Mensaje de Franzini en la ordenación Episcopal de Mons. Hugo Santiago

Fue durante la ceremonia frente a la Catedral San Rafael de Rafaela 19 de marzo de 2007.

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Queridos hermanos:

Un día como hoy, hace exactamente treinta años, [en este mismo lugar], al recibir a quien iba ser ordenado obispo, Mons. Jorge Casaretto, el entonces Arzobispo de Santa Fe y Administrador Apostólico de Rafaela, Mons. Vicente Zazpe nos decía: “…Cuando se proclama la Palabra del Señor con audacia y fidelidad, la Iglesia crece; cuando las aguas del bautismo rozan a un niño, cuando el Crisma impregna al adolescente, cuando la absolución perdona al canalla y al honesto, cuando se visita a un pobre, se consuela a un triste o se viste a un desnudo, la Iglesia crece… Cuando se perdona al que ofende, se ama al que odia y se bendice al que persigue, la Iglesia crece… Cuando un bautizado encuentra su felicidad en la pobreza de espíritu, en la paciencia, en la mansedumbre, en la limpieza de corazón y en la sed y hambre de justicia, la Iglesia crece… Cuando un muchacho responde al llamado sacerdotal o una chica a la consagración virginal, la Iglesia crece… Cuando una diócesis comienza su existencia, la Iglesia se hace espacio y tiempo; …cuando un nuevo Obispo llega a la Iglesia actualiza la certeza de su misterio y recobra su fuerza de crecimiento…” Y en esta misma línea podríamos decir: cuando un presbítero es ordenado obispo, la Iglesia crece.

Estas lúcidas y proféticas palabras de quien fuera el primer obispo de Rafaela cobran este día una notable actualidad y concreción. Efectivamente, mis queridos hermanos, con la ordenación episcopal de Mons. Hugo Santiago la Iglesia crece. Crece la Iglesia Universal, enriquecida con un nuevo Sucesor de las Apóstoles y miembro del Colegio Episcopal. Este Colegio que, presidido por el Papa, tiene la solicitud por todas las Iglesias. Crece la Iglesia de Santo Tomé en Corrientes, a la que es enviado como Pastor y Servidor de todos. Crece la Iglesia de Rafaela, que engendró a la vida cristiana y sacerdotal a este hijo suyo y hoy se enriquece dando lo que de Dios había recibido.

Este acontecimiento de gracia lo celebramos en el marco litúrgico de la solemnidad de San José, Patrono de la Iglesia Universal. Quiero invitarlos a contemplar, junto a Jesús, María y José, con asombro, gratitud y compromiso este gran Misterio del que todos, de algún modo, estamos siendo partícipes.

Asombro ante el Misterio del Dios Encarnado, que sigue llamando a pobres instrumentos para llevar a cabo su obra a través de los siglos. Asombro como el de San José, que contempla en silencio y disponibilidad el misterioso designio de Dios sobre su vida y sobre la vida de su pueblo. Asombro ante el Misterio que, hoy como ayer, esconde la grandeza del tesoro en una pobre vasija de barro. Asombro que sólo puede ser vivido por quienes tienen corazón de niño y una fe fuerte, capaz de leer los signos y las llamadas de Dios en la trama concreta y cotidiana de la vida de personas y comunidades.

Asombro al descubrir que también hoy estamos siendo protagonistas de un Misterio, que sólo en la fe puede ser captado adecuadamente, si no queremos quedarnos en lecturas superficiales e incompletas, cuando no mezquinas o equivocadas.

Gratitud a Dios, como la de María, que reconoce y canta las maravillas de Dios, que siempre vela por su pueblo. Gratitud a Dios porque reconocemos en esta ordenación episcopal un nuevo gesto de su ternura paternal que, fiel a su promesa, sigue regalando a su Iglesia pastores según su corazón para apacentarla. Gratitud a Dios porque ha mirado a este hermano nuestro, con el que muchos de nosotros estamos ligados por vínculos espirituales, familiares y afectivos. En su vocación episcopal también muchos de nosotros nos sentimos involucrados y por ello damos gracias a Dios.

Como María, el pueblo sencillo y creyente ha cantado agradecido las maravillas que Dios sigue obrando. Desde que se anunció el nombramiento del P. Hugo, lo hemos visto en la calidez y la alegría de tantos fieles que lo conocen y que han reconocido en este llamado la bondad de Dios e intuyen, aunque no siempre de manera cabal y explícita, que el episcopado es un don grande, no sólo para el P. Hugo, sino para todo el pueblo.

Pero también damos gracias a Hugo, de quien esta Iglesia diocesana se siente tan deudora. Su servicio generoso, valiente y fiel ha sido para nosotros ejemplo y estímulo. Su incesante búsqueda de Dios y su entrega generosa a los fieles nos han hablado de una vida plena y fecunda. Las comunidades de las distintas parroquias a las que sirvió, las áreas pastorales y movimientos en lo que volcó su sabiduría y su riqueza espiritual, el empeño puesto en la formación de los laicos, las consagradas y los ministros sagrados son viva expresión del corazón sacerdotal que Jesús, el Buen Pastor, ha ido forjando en él para hacerlo el Pastor que ahora envía a la Iglesia de Santo Tomé.

Permítanme una especial referencia a mi gratitud personal por lo que ha significado Hugo para mí desde el primer día de mi llegada a Rafaela como Obispo. Siempre he encontrado en él un hermano cercano, un amigo fiel, un consejero lúcido y un colaborador eficiente y leal. Siento que con su partida mi ministerio y mi vida –en cierto sentido- se empobrecen, aunque me consuela la certeza de que Dios siempre nos gana en generosidad y sabrá suplir con creces su ausencia.

Finalmente, mis queridos hermanos, los invito a contemplar este Misterio con un renovado compromiso. Como Jesús queremos ser fieles hasta el extremo a la misión recibida del Padre y pedimos para el obispo Hugo una fidelidad sin sombras ni claudicaciones. Pero también cada uno de nosotros nos comprometemos a responder a nuestra propia vocación con la misma entrega y alegría con la que Hugo responde a esta nueva llamada del Señor. Así todos juntos haremos realidad la profecía de Mons. Zazpe, y la Iglesia seguirá creciendo…

Además nos comprometemos a transformar en oración nuestro afecto y nuestra gratitud al P. Hugo por todo el bien que nos ha hecho. Pidamos para él la gracia de la entrega paciente; del servicio perseverante; de la fecundidad escondida; de la alegría serena; de la sabiduría pastoral necesaria y del premio que Dios reserva para los servidores fieles. Que así sea.

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