado la sede de las Misioneras de la Caridad, avisando la partida. En el obispado se vivía un movimiento ansioso.
Agnes Gonxha Bojaxhiu, la joven albanesa que eligió llamarse Teresa en memoria de Santa Teresa de Lisieux, estudió y se preparó para servir a los más pobres. Adoptó la ciudadanía india y la ciudad de Calcuta como centro de la congregación de las Misioneras de la Caridad destinada a socorrer a los más desposeídos, a veces sólo para ayudarles a morir dignamente. En cada uno de los oratorios que integran sus hogares sólo una cruz los preside con la leyenda “Yo tengo sed”, una de las siete palabras pronunciadas por Jesús en la cruz antes de morir, extendiendo la simbología hacia los que tienen sed de auxilio, justicia, comprensión, fe. “Para nosotras no tiene la menor importancia la fe que profesan las personas a las que ayudamos. Nuestros criterios de ayuda no son las creencias sino la necesidad”. Esa mujer, creadora de más de 500 centros de ayuda, distinguida con el Premio Nobel de la Paz entre otros, estaba por llegar a este lejano lugar del mundo.
Un revuelo en la vereda donde un grupo de religiosas montaban guardia precedió a la llegada de un automóvil oscuro con la custodia oficial. Enseguida, de la camioneta gris descendió la figura ataviada con el sari blanco, con franjas celestes y una campera marrón claro, con evidencias de uso frecuente. Menuda, sonriente, cabeza inclinada, pasos decididos, enfiló hacia la puerta donde la esperaba el obispo. Me crucé en su camino y besé su mano; no sé si la izquierda o la derecha, sé de su tacto nudoso que me quedó grabado y hasta hoy me parece sentirlo. Nada dijo. Nada dije. Simple y realmente era ella y eso bastaba, con sus 72 años recién cumplidos y destino de santidad. Entró a una reunión con el obispo; cuando finalizó todos quisimos tomarnos una foto con ella, con el ángel de Calcuta.
Salí corriendo hacia el tablado que se había dispuesto sobre la Plaza 25 de Mayo casi frente a la Catedral. Un importante número esperaba para la ceremonia y otros algo habían escuchado y se asomaban curiosos. Mientras me abría paso para ubicar una bocina desde donde grabar el mensaje que seguramente diría la Madre, escuchaba preguntas: “¿es cierto? ¿vino?” “¿es la madre Teresa?”, “¿está?”. Dos árboles más al Oeste ubiqué la bocina más cercana. Bien frente al tablado, una camioneta tenía a sus espaldas la imagen de Nuestra Señora del Milagro de Saguier, traída para presidir el acto. De pronto, algunos en puntas de pie, otros abriéndose paso de alguna manera, descubrieron que cruzando desde 9 de Julio hacia la mano interna de la plaza, venía la pequeña figura blanca flanqueada a su derecha por Monseñor Casaretto, a su izquierda el Padre Osvaldo Reggiani. Dos custodios y una hilera de agentes tomados de la mano cerraban el paso a los que se iban acercando. El interventor municipal Juan Carlos Borio se adelantó para la bienvenida oficial. La mano derecha de la Madre, como en oración, apretaba pequeñas hojas de papel con mensajes. Al llegar al tablado, antes de subir, estrechó contra su rostro a una niña que lucía una coronilla de flores rosas y blancas. Ya arriba, con el obispo a su lado y un misionero como traductor, nos dejó su mensaje escueto y meduloso, cuyo contenido merecerá otras columnas. “God bless you” fue su saludo final. Después cada uno fue incorporando su emoción. Pasó un tiempo antes de recuperarnos; en ese lapso la santa de Calcuta saludó con la sonrisa más amplia, ascendió a la camioneta que allí cerca la esperaba y partió hacia el mundo de los necesitados.
Revisé mi grabador. Mientras rebobinaba la cinta murmuraba algunas jaculatorias. Play. ¡Si! Todo había quedado grabado para que esta historia tenga su mensaje vigente hasta nuestros días y los que vendrán; un mensaje que vuela de Calcuta a Rafaela y vuelve enriquecido con nuestras emociones. En el lugar desde donde la Madre envió su mensaje, una placa recuerda que una santa mujer pisó nuestro suelo y dejó su tacto rudo en el intercambio de las manos.

Fuente: https://diariocastellanos.com.ar/

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