Los años 90 ¿década maldita?

Pese a los avances en la modernización del país, entre el incumplido milagro económico, la corrupción y la frivolidad, la década pasada tiene muy mala imagen

Por Pablo Mendelevich

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_¡Noventista!.

-Más noventista serás vos.

Tirarse con una década, no se puede negar, es bien original. Otrora glamorosos, los noventa se han convertido en una especie de mancha venenosa de la política argentina. No lucen nada bien para el imaginario colectivo que, en líneas generales, tampoco se reconoce copartícipe de lo que alguna vez llegó a ser descripto como una revolución neoconservadora, por más que alguien -millones de alguien, cabría decir- hizo que el Partido Justicialista, su artífice formal, ganase en forma ininterrumpida las elecciones de 1989, 1991, 1993, 1994 y 1995. Recién perdió -por poco- las de 1997. Carlos Menem no logró imponer su idea inconstitucional de una segunda reelección y se replegó en 1999, cuando el candidato de su partido, Eduardo Duhalde, con quien había arrancado la larga marcha noventista, perdió las presidenciales. Menem se replegó pero, cosas de Menem, triunfaría cuatro años después del ocaso, cuando ganó y a la vez perdió frente a Kirchner.

Si el insulto en boga fuera “¡decimonónico!”, como se escuchaba alguna vez en otra parte, quedaría claro que el acusador no hubiera podido ser partícipe de la época repudiada, el lejano siglo XIX: pura metáfora. ¿Pero algún protagonista adulto de hoy no estaba, aunque más no fuera físicamente, en la década pasada? Pues bien, allí refulge, en medio del escenario, el desencanto, quizás una expresión excesivamente refinada si se la piensa ilustrar con aquel acto en el Senado durante el cual el presidente Kirchner hizo el gesto de tocarse los genitales para protegerse de la desgracia cuando estuvo frente a Carlos Menem.

¿Cómo debería calibrarse la complicidad de cada dirigente actual con la década maldita?

El recurso del endoso descalificador, hasta hace unos días aplicado a la rutina de horadar la buena temporada electoral del opositor Mauricio Macri, parece inmune a la lógica más simple: abundan en las filas de Kirchner -él mismo gobernador alineado como tantos con el presidente Menem- los coprotagonistas y actores secundarios del “menemismo” (véase qué síntoma curioso del tamaño de la ola: se usa la misma palabra para designar a la época y a la corriente de seguidores de Menem).

En el Gobierno, para explicar su paso por los noventa, pocos tienen el aplomo ortodoxo de Alberto Iribarne, viceministro del Interior durante cuatro años (1993-97), bajo las órdenes de Carlos Ruckauf, primero, y de Carlos Corach, después. El ministro de Justicia y Derechos Humanos de Kirchner no encuentra incompatibles sus tareas en la década pasada y en la que corre. Dice Iribarne: “Yo nunca participé en gobierno ilegítimo alguno; por el contrario, los enfrenté. Tampoco participé en el gobierno de Alfonsín ni en el de la Alianza; fui diputado nacional por el peronismo y ocupé cargos en los tres gobiernos peronistas”.

Se asume noventista, quién si no, otro peronista, el geólogo Alberto Kohan, que -tras el balazo autopropinado que lo tuvo al borde de la muerte- ha vuelto a caminar, lo que le permite palpar, asegura, “un buen promedio” de reacciones de la gente que lo reconoce en la calle. “¿Los noventa que Kirchner odia? Son los años de las regalías petroleras de Santa Cruz y de la inauguración del hospital de Río Gallegos donde él estuvo internado siendo presidente”, dice Kohan.

Ahora bien, sobre la elasticidad del justicialismo se ha discutido desde 1945 hasta el cierre de esta edición. Es casi seguro que el asunto no quedará agotado en un futuro cercano. Pero se habla siempre de la dimensión espacial, de la generosidad del envase justicialista para embutir adentro suyo a los exponentes más antagónicos, cuando, en rigor, es la cualidad temporal de la elasticidad la que se luce hoy en el ring político. Superado el método que utilizaban para saldar cuentas ideológicas López Rega y Firmenich, el gobierno actual -de origen peronista, elegido por el pueblo- insiste en que la mayor parte de los males nos ha caído a todos los argentinos de lo que hizo el anterior gobierno -de origen peronista, elegido por el pueblo (categoría ésta, habrá advertido el lector, que soslaya al presidente Eduardo Duhalde, cuyo interregno de año y medio no concursa en el debate ideológico)-. ¡Qué complicación extra para un australiano o un libanés de visita en Buenos Aires interesado en comprender la política criolla! Pero a nosotros lo que nos ayuda es la costumbre.

Postales de época

El tema, en resumen, es Kirchner contra Menem, entendido Menem en sentido epocal, con su década desbordante. Que lo fue no sólo por la Ferrari Testarosa, el divorcio presidencial con intervención de la Casa Militar, la pista de Anillaco, el uno a uno con su costado destructivo de la industria nacional, el déme dos, la jactancia primermundista, la ostentación de riqueza frente a los nuevos pobres, payasadas como la promesa del cohete espacial para ir a Japón en minutos, sobreactuaciones como las relaciones carnales, los indultos repartidos como pan caliente incluso entre procesados, las privatizaciones a mansalva con el telón de fondo de la corrupción, el Swiftgate, el Yomagate, Yabrán, la automatización de la Corte, la politización de la farándula, la farandulización de la política, la metástasis, en fin, que hizo la frivolidad en todos los rincones de la vida pública o los atentados más grandes de la historia con su impunidad incorporada, entre incontables desbordes; no sólo fue por ellos, sino porque la década, literalmente, desbordó. Tuvo diez años y medio. Menem consiguió el récord histórico de permanencia consecutiva en la Casa Rosada tras zurcir un período de seis años con otro de cuatro y medio gracias al voto reiterado de casi uno de cada dos argentinos. En 1989, poco antes de la caída del Muro de Berlín, el hasta entonces gobernador riojano, en fórmula con Duhalde, obtuvo el 47,3 por ciento. En 1995, con Ruckauf, sacó el 49,8 por ciento. Algo más del doble de los votos que entronizaron a Kirchner en 2003.

La efervescente tesis oficial de que con Macri vuelven los noventa, para algunos un mero recurso proselitista atento a la carga negativa que acompaña a todo lo que sea adosado al menemismo, constituye entre los kirchneristas más concentrados una inquietante certeza. Luis Alberto Quevedo, estratega de la campaña de Daniel Filmus, explica en términos académicos lo que Kirchner suele repetir en la tribuna en forma más acalorada. En esencia: que en los noventa hubo un modelo de país y que Filmus representa lo opuesto, mientras Macri lo reencarna.

“Macri no es Menem”, ataja el sociólogo Julio Godio, un agudo observador político especializado en temas sindicales. “Es una nueva derecha democrática y plural. Es cierto que hereda al menemismo en tanto se apoya en el espacio político de centro derecha ampliado por las políticas aplicadas en los años 90 y sus correspondientes consensos políticos y culturales, pero su naturaleza responde a ser hija legítima de la nueva época política que el país transita desde 2003”. Para que se entienda mejor, Godio afirma: “Macri no es Menem, del mismo modo que Kirchner es peronista pero no es Perón”.

José Nun, quizás el intelectual más importante del gobierno, piensa que los noventa están “latentes”. El secretario de Cultura explica la última década del siglo XX como la culminación de un proceso iniciado en 1966. “Hubo un larguísimo trabajo preparatorio de las usinas ideológicas del neoliberalismo, que por fin logran cristalizar su proyecto con el golpe de 1976”, dice Nun, quien considera necesario disipar tres falacias sobre los dos gobiernos de Menem: la de que en ese período desapareció el Estado (“hubo, en realidad, una fuerte intervención estatal para consolidar grandes intereses económicos”), la contraposición de Estado y mercado (“lo que hubo fue manipulación del mercado, de modo de que fuera controlado en forma oligopólica”) y la idea de que con el final de Menem se terminó el neoliberalismo (“en verdad está entre nosotros, dispuesto a levantar cabeza en todos los planos”). Nun sostiene que el neoliberalismo “habla de no mirar hacia atrás, como si se tratara de hacer etnografía, pero mirar atrás también significa ver que dos tercios de las doscientas empresas más grandes del país están en manos extranjeras”. No es verdad que el pueblo nunca se equivoque, dice Nun -al revés de lo que tradicionalmente sostuvo la liturgia peronista, sobre todo en los setenta- cuando se le recuerda el renovado respaldo electoral del Menem de aquellos años. La consulta de LA NACION sigue con la contradictoria “pertenencia” al laxo universo menemista de quienes hoy aborrecen los noventa. “Esa pertenencia es real -responde-, no se podía ser exitosamente gobernador sin el respaldo del menemismo que controlaba al PJ, pero lo que importa es la autocrítica real

-¿Autocrítica? ¿A qué autocrítica se refiere? -lo interrumpe el cronista.

-A la autocrítica real, la que se da a través de los hechos -responde el secretario de Cultura.

El analista Rosendo Fraga opina, en cambio, que Kirchner introdujo en la campaña el tema de los noventa como anatema “sin advertir que ahora también él empieza a pagar costos”. Según Fraga, “hasta la elección de la Capital, el 80 por ciento del peronismo que estuvo con Menem en el gobierno y sigue con Kirchner tenía una suerte de impunidad y, en consecuencia, no pagaba costo por ello, pero en las últimas semanas, con una opinión pública -y en particular los sectores medios- más críticos, esto ha cambiado”.

Con más enfado que rigor histórico hay quien llama década infame a los noventa, una descortesía para con los treinta, que habían ganado el título gracias al fraude a escala industrial, a una corrupción que nadie esperaba superar y al Pacto Roca-Runciman. Pero una cosa es determinar la eficacia de azuzar el fantasma de los noventa en los planes políticos de Kirchner, el principal evocador, cuyo deseo de configurar una escena nacional binaria es público, y otra cosa es reconstruir una verdad histórica ajena a las necesidades coyunturales. Según el especialista en historia económica Roberto Cortés Conde, los noventa se explican por la crisis de los ochenta, tanto por la hiperinflación como por el contexto latinoamericano. Recuerda el académico que todos los planes de estabilidad (Frondizi, Krieger Vasena, Gelbard, Martínez de Hoz) habían fracasado. “Eso explica por qué la gente acepta en marzo de 1991 la convertibilidad y cree en ese plan, con un Menem que había pasado de la campaña del salariazo al acercamiento a Bunge y Born y que tenía la intención de mostrarse como país capitalista, lo más parecido a la Inglaterra de Margaret Thatcher”. Cortés Conde dice que en 1998 es cuando se producen todos los cambios que hacen que la gente termine odiando la convertibilidad. La deflación con recesión, un fenómeno nuevo, formó parte del problema del creciente desempleo. “Menem debió haber tenido una política fiscal contracíclica, pero como no la tuvo, la recesión se acentuó”. Cortés Conde, que, en medio de sus críticas, elogia el intento de estabilidad, sostiene que era muy difícil salir de la convertibilidad y que se lo hizo de la peor manera. “Me parece que lo que la gente recuerda son los años de deflación y de recesión, así como antes recordaba la hiperinflación, lo que le ayudó a Menem a que se confiara en la convertibilidad”. ¿Entonces es cierto que la economía argentina es una sucesión de ciclos? “Los ciclos -remata el historiador- se deben a que el peronismo consume el capital, tal como sucede ahora con los subsidios”.

Dos versiones contrapuestas sobre el contexto regional de los noventa son las que dan Carlos “Chacho” Alvarez y Ricardo López Murphy. El primero, recién llegado de Japón, muy habituado a viajar en virtud de sus responsabilidades en el Mercosur, dice desde Montevideo, donde tiene su oficina, que “en el mundo hay un relato muy negativo de lo que pasó en América latina en los noventa, probablemente por influencia de Stiglitz”. López Murphy opina que la década permitió, entre otras, las transformaciones chilena y brasileña y hubo grandes cambios en Europa, “pero en la Argentina se trató de parangonar el esfuerzo de otros países sin que se pudieran resolver problemas estructurales; siguió el elevado corporativismo, el sistema político feudal, la concentración de poder y el clientelismo y se sobrevivió en base a un fortísimo endeudamiento que llevó al colapso político y económico”. En cuanto a la percepción contemporánea de lo que fue el menemismo, al cual él enfrentó como disidente y luego como enemigo y sucesor, Alvarez dice que puede haber dos miradas, una matizada y otra letal. “La gente se aferra con mucho fanatismo a una coyuntura y se genera un efecto contrario, el rechazo visceral a aquello en lo que se creyó, una especie de conciencia negadora, que también sucedió con Malvinas”.

Pregunta desagradable pero obligada: si los presentes “fuertes”, cuando se hacen pasado, se vuelven abominables, ¿será ése un destino inexorable respecto del hoy cuando llegue el futuro? Kirchner -¿se le dirá a la época “el kirchnerismo”?- corre con una ventaja: los primeros años de un siglo no tienen nombre.

Fuente: diario La Nación, Buenos Aires, 17 de junio de 2007.

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1 thought on “Los años 90 ¿década maldita?

  1. MACRI es el proyecto privatizador y autoritario. Es el proyecto de López Murfy (ese que fue Ministro de Economía en la época de De la Rúa y duró una semana, ese López Murfy que dijo que la Universidad no tenía que ser gratuita). Es también el proyecto de Sosbich (ese gobernador neuquino), es el proyecto del ex ingeniero Bloomberg. Es el proyecto de las escuelas charter y el de la Organización Mundial de Comercio. De burbujas de colores ya vivimos en la época de Menem. Y a no confundirse: que el equipo de Boca sea bueno tiene que ver con el técnico, no con el administrador del club. Basta de burbujas de colores que después será tarde.

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