Cambio climático: efectos perversos y deterioro trágico del hábitat común

Por Carlos Galano.- En 1972, la realización del Encuentro de Estocolmo y la publicación de los “Límites del crecimiento”, hacen visible la problemática ambiental. Desde ese momento se llevan a cabo hasta la actualidad innumerables cumbres y espacios para abordar el tema. Que en vez de resolverse van en vertiginoso agravamiento.

Desde la cumbre Tbilisi en 1977, sobe educación y luego en la Cumbre de la Tierra en Río de Janeiro, comienza a hablarse de educación ambiental y desarrollo sustentable. Aunque para la educación será en Tbilisi, en 1977, la que establecerá los principios de la educación ambiental, construidos en torno a la ética, la equidad ecológica y la concepción del mundo como un sistema complejo que debe abordarse desde la interdisciplinariedad. Esas definiciones confiesan y desnudan, paladinamente, a una educación que no ha sido ambiental y a un desarrollo que no es sustentable. Es que era imposible una educación sustentable y un crecimiento de la finita capacidad del planeta para sostener el sentido de la vida y la convivencia. Las percepciones de la crisis ambiental, crisis de época, crisis civilizacional conforman las cartografías de lo cotidiano y se expresa, entre otros múltiples aspectos, en la información masiva sobre los fenómenos del agrandamiento del agujero en la capa de ozono, la acelerada pérdida de los bosques tropicales, la desertificación de los suelos con la consabida salinización y pérdida de la capa fértil arable, el agotamiento de los recursos pesqueros, como ocurre actualmente en el mar argentino y la contaminación generalizada del agua y el aire, particularmente en las zonas urbanas, metropolitanas y megalopolitanas. No podemos dejar de evidenciar el modo en que la modernidad insustentable, en su proceso perverso de colonización también ha mercantilizado los sueños, el cuerpo y los deseos. “La pretensión de avanzar hacia un mundo social y ecológicamente más equilibrado y estable sin cuestionar las actuales tendencias expansivas de los activos financieros”. Económico justo e incluyente, si la racionalidad que los impulsaba, devenida del iluminismo y de la ciencia clásica, se fundamentaba en la instrumentalización de la fragmentación. La lógica de la separatividad consolidada por la razón cartesiana y la filosofía racionalista kantiana, no tenía otro recorrido histórico que el de la depredación y la producción de pobreza, por desconocimiento de la complejidad ambiental y por la ignorancia de la diversidad cultural. Reforzado por la jerarquización que sobre la vida impone el antropocentrismo y androcentrismo occidental, convertidos en fenómenos de desnaturalización de la vida.

El mundo que construyó destruyendo los mundos de vida, la racionalidad instrumental economicista, ya está dando señales desesperadas de límites infranqueables, el mito del crecimiento indefinido queda exangüe ante el reconocimiento del cambio climático, proceso de devastación, disolución, desolación de la madre Tierra, impulsado por un modelo productivo que en sus columnas se sostiene en el agronegocio, la minería, el extractivismo incontrolable, guiado por la gula de la ganancia infinita. Esta desolación territorial se fragua desde el iluminismo, aunque comienza con la modernidad colonialidad en 1492, y su posterior linaje expresado en la racionalidad instrumental del capitalismo y su derivación postrera, altamente arrasadora, el neoliberalismo. Esta es la matriz que se incuba como el huevo de la serpiente en los sistemas educativos desde organización formal hacia fines del siglo XIX y de contundente vigencia en la actualidad. Dice Lander al plantear el núcleo del neoliberalismo que suelen presentarse ciertas confusiones. Estas dificultades se deben, en una importante medida, al hecho de que el neoliberalismo es debatido y confrontado como una teoría económica, cuando en realidad debe ser comprendido como el discurso hegemónico de un modelo civilizatorio, esto es, como una extraordinaria síntesis de los supuestos y valores básicos de la sociedad liberal moderna en torno al ser humano, la riqueza, la naturaleza, la historia, el progreso, el conocimiento y la buena vida. Las alternativas a las propuestas neoliberales y al modelo de vida que representan, no pueden buscarse en otros modelos o teorías en el campo de la economía ya que la economía misma como disciplina científica asume, en lo fundamental, la cosmovisión liberal.

Es en este modelo dónde debemos buscar el camino inexorable hacia el suicido. El modelo productivo extractivista se ha revestido en la región pampeana, en los horizontes de Rafaela con los ropajes del latifundio genético. Producción agraria sostenida en uso incalculables de venenos, químicos, como el glifosato, que han herido sin remedio la piel de la tierra y la propia estructura de los suelos y las aguas, superficiales y subterráneas. Un estudio reciente del CONICET da cuenta que el río Paraná y su cuenca están severamente contaminados, y que algunos ríos y arroyos, como el Pavón, que desembocan en él, tienen en sus lechos más glifosato que los campos del entorno.

El cambio climático ha obligado a la realización de cumbres y la firma de acuerdos como Kyoto o París, papeles absolutamente inútiles porque el poder hegemónico concentrado no está en condiciones de cumplirlos. La concentración de la riqueza de este modelo neoliberal devastador, tan vigente en Argentina, que altera irremisiblemente la vida sobre la Tierra, poniendo en riesgo la salud de los ecosistemas y la propia salud humana, es de una obscenidad infame. Dicen organismos internacionales que 8 personas físicas tienen tanta riqueza como 3 mil millones de habitantes. Hace semanas recordamos el cincuentenario de la encíclica Populorum Progressio de Paulo VI que condenaba enérgicamente este fenómeno económico. Cómo lo hizo de modo magistral el papa Francisco con la encíclica Laudato Si, tal vez el documento más importante en lo que va del siglo XXI, para centrar la mirada en la salvación de la madre Tierra.

Con referencia al tema, y teniendo en cuenta el documento “Madre Tierra una sola salud”, del encuentro convocado por el Instituto de Salud Socioambiental de la UNR, decimos, “hemos comprobado como globalmente se intenta imponer un modelo de agricultura alimentación industrial corporativo que conlleva una enorme devastación ambiental y causa hambre, malnutrición y destrucción de los territorios campesinos y de los pueblo indígenas. De la mano de las grandes corporaciones se siguen imponiendo en vastos territorios semillas transgénicas, monocultivos industriales y fumigaciones masivas con agrotóxicos. La concentración corporativa es cada vez mayor, siendo apenas un puñado las corporaciones que controlan los mercados globales de semillas, biotecnología, agrotóxicos, maquinaria agrícola y fertilizantes. Todo el proceso marcha hacia una mayor concentración en muy pocas empresas transnacionales, con el objetivo de convertir a los agricultores en meros esclavos de las empresas. Las leyes de semillas, las normas sanitarias y fitosanitarias, las nuevas tecnologías y la imposición en los mercados de alimentos ultraprocesados son algunas de las herramientas que el capitalismo está usando para imponer este sistema agro-alimentario. Un sistema que está ligado a la mayoría de las enfermedades más frecuentes de las personas, los animales y el planeta”.

Sabemos que sobre el particular se extiende oscuro un manto de ocultamiento, tergiversación, distorsión y diatribas. Desde medios de comunicación, algunos nichos académicos y de los sectores que representan a los productores, como la Sociedad Rural y las multinacionales cuestionan nuestras investigaciones y formulaciones. Pero ya estamos suficientemente alertados. Desde la década del 60, tan convulsiva en el siglo XX, la cuestión de la crisis ambiental comenzó a ser parte recurrente y confrontativa en la agenda internacional como dijimos. La inauguró de modo poético y rigurosamente científico “La primavera silenciosa”, de Rachel Carson, en 1962. Carson, bióloga, percibió en el medio oeste de EE.UU., hacia 1945, algunos indicios que perjudicaban la vida. En 1939, el científico, Dr. Muller logró el primer insecticida sintético en laboratorio. Se usó primero en las tropas de EE. UU. en el sudeste asiático para despiojarlos. Luego su aplicación se extendió a la producción agraria. Combatía insectos y aumentaba la productividad. Rachel Carson asoció el uso del producto a la muerte de pájaros y los múltiples problemas en la biodiversidad. Fue criticada despiadadamente por la academia que la expulsó. Por los medios de comunicación que se burlaban de ella, por las asociaciones de productores, como la Sociedad Rural Argentina, que la atacaron brutalmente y por el gobierno de los EE. UU. que no la tuvo en cuenta. Inclusive un avance de su investigación no fue publicado por Reader Digest por carencia de rigor científico. En 1948 a Muller le otorgaron el premio Nóbel de Medicina. En la entrega lo ensalzaron como salvador de la humanidad porque con su invento se erradicarían el hambre y las enfermedades. Carson, valiente mujer y excelente científica, siguió investigando. Contrajo cáncer y murió en 1964, luego de publicar “La primavera silenciosa”. En 1975 la Organización Mundial de la Salud prohibió por nocivo el producto del Dr. Muller, premio Nóbel de Medicina, que producía cáncer. Ese químico mortal es el DDT, tan usado en Argentina y del que aún hay restos en la Antártida.

Hoy el glifosato de Monsanto, tan alabado por el modelo agrario, productivista, usado para el cultivo de la soja transgénica es más mortal que el DDT. Investigaciones irreprochables de científicos como el Dr. Andrés Carrasco, ya fallecido y la cátedra de Salud Socioambiental, de Ciencias Médicas de la UNR, confirman los efectos devastadores sobre la salud de los ecosistemas y la salud humana. La cátedra de Salud Socioambiental y la investigación de los campamentos sanitarios fueron convocados por el Tribunal de Justicia de La Haya en el juicio contra Monsanto, por el valor de sus investigaciones y la amplitud poblacional y regional de sus estudios.

Crisis ambiental

El sistema hegemónico que genera el cambio climático, con efectos perversos, en deterioro trágico del hábitat común, se engulle las vidas y se plasma en la pintura de Goya, donde Saturno devora a sus hijos. Pura entropía insustentable. Puro ecocidio. Sostenemos que el cambio climático y la crisis ambiental es el resultado de tres enfermedades que se origina en el proyecto moderno colonial, iniciado en 1492.

1ª enfermedad: el antropoceno o el deterioro de la vitalidad terrestre. La primera Cumbre de Estocolmo en 1972 convocó una sobre educación para que diera orientaciones para enfrentar la cuestión ambiental. Esa cumbre se hizo en Tbilisi en 1977. Frente a la crisis ambiental redefinió y propuso cambios profundos en los sistemas educativos científicos, hasta ese tiempo atrapados por la visión fragmentadora e insularizada de la disciplinariedad, centrados en dos principios: 1) una nueva ética, 2) la consideración del mundo como un sistema complejo. Se derrumba el andamiaje que había sostenido el pensamiento desde el iluminismo, el productivismo, progreso desarrollo, productivismo arrasador sin límites. Se desmoronó la ética kantiana, fragua de la matriz jurídica y constitucional vigente. Postuló Tbilisi la equidad social, ambiental y reconoció el derecho comunitario. Debemos recordar que Von Hayek, fundador del neoliberalismo desde su primer libro en la década del 40, “Senderos de servidumbre”, elimina la ética en la economía, dónde sólo imperan flujos en equilibrios. En el campo económico no existen para ellos ni la naturaleza ni el ser humano. La aplicación de la visión reduccionista, cosificadora y matematizada generó fenómenos devastadores, pérdida de bosques, biodiversidad, pérdida de suelo fértil, contaminación generalizada de aguas, aire y suelos, especialmente en áreas megalopolitanas. Esa complejidad procesos se manifiesta en calentamiento global, cambio climático, producción incalculable de basura, impactos geomorfológicos. El geógrafo Fernández Durán, con quien coincidimos, llama a esta etapa antropoceno, o como la vitalidad terrestre se deteriora producto de la actividad desenfrenada en busca de ganancia del proyecto moderno, que sobrepasa la capacidad de la Tierra para recuperarse. La vida está en riesgo.

2ª enfermedad: la colonización y la colonialidad del poder, del saber, del ser, de la naturaleza. El conocimiento del mundo construido por el ámbito de las ciencias clásicas de la modernidad insustentable muestra draconianamente su insustentabilidad de los estilos de producción consumo y de convivencia hegemónicos. Desde la conquista se expresan sin ambages los métodos de devastación de la naturaleza y las culturas. Ecocidio y genocidio son sus emblemas. Hoy lo vemos vigentes como nunca en Argentina. Esta cuestión ya es conocida desde el debate de Valladolid entre Bartolomé de las Casas y Ginés de Sepúlveda en 1550, y esas líneas evolucionaron configurando la actual configuración de dominación-explotación, Sepúlveda, y Liberación, Las Casas. Todos los padres fundadores del sistema mundo vigente eran racistas, sea Descartes, Newton, Bacon, Hobbes, Smith, Kant, Hegel. El racismo reside en los socavones culturales de occidente hasta hoy. Sólo ver lo que ocurre con los migrantes o los pueblos originales, incluso aquí en nuestro país. Es una feroz oposición y represión al otro diferente no eurocéntrico. Para Hegel por ejemplo los negros son inferiores incapaces de pensar por debilidad mental y América, decía era monstruosa en su geografía y vegetación, hasta los ríos estaban deformados sin completar. Y sostenía que el Derecho residía en Germania y el resto del mundo rechtlos, en alemán sin derechos. Por eso las gramáticas de un conocimiento emancipador se deberán conjugar con la descolonización del pensamiento. Desmontar la concepción mecanicista del saber, presente en la economía, la producción y el consumo, fraguada durante una prolongada época y que aún anida allí interior de los ámbitos científicos y disciplinares, escritos con retórica galileanas, newtonianas y kantianas está en el centro del Pensamiento Ambiental Latinoamericano, que sostiene que la crisis ambiental, el cambio climático es una crisis civilizacional, de un modelo económico, tecnológico y cultural que ha depredado a la naturaleza y negado las culturas alternas.

3ª enfermedad: la hiperespecialización y la despoetización de la vida. El mandato del cientificismo dejó afuera de los mapas perceptivos del conocimiento, los sentimientos, la erótica del saber. Se constituyó un saber deserotizado, tensado por lo abstracto y abierto a la depredación y artificialización de la otredad denominada naturaleza y diversidad cultural. Especialistas y tecnócratas de los diversos recortes disciplinares se autopostulan, desde siempre, como eficientes metodólogos de una cosmovisión científica que ha tenido como objetivo combatir las ilusiones, aunque siempre han sido incapaces de cambiar sus propias ilusiones. Sus bases epistemológicas, mundo máquina, matematizar y cosificar, leyes naturales, objetividad, cientificismo, descalificación de todos los saberes no euro usa céntricos, conforman un proyecto totalitario que se impone con la fuerza de la dominación para que nada cambie en el mundo y que su aplicación, subordinada al dios mercado, fetiche neoliberal, tan bien definido en la reunión de Mont Pelerín en 1948, dónde Von Hayek y equipo acuerdan la estrategia de imponer el neoliberalismo a todo el mundo que incluye cooptar a la academia, medios de comunicación, megaempresas, y que nos llevará al borde del ecocidio. Los tecnócratas de la economía de mercado, invadidos por febriles ensoñaciones casuísticas que todo se comporta como bases fragmentadas sin relaciones ni interdependencias. No imaginan que si desmontamos, desolamos los suelos, cambia el clima, se modifican las lluvias, etc. Creen que los ríos pueden ser mutilados. Ponen en marcha en la pampa gringa, Pedroni, incluye esto a Santa Fe, Rafaela, etc., hasta Goiana, la expansión de la frontera agropecuaria, eliminando todos los obstáculos, sean materiales o simbólicos, para trasformar el suelo de varias patrias en un inmenso, océano de soja transgénica, latifundio transgénico, que se expande envenenando. La hiperespecialización imagina que la compleja dialéctica socioespacial puede reducirse a una premisa básica y abstracta, funcional al monoteísmo de mercado, olvidando que la construcción espacial es un diálogo interdependiente entre procesos neguentrópicos y entrópicos, diálogos de diversidades naturales con diversidad cultural.

La crisis ambiental y el cambio climático amplifican todas las resonancias. Hace una semana concluyó el Foro Mundial del Agua en Brasilia. Sus conclusiones son dramáticas. Y la severa problemática planteada incluye el territorio de nuestro habitar santafesino, especialmente centro-norte. Sostenemos desde el Pensamiento Ambiental Latinoamericano y la descolonización del pensamiento “sin pensar como nosotros mismos, continuaremos pensando como ellos, desde la colonialidad del poder y del saber”, con la historia de dominación, violencia, saqueo, explotación que conocemos desde 1492.

El autor es docente en la Maestría en Comunicación Estratégica de la UNR, Salud Socioambiental de Ciencias Médicas de la UNR y Seminario Descolonización del Pensamiento de AMSAFE de Villa Constitución. Fuente: diario La Opinión, Rafaela, suplemento Rural, 5 de abril de 2018.

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