Más kirchnerismo, más izquierda

Por Joaquín Morales Solá

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Más kirchnerismo, más disciplina interna y un corrimiento hacia la izquierda. En ese párrafo se encierra, tal vez, la definición de los cambios producidos ayer en su gabinete por el presidente Néstor Kirchner. La lectura presidencial de los resultados electorales de hace un mes lo llevó, evidentemente, a la conclusión de que un importante porcentaje de la sociedad lo votó a él y a su proyecto político e ideológico. Guste o no, la conclusión es sólo parcialmente cierta. Felisa Miceli será la continuidad de Roberto Lavagna en las ideas de la política económica reinante; fue su discípula y su eficiente colaboradora durante mucho tiempo. Sin embargo, desde hacía rato había sido cooptada políticamente por el liderazgo del Presidente. Entre las virtudes de Miceli, que no son pocas, nunca sobresalió la de contradecir a Kirchner. Quizás la economía no sentirá la falta de Lavagna. Su ausencia se notará, en cambio, en los momentos en que la nación política requiera una voz potente, y con personalidad propia, en el corazón del Gobierno. Kirchner, como se ve, detesta las indisciplinas o las disidencias. No resulta casual que Lavagna y Rafael Bielsa, los dos únicos ministros que le plantearon frontales disidencias en la administración, hayan terminado fuera del Gobierno y de mala manera. Más allá de las formas protocolares que han respetado los dos ex ministros, cae de maduro que ambos se fueron distanciados de Kirchner y destratados por el oficialismo. Kirchner es siempre fiel a sí mismo. Dicen que juró que los toleraría a los dos sólo hasta las elecciones últimas y así lo hizo, sin vueltas. Jorge Taiana no era el reemplazante que podía desear Bielsa. Taiana, hijo del célebre médico peronista que firmó los certificados de muerte de Perón y de Eva Perón, pertenece a una corriente ubicada más a la izquierda de Bielsa. Kirchner le pagó su lealtad de más de dos años: siempre mantuvo informado al Presidente de los secretos de la Cancillería. Preso largamente durante la dictadura militar, Taiana no suele mostrar, sin embargo, esos pergaminos. Hombre racional, con experiencia diplomática previa en la OEA, el único obstáculo que podría significar su designación es que no constituye una señal inmediata de reconstrucción de la relación deteriorada con los Estados Unidos. Fuentes oficiales señalaron que será el Presidente quien liderará esa reconstrucción y que para eso necesitaba a un hombre de su confianza en el Palacio San Martín. Esto es: no quería a un canciller que tuviera juego propio en Washington y que podría haber eclipsado al propio jefe del Estado. El problema de Nilda Garré no es su pasado de militancia en la izquierda, pues ya en los últimos años había hecho un giro hacia el centro al lado de José Octavio Bordón, primero, y de Carlos “Chacho” Alvarez, después. El problema lo acaba de crear ella al defender al indefendible Hugo Chávez en sus escaramuzas con el gobierno de George W. Bush. Cometió un error político y un error diplomático: la embajadora de un país no debe meterse en los conflictos entre dos naciones extranjeras. Ese antecedente, que es muy reciente, significa también una señal poco propicia. La nueva ministra de Defensa deberá lidiar con dos problemas, sobre todo: la relación militar particular que existe con los Estados Unidos y las consecuencias de la caída de las leyes de perdón, que significará, en los hechos, la prisión de centenares de militares. El nuevo gabinete no tendrá, por lo tanto, la personalidad de Lavagna, la independencia intelectual de Bielsa ni la influencia componedora de José Pampuro, un político ducho y con muchas raíces tendidas en el peronismo bonaerense.


Detengámonos en Lavagna. Su salida fue la única que no estaba pautada por razones poselectorales. El Presidente decidió entonces cruzar el río, sin necesidad y sin ver la otra orilla. No hay experiencia de un gobierno de Kirchner sin Lavagna, porque éste era preexistente al Presidente en la administración. No había disensos de fondo entre los dos, porque pensaban casi las mismas cosas cuando imaginaban la economía argentina. Hubo siempre, sí, una monumental diferencia en los estilos personales. Lavagna es un hombre de posiciones firmes, pero que nunca abandona las buenas formas, la puntualidad y el diálogo. ¿Quién podría ser, entonces, más distinto de Kirchner que el ministro que se fue? La relación entre ellos venía mal desde hacía mucho tiempo y no dejó de influir, tampoco, la habitual competencia de los presidentes con sus ministros de Economía exitosos. Sin embargo, poco después de las últimas elecciones, en la primera y única semana de paraíso político que vivió la Argentina en mucho tiempo, Kirchner deslizó que Lavagna se encaminaba, si continuaban sus conquistas económicas, a convertirse en el candidato del oficialismo para jefe del gobierno porteño en 2007. “No tendremos mejor candidato que él”, dijo en su momento. ¿Qué sucedió en los últimos días para que cambiaran tales pronósticos? Se han dado muchas razones para el abrupto final de la víspera, que, como lo dejó establecido Lavagna, fue una decisión del propio Kirchner y no de él. Kirchner le confesó ayer a Lavagna que nunca digirió su indiferencia durante la campaña electoral. Lavagna le contestó lo que luego insinuó en público: Duhalde lo designó ministro y la embestida contra él fue brutal. “No acostumbro a actuar indignamente”, aclaró. Otro argumento presidencial fue la presencia de Lavagna en el coloquio anual de IDEA, en Mar del Plata, pero éste fue el cuarto año consecutivo que va a ese encuentro empresarial. Es cierto que el Presidente se había enfrentado públicamente, antes, con el presidente del coloquio, Alfredo Coto. Pero, ¿podría ser ese simple gesto de su ministro más importante y exitoso una causal de despido? Hay algo que no se nombró, aunque no hubo una razón más grande que el enorme enfado presidencial por el discurso del ministro saliente en la Cámara de Construcción, en la semana última, cuando denunció presuntos hechos de cartelización entre empresas de la construcción vinculada con las obras públicas.


No era una novedad, es cierto, pero las palabras del ministro saliente colocaron en el debate público hechos de supuesta corrupción (aunque nunca habló de ella), que la oposición tomó como bandera de sus denuncias. Esas denuncias refieren a recursos que controla el Ministerio de Planificación, que es casi una extensión del área presidencial. Y Kirchner aborrece que asocien a su administración con supuestas prácticas corruptas. Poco después, el dirigente piquetero kirchnerista Luis D´Elía mandó a Lavagna a su casa públicamente. Aunque cueste, hay que aprender a tomar a D´Elía en serio. Lo embistió a Duhalde y Kirchner se peleó con Duhalde. Ahora lo echó a Lavagna horas antes de que Kirchner pusiera punto final a la gestión de Lavagna. El ministro saliente detesta que lo zamarreen en público. Presidente y ministro estaban ofendidos y así pasaron el último y tenso fin de semana, uno en Olivos y el otro en Cariló. Ninguno de los mensajes que se intercambiaron era de reconciliación. ¿Hay vida aún?, se le preguntó a un importante colaborador de Lavagna en la noche del domingo último. “No, en las actuales condiciones”, respondió con meritoria sinceridad. Las horas estaban contadas. Ni siquiera un olfato político de mezquindad hizo cambiar al presidente de opinión. Después de todo, Lavagna se ha ido en el mejor momento de la economía argentina y después de haber hecho uno de los canjes de deuda más exitosos que se conozcan. Cuenta con el respeto y el conocimiento de vastos sectores internacionales y nacionales. La plataforma política está hecha. Ayer, el propio Lavagna comenzó a hablar como un político colocado en la gatera: se dirigió a la sociedad argentina para recordarle que hubo un trabajo mutuo entre ella y él mismo, sin intermediarios. Hay una candidatura en ciernes para 2007. Los preocupantes índices inflacionarios, las zigzagueantes negociaciones con el Fondo Monetario, la actualización de las tarifas de los servicios públicos, la resolución de la pugna salarial lanzada por los sindicatos de Hugo Moyano, la posibilidad de índices menores de crecimiento el año próximo, todo deberá ser ahora afrontado por el propio Kirchner. El gobierno es sólo Kirchner, sin matices ni indisciplinas, tal como le gustó que fuera, siempre.

Joaquín Morales Solá

Fuente: diario La Nación, 29 de noviembre de 2005.

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