La paz como fruto de la justicia

Fue el tema que abordó Jorge Ghiano en el cuarto encuentro del itinerario educativo de Doctrina Social de la Iglesia Católica organizado por la Asociación Cristiana de Dirigentes de Empresas sede Rafaela, en el Parra Hotel & Suites.

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Las vicisitudes históricas enseñan que la edificación de la paz no puede prescindir del respeto de un orden ético y jurídico, según el antiguo adagio: “Serva ordinem et ordo servabit te'(conserva el orden y el orden te conservará a ti). El derecho internacional debe evitar que prevalezca la ley del más fuerte. Su objetivo esencial es reemplazar a fuerza material de las armas con la fuerza moral del derecho’, previendo sanciones apropiadas para los transgresores, además de la debida reparación para las víctimas. Esto ha de valer también para aquellos gobernantes que violen impunemente la dignidad y los derechos humanos con el pretexto inaceptable de que se trata de cuestiones internas de su Estado.

Es necesaria e improrrogable una renovación del derecho internacional y de las instituciones internacionales que tenga su punto de partida en la supremacía del bien de la humanidad y de la persona humana sobre todas las otras cosas y sea éste el criterio fundamental de organización. Esta renovación es más urgente aún si consideramos la paradoja de la guerra en nuestro tiempo, tal y como se ha reflejado también en los conflictos recientes, en los que contrastaba la gran seguridad de los ejércitos con la desconcertante situación de peligro de la población civil. En ninguna clase de conflicto es legítimo dejar de lado el derecho de los civiles a la incolumidad. Más allá de las perspectivas jurídicas e institucionales, es fundamental el deber de todos los hombres y mujeres de buena voluntad, llamados a comprometerse por la paz, a educar en la paz, a desarrollar estructuras de paz e instrumentos de no-violencia y a hacer todos los esfuerzos posibles para llevar a los que están en conflicto a la mesa de negociación.

Que nadie se haga ilusiones de que la simple ausencia de guerra, aún siendo tan deseada, sea sinónimo de una paz duradera. No hay verdadera paz si no viene acompañada de equidad, verdad, justicia y solidaridad. Está condenado al fracaso cualquier proyecto que mantenga separados dos derechos indivisibles e interdependientes: el de la paz y el de un desarrollo integral y solidario. Las injusticias, las desigualdades excesivas de carácter económico o social, la envidia, la desconfianza y el orgullo, que existen entre los hombres y las naciones, amenazan sin cesar la paz y causan las guerras. Todo lo que se hace para eliminar estos desórdenes contribuye a construir la paz y evitar la guerra.

La paz no consiste en quedarse callado y no hacer nada. No consiste en sofocar la violencia en nombre del ‘orden’ establecido, cuando éste es en realidad ‘desorden’ establecido. No consiste en renunciar a la lucha, la eterna e insobornable lucha del hombre por la verdad, por la justicia, por la libertad, por la igualdad, por la participación de todos en lo que concierne a todos. No consiste en la fuerza, o en el miedo, o en el equilibrio de las fuerzas y de los miedos, equilibrio siempre inestable. Consiste en un esfuerzo permanente, no sólo por desarmar la violencia y el odio, sino por construir la justicia con amor. Y a esta empresa, la Iglesia aporta algo insustituible y decisivo: el Evangelio de justicia y de amor.

Si se mira bien, la globalización es un fenómeno intrínsecamente ambivalente, a mitad de camino entre un bien potencial para la humanidad y un daño social con graves consecuencias. Para orientar en sentido positivo su desarrollo, será necesario esforzarse a fondo con vistas a una ‘globalización de la solidaridad’, que hay que construir con una nueva cultura, con nuevas reglas y con nuevas instituciones, tanto nacionales como internacionales. En particular, será preciso intensificar la colaboración entre política y economía, para elaborar proyectos específicos que tutelen a los que podrían ser víctimas de procesos de globalización a escala mundial.

En el plano mundial, el trágico contraste entre las condiciones de vida de gran parte de la humanidad, condenada al hambre y a la miseria, y el desarrollo económico y técnico alcanzado por las naciones privilegiadas, muestra que estamos ante un gran desafío político y ético: construir una nueva sociedad política internacional, edificar una sociedad justa en nivel mundial. Sin esto, la propia unidad y desarrollo digno del género humano están amenazados.

Como cristianos, tenemos la responsabilidad del “Evangelio de la paz”. Todos juntos podemos contribuir de modo eficaz al respeto de la vida, a la defensa de la dignidad de la persona humana y de sus derechos inalienables, a la justicia social y a la conservación del medio ambiente. Además, la práctica de un estilo de vida evangélico hace que los cristianos puedan ayudar a sus compañeros en humanidad a superar sus instintos, a realizar gestos de comprensión y de perdón, y a socorrer juntos a los necesitados. No se valora suficientemente el influjo pacificador que los cristianos unidos podrían tener tanto en el seno de su comunidad como en la sociedad civil.

En efecto, entre los países que forman el ‘bloque norte’ y los del ‘bloque sur’ existe un abismo social y económico que separa a los ricos de los pobres. Las estadísticas de los últimos años muestran signos de mejora en algunos países, pero también evidencian un agrandarse de la brecha en muchos otros. A esto hay que añadirle la imprevisible y fluctuante situación financiera con su impacto directo sobre los países con grandes deudas que luchan por llevar a la práctica un desarrollo positivo.

En muchas regiones del mundo se viven hoy situaciones de dramática inestabilidad e inseguridad. No es de extrañar que, en esos contextos, a los pobres y abandonados se les ocurra la idea de huir en busca de una nueva tierra que les pueda ofrecer pan, dignidad y paz. Es la emigración de los desesperados: hombres y mujeres, a menudo jóvenes, a los que no queda más remedio que dejar su país, aventurándose hacia lo desconocido. Cada día miles de personas afrontan peligros incluso dramáticos con el intento de huir de una vida sin futuro. Por desgracia, frecuentemente, la realidad que encuentran en las naciones a donde llegan es fuente de ulteriores desilusiones. “A lo largo de la historia nacional, con frecuencia y de diversas maneras, se ha disociado el anuncio del Evangelio de su debida proyección en la vida política. Esta disociación se manifestó cruentamente en las décadas del ’60 y ’70, caracterizadas por el terrorismo de la guerrilla y por el terror represivo del Estado. Sus profundas heridas no han cicatrizado. Sin admitir responsabilidades que la Iglesia no tuvo en esos hechos, debemos reconocer que hubo católicos que justificaron y participaron en la violencia sistemática como modo de ‘liberación nacional’, intentando la toma del poder político y el establecimiento de una nueva forma de sociedad, inspirada en la ideología marxista, arrastrando lastimosamente a muchos jóvenes. Y hubo grupos, entre los cuales se contaron muchos hijos de la Iglesia, que respondieron ilegalmente a la guerrilla de una manera inmoral y atroz, que nos avergüenza a todos. (…) Solidarios con nuestro pueblo y con los pecados de todos, imploramos perdón a Dios nuestro Señor por los crímenes cometidos entonces, especialmente por los que tuvieron como protagonistas a hijos de la Iglesia, sean los enrolados en la guerrilla revolucionaria, sean los que detentaban el poder del Estado o integraban las fuerzas de seguridad También por todos los que, deformando la enseñanza de Cristo, instigaron a la violencia guerrillera o a la represión inmoral” (Conferencia episcopal argentina, “Caminando hacia el Tercer Milenio”).

Hay dos tipos de violencia: la que ataca y la que defiende. Los que quieren ‘conflicto a cualquier precio’ y los que quieren ‘paz a cualquier precio’. Pero el precio es siempre la violencia. Violencia de revolucionario que ataca el orden establecido. Violencia del contrarrevolucionario que defiende el orden establecido, el ‘statu quo’ Violencia subversiva y violencia establecida. Rechazamos la una e invitamos a eliminar de raíz, no al enemigo, sino a la causa de la enemistad: la injusticia. Luchar por la justicia es luchar contra la violencia, es luchar por la paz. ‘El fruto de la justicia será la paz’.

Si no hay igualdad de trato y oportunidades para todos los miembros de la comunidad nacional y si no hay posibilidad de verdadera participación; si un sistema social impide o limita los derechos más elementales a comer, a vivir, a trabajar, a reunirse, a expresarse libremente, etc., se está impidiendo la paz y engendrando la violencia injusta y destructora. (…) Las mismas condiciones personales y sociales deben aplicarse cuando se trata de la paz entre las naciones. El convencimiento de que la guerra moderna es difícilmente lícita y de que deben respetarse los derechos de todos los pueblos, debe ir unido al esfuerzo personal por considerar con afecto a las naciones vecinas y mirar como hermanos a todos los pueblos del mundo sin pretender el dominio sobre otros y sin cultivar un egoísmo colectivo que, siendo más sutil, es más peligroso que el personal.

Fue el tema que abordó Jorge Ghiano en el cuarto encuentro del itinerario educativo de Doctrina Social de la Iglesia Católica organizado por la Asociación Cristiana de Dirigentes de Empresas sede Rafaela, en el Parra Hotel & Suites.

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