Qué significa “recuperar” las Malvinas

Un primer paso para recuperarnos en el terreno de las Malvinas es respetar las opiniones divergentes. El diálogo no es un entretenimiento para veladas ociosas sino una difícil tarea para aproximar posiciones, procurando comprender la mentalidad del interlocutor. Los que hablan de ciertos derechos de los malvinenses no son traidores a la patria. Esos derechos de los isleños no implican una negación de los nuestros. El camino no pasaría por contraponer ambos derechos sino por integrarlos.

Por Ignacio Pérez del Viso (Buenos Aires)

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Por Ignacio Pérez del Viso.- La soberanía sobre las islas australes exige también rescatar la historia de las relaciones anglo-argentinas y considerar los intereses y los derechos de las personas.La ciudad de Buenos Aires intentó, durante medio siglo, “recuperar” los terrenos ocupados por villas. Pero en los últimos años la preocupación fue pasando de las villas a los villeros, de los terrenos a las personas. Antes se decía que eran ocupantes, en violación de los derechos de terceros. Había que prestar atención a los “intereses” de los villeros, sobre todo en materia de salud, pero carecían de derechos. Se los vacunaba gratuitamente en interés de ellos y de toda la ciudad. Hoy, en cambio, se habla de urbanizar las villas, reconociendo la propiedad de los terrenos donde han nacido. Pretender separar totalmente los “derechos” de los “intereses” era una ficción que nos alejaba de las soluciones. Lo que deseamos hoy es recuperar la comunidad de los villeros, como ciudadanos que conviven con nosotros y no al lado de nosotros, separados por muros y alambrados. La Iglesia influyó no poco en este proceso, en particular mediante loscuras villeros, que ayudaron a los pobres y tambiéna nosotros para no mirarlos como delincuentes natos. Me pregunto ahora si con las Malvinas no deberíamos iniciar un proceso similar para no quedar atrapados en el dogma de “intereses sí, derechos no”. Hay una lógica en ese razonamiento, y respetamos a todos los que se basan en él. Pero si ese dogma nos aleja de las soluciones se convierte en una trampa inconsciente. El reciente aporte de un grupo de intelectuales, con su “visión alternativa” sobre las Malvinas y sobre la antítesis de intereses y derechos puede ampliarnos el horizonte, sin necesidad de optar por una u otra posición: el discurso tradicional o esta visión alternativa. Dos rostros de la nostalgia En cierta forma, vivimos de la nostalgia de una edad de oro, cuando las Malvinas eran argentinas, hace dos siglos, y cuando lo fueron nuevamente durante dos meses, hace 30 años. Esa nostalgia, que nos encadena al pasado, posee dos rostros. Uno es el de las palomas, digamos mejor, el de las ovejas. Otro es el de los halcones, que se atrevieron a enfrentar a la flota británica en 1982. Los que lucharon lo hicieron como héroes, argentinos y británicos. El imaginario popular nos pintaba a los enemigos como mercenarios apátridas, los feroces gurkas. Fue duro reconocer que ignorábamos la realidad. Ahora bien, si buscamos alguna solución, debemos superar la nostalgia y abrirnos al futuro. Dejar de lamentarnos por lo que pudo haber sido y pensar lo que es deseable y también posible. La nostalgia de los halcones por una guerra que “casi” ganamos, nos encadena al pasado. Otra guerra por las Malvinas no es deseable ni posible. La Constitución argentina de 1994, en la Primera Disposición Transitoria, proclama que la recuperación de las Malvinas y las islas del Atlántico Sur constituye un objetivo permanente “conforme a los principios del Derecho Internacional”. Esta expresión parece cerrar el camino a las acciones bélicas, pero no olvidemos que las Naciones Unidas han admitido como legítimo el uso de la fuerza para luchar contra el colonialismo. No podemos descartar entonces que un gobierno futuro intente deslizarse de nuevo por esa cornisa, al borde del abismo. Los de la visión alternativa consideran que el camino largo, del hostigamiento, es tan irreal como el corto. En vez de acercarnos al objetivo, nos aleja cada vez más de él. No podemos utilizar las armas, pero sí pisarles los callos a los isleños y a sus padrinos del Reino Unido. Los irritamos una y otra vez. Los amenazamos con la posibilidad de bloquear el vuelo de Punta Arenas a las Malvinas, que les permite contar con verduras y frutas frescas. Las empresas que extraigan petróleo serán sancionadas. Urgimos el diálogo con el Gobierno inglés, pero no creamos las condiciones para ello. Hostilizar, además, es jugar con fuego. La década cordial La nostalgia negativa nos encadena al pasado, mientras que la positiva nos abre al futuro. Por eso es bueno añorar la década que precedió a la guerra, una especie de “década cordial”. En 1966 dos altos funcionarios del Foreign Office comunicaron a Carlos Ortiz de Rozas, a cargo entonces de nuestra embajada en Londres, que “tarde o temprano, la Argentina recuperaría las islas, pero que no se podía hacer de una manera repentina. Es necesario que ustedes conquisten las mentes y los corazones de los isleños, para que no haya resistencia de parte de ellos”. Siguiendo la sugerencia del Gobierno inglés, se llegó al acuerdo de comunicaciones, en juliode 1971, firmado por Alejandro Agustín Lanusse.Construimos la pista de aterrizaje en Malvinas, les ofrecimos becas a los chicos en los mejores colegios ingleses de la Argentina, más otra serie de facilidades, como el atenderse en nuestros hospitales. Para estos datos y los siguientes me remito al reportaje al embajador Ortiz de Rozas, publicado en La Nación del 1º de abril de 2006, de fácil acceso por Internet. Y no me remito sólo a un reportaje del que se podrían extraer frases fuera de contexto. Me baso, ante todo, en largas conversaciones que mantuve con el ilustre embajador, así como con el ex canciller Nicanor Costa Méndez, con el ex presidente Leopoldo Fortunato Galtieri, con el ex gobernador Mario Benjamín Menéndez en las Malvinas y con otros participantes de aquellos dramáticos eventos. El paso siguiente fue dado por el Gobierno británico, en junio de 1974. Nos ofreció un “condominio”, con las dos banderas. Los gobernadores serían nombrados alternativamente por la Reina y por nuestro Presidente. Era recorrer más de la mitad del camino. Juan Domingo Perón no dudó en aceptar, pero murió pocos días después. La viuda Presidenta, María Estela Martínez de Perón, no se atrevió a dar ese paso y el proyecto quedó archivado. Con todo, el ambiente cordial continuó creciendo. En 1980 visitó las islas el entonces secretario de Hacienda, Juan Alemann, quien acaba de ofrecer un reciente testimonio de la amistad reinante en una carta de lectores publicada en La Nación el 12 de febrero pasado. Al alcance de la mano El último paso lo dio nuevamente el Reino Unido, un mes antes de que comenzara la guerra. La Comisión Mixta integrada por delegados de ambos países se reunió en la sede de las Naciones Unidas. La delegación argentina estaba presidida por nuestro embajador en Londres, Carlos Ortiz de Rozas. El representante británico manifestó allí su disposición a ceder la soberanía de las islas, después de un retroarriendo de 40 o 50 años a lo más. Si hubiéramos aceptado la propuesta, las Malvinas serían hoy argentinas, o estaríamos al borde de lograrlo. Este hecho muestra la falsedad del supuesto para justificar la “invasión”: decir que los ingleses se negaban a negociar. Continuamos engañándonos a nosotros mismos. El 1º de marzo de 1982 teníamos la solución al alcance de la mano. Pero el gobierno de Galtieri hizo un giro completo y nos metió en un callejón sin salida. Necesitaba un trofeo olímpico para continuar diez años más en el Gobierno, plebiscitado por el pueblo argentino, archivando, de paso, los malos recuerdos de la “guerra sucia” contra la guerrilla. Esta cachetada dada por Galtieri a la propuesta británica permite comprender la reacción furiosa de la señora Margaret Thatcher, que hasta entonces dejaba sólo 50 soldados en las islas, ya que nos estaba ofreciendo la soberanía. Sin embargo, la pintábamos como la Dama de Hierro, sedienta de sangre y de poder. La recuperación de las Malvinas es un objetivo permanente. Pero ello se logrará si recuperamos a los malvinenses, con lo cual nos recuperaremos a nosotros mismos. Es lo que pretendemos en las villas de la ciudad. Con Chile estuvimos al borde de una guerra, en la Navidad de 1978, pero el papa Juan Pablo II nos ayudó a recuperar la amistad argentino-chilena, es decir, a recuperarnos a nosotros mismos. Por las pasteras sobre el río Uruguay entramos en un callejón de hostigamiento con el gobierno de Tabaré Vázquez, hasta que los dos países reencauzaron el conflicto. Recuperamos entonces la amistad argentino-uruguaya y nos recuperamos a nosotros mismos. Contraponer o integrar Un primer paso para recuperarnos en el terreno de las Malvinas es respetar las opiniones divergentes. El diálogo no es un entretenimiento para veladas ociosas sino una difícil tarea para aproximar posiciones, procurando comprender la mentalidad del interlocutor. Los que hablan de ciertos derechos de los malvinenses no son traidores a la patria. Esos derechos de los isleños no implican una negación de los nuestros. El camino no pasaría por contraponer ambos derechos sino por integrarlos. Es lo que se logró en la disputa por la isla Martín García, merced al tratado que firmó Perón con el Gobierno uruguayo en 1973. En el conflicto por las pasteras se tuvieron en cuenta los intereses de los ribereños y también sus derechos, al menos a recibir información y acompañar el control de la contaminación. En este conflicto tendieron un puente de diálogo sobre el río los obispos de Gualeguaychú y de Mercedes. El saneamiento del Riachuelo, prometido tantas veces, tiene presentes los intereses de los ribereños pero también los derechos de la Ciudad, de la Provincia y de la Nación. El desafío del Riachuelo consiste en recuperar nuestra capacidad de integrar derechos y expectativas. Si lo logramos, podremos volver a soñar con la bandera argentina en las Malvinas.

El autor es profesor de Doctrina Social de la Iglesia en la Facultad deTeología de San Miguel.

Fuente: revista Criterio, Buenos Aires, Nº 2380 abril de 2012.

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