Tomando la visión literaria de la Navidad

Navidad es la fiesta del verso y la palabra, de la vida y de los sueños, del amor y de la familia, de la luz que enciende la lámpara de villancicos como manifestación de alegría.

Por Víctor Corcoba Herrero (Granada)

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Navidad es la fiesta del verso y la palabra, de la vida y de los sueños, del amor y de la familia, de la luz que enciende la lámpara de villancicos como manifestación de alegría. Por doquier que uno mire la poesía se injerta en nuestra mirada y prende en el corazón emociones diversas. Los poetas, escritores y artistas de todas las épocas, y de todas las naciones, han plasmado su visión deslumbrante y deslumbradora del momento. Así, el romance del Nacimiento de San Juan de la Cruz, es un verdadero asombro de lo acontecido: “el llanto del hombre en Dios, / y en el hombre la alegría”. Como hoy también es un verdadero pasmo el nacimiento de muchos niños que nacen ya condenados a sufrir, sin culpa, las consecuencias de conflictos inhumanos. Como los pastores, hagamos el camino literario a la globalización, no hacen falta tantos convites, quedémonos en silencio ante el ruido, fijando la mirada en el horizonte de un recién nacido mundo posible, lo será si el amor espiga como el verso, y luego vendrá la paz como camino que comienza con una sonrisa. Los Estados deberán declarar que no hay dinero para armas, mientras no se sacie el hambre de justicia que cohabita en la tierra. Hay motivo para hacerlo… Jesús, el dulce, viene… -como siempre- de la mano de Juan Ramón Jiménez:

Jesús, el dulce, viene… Las noches huelen a romero… ¡Oh, qué pureza tiene la luna en el sendero!

Palacios, catedrales, tienden la luz de sus cristales insomnes en la sombra dura y fría… Mas la celeste melodía suena fuera… Celeste primavera que la nieve, al pasar, blanda, deshace, y deja atrás eterna calma…

¡Señor del cielo, nace esta vez en mi alma!

Al mundo le hace falta esa estrella de Navidad, no una cualquiera, la que irradió en la humildad del pesebre. El desconocimiento propio de lo que se es, forja soberbia; pero el desconocimiento de Dios, crea desesperación. Amado Nervo nos anuncia esa buena noche de nochebuena, donde todo es renacer. En esta vida, alguien ya dijo que debemos morir varias veces para después retoñar. Y las crisis, aunque atemorizan, nos sirven para cancelar una época e inaugurar otra. También en esta Navidad, nuestros corazones volverán a estar preocupados e inquietos por la persistencia de crueles noches sin luz en muchas regiones del mundo. Para muchas personas, es cierto, no habrá nochebuena. Quizás esta evocación nos tranquilice, la genera el icono de la Navidad, donde un recién nacido frágil, las manos de una mujer envuelven con ropas pobres y acuestan en el pesebre. Lo cierto es que nadie permanece pasivo ante esta lección de humildad y vida. Uno debe ser tan humilde como el polvo para poder descubrir el verso de la vida, porque esta vida es un poema irrepetible al que hay que llenar de versos, que es una forma de saber que vivo. 

La luz del cielo baja, el Cristo nació ya, y en un nido de paja cual pajarillo está.

El Niño acostado en la pobreza de un pesebre: esta es la señal de Dios. Pasan los siglos y los milenios, pero queda el signo, y vale también para nosotros, hombres y mujeres del tercer milenio. Es la rúbrica de esperanza para todo el mundo globalizado, para toda la familia humana: lema de paz para cuantos sufren a causa de todo tipo de conflictos; voz de liberación para los pobres y los oprimidos; mensaje de humanidad para quien se encuentra encerrado en el círculo vicioso de no quererse él mismo; huella de amor y de consuelo para quien se siente solo y abandonado. La emoción de María Madre es tan poética, que la fuerte de Gloria Fuertes puso el alma y escribió la visión:

La Virgen, sonríe muy bella. ¡Ya brotó el Rosal, que bajó a la tierra para perfumar!

La Virgen María canta nanas ya. Y canta a una estrella que supo bajar a Belén volando como un pastor más.

Tres Reyes llegaron; cesa de nevar. ¡La luna le ha visto, cesa de llorar! Su llanto de nieve cuajó en el pinar.

Mil ángeles cantan canción de cristal que un Clavel nació de un suave Rosal.

La Navidad es la poética de la paz por excelencia. Se eleva hoy un llamamiento apremiante para que el mundo no caiga en las garras de la inseguridad, de la sospecha y la desconfianza, porque el fenómeno del terrorismo mundial también se ha globalizado. Los creyentes de todas las religiones, junto con los hombres que no creen, pero que creen en la civilización como tal, estamos llamados a ser constructores de libertad y arquitectos de justicia, para detener por fin la inútil obra de ciega violencia que ronda por todos los puntos cardinales del planeta. ¡Qué la humanidad acoja el mensaje de sosiego de la Navidad!, es una máxima que siempre han trasladado todos los poetas de todos los reinos. “¡Noche de paz, / noche de amor!” –dice el Villancico.

En el establo de Belén el cielo y la tierra se tornan alianza, verso en el verso. El cielo vino a la tierra como un poema salvavidas. Por eso, de allí se difunde una luz edénica para todos los horizontes y tiempos; por eso, de allí mana y emana el gozo de sentirse verso en el poema. ¿Qué es esto del cielo? Y ¿dónde está el cielo? San Agustín nos lega una respuesta sorprendente. Que estás en los cielos significa: en los santos y en los justos. El cielo no pertenece a la geografía del espacio, sino a la geografía del corazón. Y el corazón de Dios, en la Noche santa, ha descendido hasta un establo: la humildad de Dios es el cielo. El poema no puede ser más visible: salir al encuentro de esta sencillez es como tocarlo. Ya nos gustaría que, en el mundo, se instalase como último fin de la cultura la sobriedad, frente a la fastuosidad que nos esclaviza. Gabriela Mistral nos poetiza el instante preciso:

Al llegar la medianoche y romper en llanto el Niño, las cien bestias despertaron y el establo se hizo vivo…

¡Y era como un bosque todo el establo conmovido!

Belén arrastra y conmueve. Luís Rosales, a propósito, escribe: “Sentí decir ¡Belén! y un inseguro/ empuje me arrastró… y me encontré mirando, / sintiéndome nacer, recién nacido, / junto al rostro de Dios que sonreía”. Juan, en su Evangelio, fijándose en lo esencial, ha profundizado en la breve referencia de san Lucas sobre la situación de Belén: “Vino a su casa, y los suyos no lo recibieron” (1,11). Esto se refiere sobre todo a Belén: el Hijo de David fue a su ciudad, pero tuvo que nacer en un establo, porque en la posada no había sitio para él. Se refiere también a Israel: el enviado vino a los suyos, pero no lo quisieron. En realidad, se refiere a toda la humanidad: Aquel por el que el mundo fue hecho, el Verbo creador primordial entra en el mundo, pero no se le escucha, no se le acoge, no se le recibe. Al hilo de lo anterior, surgen también estos interrogantes: ¿Tenemos tiempo y espacio hoy para Dios? ¿Tenemos tiempo y espacio hoy para el prójimo? ¿Tenemos tiempo y espacio para nosotros mismos? ¿Tenemos tiempo y espacio para nuestra familia? Según la visión de Gregorio, el establo del mensaje de Navidad representa la tierra maltratada. Cristo no reconstruye un palacio cualquiera al nacer. Él vino para volver a dar a la creación, al cosmos, su belleza y su dignidad: esto es lo que comienza con la Navidad y hace saltar de gozo a los poetas. Lope de Vega versifica la emoción:

¿Qué tenéis, dulce Jesús?, le dice la Niña bella; ¿tan presto sentís mis ojos el dolor de mi pobreza?

Yo no tengo otros palacios en que recibiros pueda, sino mis brazos y pechos, que os regalan y sustentan.

La señal de Dios es la naturalidad en presencia viva, el Niño que nos vuelve a la poesía y que nos envuelve en la poesía, que se hace pequeño por nosotros. Éste es su modo de reinar. Gran ejemplo para el mundo de hoy. Él no viene con poderío, tampoco ostenta título alguno y grandiosidad externa. Viene como niño inerme y necesitado de nuestra ayuda. No quiere abrumarnos con la fuerza estética de su luz. Nos evita el temor ante su luminosa grandeza. Pide nuestro amor: por eso se hace niño y nos vuelve poetas. No quiere de nosotros más que nuestro amor, anidado y anudado en el verso y la palabra, a través del cual aprendemos espontáneamente a entrar en sus sentimientos, en su pensamiento y en su voluntad: aprendamos a vivir con Él y a practicar también con Él la humildad de la renuncia que es parte esencial del poema existencial, que es un todo y en el que todos somos parte. La temática del villancico del Rifador de Gerardo Diego, lo que pone de manifiesto, es la hondura de los hechos: 

¿Cuánto me dan por la estrella y la luna? ¿Cuánto me dan por el Niño y la cuna? Este es un Niño sin padre ni abuelo, este es un Niño nevado del cielo. …. Este es el Niño que viene a dar guerra, viene a dar paz por amor de la tierra.

Navidad también se ha convertido en la fiesta de los regalos. Esto en principio no es malo. Lo malo es cuando olvidamos el verdadero regalo: darnos mutuamente algo de nosotros mismos a los demás. Darnos mutuamente nuestro tiempo a los que nos piden auxilio. Abrir nuestro tiempo al amor. Qué mejor tiempo que el amor de amar amor. Así nace el gozo, superior a la alegría. Y se interioriza una paz indescriptible, también superior a la fiesta. Y en las comidas de estos días recordemos a ese pobre con el que no queremos ni cruzarnos. ¿Por qué no invitarlo a nuestra mesa? Y a la hora de hacer dádivas no has de regalar sólo a los tuyos, sino también a los que nadie hace regalos ni pueden darte nada a cambio. Así ha actuado Dios mismo: Él nos invita a su banquete de bodas al que no podemos corresponder, sino que sólo podemos aceptar con alegría. José Mª Pemán, en su villancico de las manos vacías, nos pone en guardia al respecto y nos da un consejo que puede servirnos para el momento:

Yo tenía tanta rosa de alegría, tanto lirio de pasión, que entre mano y corazón el Niño no me cabía…

Dejé la rosa primero. Con una mano vacía – noche clara y alba fría – me eché a andar por el sendero.

Dejé los lirios después. Libre de mentiras bellas, me eché a andar tras las estrellas con sangre y nieve en los pies.

Y sin aquella alegría, pero con otra ilusión, llena la mano y vacía, cómo Jesús me cabía – ¡y cómo me sonreía! – entre mano y corazón.

En suma, que tomando la visión literaria de la Navidad como estrella, uno se da cuenta que para sentir el gozo de la alegría, no hacen falta grandes pertenencias ni grandes derroches. Tan importante como el pan son los versos que sustentan el alma. Y estos poetas, como tantos otros poetas, refrendaron con sus poéticas que, la luz divisada por los pastores, es la visión de un poema eternamente amoroso. En el Nacimiento de San Juan de la Cruz se produce el hallazgo del gozo. En Juan Ramón Jiménez: Jesús es el niño que se nos ha dado y todo se vuelve dulce. Amado Nervo describe la luz del cielo como luz de vida y todo desde la sencillez. Gloria Fuertes nos invita a compartir la emoción de María Madre. Para Gabriela Mistral al romper en llanto el niño revivió la vida. A Luís Rosales, Belén le impulsa e inquieta. Lope de Vega romancea sobre la emoción con la llama del verso. Gerardo Diego ve en el niño un profeta de paz, que al nacer ha escondido su divinidad para compartir nuestra frágil naturaleza humana. José María Pemán se siente lleno de llevar a Jesús entre mano y corazón. Estos poetas, cuyos versos he tomado al azar, como pudieran ser otros, son visionarios de una Navidad de encuentros con Aquel (el Niño) que viene para enseñarnos el camino del verso, que no es otro que el camino del amor. Hay dos maneras de transmitir esta poética luminosa... ser la autenticidad que la emite o el espejo que la refleja.

Víctor Corcoba Herrero corcoba@telefonica.net

El autor vive en Granada (España).

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