El poder como propiedad privada

Ocho años de kirchnerismo y balance de la gestión presidencial.Néstor Kirchner era un político más clásico en el fondo; estallaba en altercados con la misma frecuencia con que se reconciliaba. Su esposa es una persona de amores y de odios, que casi no deja margen a los matices.

Por Joaquín Morales Solá (Buenos Aires)

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Por Joaquín Morales Solá.- Fue un instante sorpresivo que se metió en la historia. Hoy se cumplen ocho años de ese momento en el que Néstor Kirchner asumió como el presidente con menos votos de la historia argentina, apenas poco más del 22 por ciento del electorado. Sería injusto negarle al kirchnerismo que, con tan escaso capital originario, haya logrado cambios culturales importantes en la sociedad argentina y que, encima, consiguió la fórmula de la eterna juventud. Otro debate significa, en cambio, la calificación de esos cambios y, sobre todo, su improbable permanencia en el tiempo. El kirchnerismo tuvo claramente tres etapas: el primer mandato de Néstor Kirchner, el de su esposa a partir de 2007 y el que sucede ahora después de la muerte del ex presidente. Hay, sin embargo, huellas que marcaron los tres períodos, aunque hayan tenido intensidades distintas: el desprecio a los partidos políticos y el enfrentamiento constante con importantes sectores sociales, como los empresarios, la Iglesia, los principales países del mundo y, sin duda, la prensa indócil. Todos ellos eran, y son, portadores de ideas “antipatrióticas”. Cuando la “patria” es propiedad de unos pocos, el resto se convierte, irremediablemente, en un enemigo que debe prescribir. Sin embargo, influyó más en los Kirchner, en todos los casos, la decisión política de no compartir el poder con nadie. El poder y el Estado pasaron a ser considerados no un bien común del sector político gobernante (que hubiera sido ya una grave deformación del sistema democrático), sino una propiedad privada del matrimonio que accedió al poder el 25 de mayo de 2003. No se puede hacer eso sin provocar una hendidura extendida y profunda en el cuerpo social del país. Existe ahora, en efecto, una fractura expuesta que afecta a casi todas las categorías sociales y que es, al mismo tiempo, una lamentable novedad de la democracia argentina. En el principio, Néstor Kirchner solía explicar que había tomado un país en situación de virtual anarquía y que el peor remedio para eso hubiera sido un presidente conversador y manso. Cierta razón había en esas palabras: la Argentina vivía las consecuencias recientes de la peor crisis económica, política y social que recordara cualquier argentino vivo. La propia institución presidencial cayó entre los derrumbes de 2001 y 2002 cuando se sucedían presidentes como si fuera un casting de malos actores. Sin embargo, no es igualmente cierto que la economía estaba tan mal como la política o la sociedad. Ya a mediados de 2002 los cambios en la economía internacional (un fuerte incremento en los precios de las materias primas) habían comenzado a desahogar las exhaustas arcas fiscales. Kirchner tuvo una pequeña base donde hacer pie para iniciar dos cosas: su propia campaña electoral, ampliamente financiada por el gobierno de Eduardo Duhalde, y, luego, la reconstrucción del poder político desde la presidencia. Quizás era necesario también un golpe sobre la mesa para imponer de nuevo un sentido de autoridad perdido, pero el problema surgió cuando esa estrategia circunstancial se convirtió en un método. Era el método que el kirchnerismo aplicó con buenos resultados en Santa Cruz una suerte de inicial laboratorio de lo que más tarde se haría desde la conducción política de la Nación. Hasta casi el final del mandato de Néstor Kirchner, la economía respetó las columnas del modelo: tipo de cambio competitivo, superávit comercial y fiscal y desendeudamiento. Ortodoxia salpicada con discursos heterodoxos. Esa política era posible, desde ya, porque nunca se modificaron, hasta ahora incluso, las buenas condiciones internacionales de la economía. No obstante, antes del final del primer período presidencial kirchnerista comenzaron las transgresiones, que ya nunca pararon: la intervención del Indec, que se convirtió en un permanente experimento de prueba y error; una creciente intervención del Estado en la economía privada, lo que ahuyentó la inversión; el uso de las reservas del Banco Central para seguir financiando un crecimiento satelital del gasto público, y la aparición desenfrenada de una inflación que el Gobierno no quiso ni quiere ver. Los defectos del “modelo” se profundizaron aún más durante la gestión de Cristina Kirchner (el intento de maquillaje de esos errores la llevó al monumental y perdidoso combate con los productores rurales) y se están agravando desde la muerte del ex presidente, que, al revés que su esposa, sabía leer los mensajes a veces confusos de la economía. Política internacional La relación con la economía y con la política internacional estuvo marcada también por los hombres que rodearon al matrimonio presidencial. Una cosa fue Roberto Lavagna al frente de la economía y otra cosa es la cohesionada y chambona dupla que integran Amado Boudou y Guillermo Moreno. Algo distinto en las relaciones exteriores expresaron Rafael Bielsa y Jorge Taiana, comparados con el desenfrenado Héctor Timerman. Una dosis mayor de seriedad política aportaba Alberto Fernández en la Jefatura de Gabinete frente al ofensivo Aníbal Fernández. Lavagna, Bielsa, Taiana o Alberto Fernández sabían también decir que no. Cierta decadencia en la elección de los colaboradores es fácilmente advertible en el decurso de la experiencia kirchnerista. Algunas preguntas deben hacerse con honestidad intelectual: ¿qué llevó entonces a sectores importantes de la sociedad a sentirse identificados hasta ahora con esas políticas y con esas personas? ¿Por qué un número significativo de intelectuales y de académicos abrazaron el discurso oficialista con una fe digna de mejores causas? El kirchnerismo hurgó en viejos lugares comunes de la sociedad argentina: la culpa de los males nacionales es siempre del extranjero, el destello de arraigadas doctrinas nacionalistas y estatistas, y cierto resentimiento de un país que creyó siempre en un destino manifiesto que nunca llegó. Los Kirchner se elevaron a sí mismos a la condición de supremos voceros de esos dogmas. No es menor la influencia que tuvo la decidida política oficial para revisar las violaciones de los derechos humanos durante la última dictadura. Había heridas que no cicatrizaron después de casi 30 años de democracia y que el kirchnerismo supo advertirlo. También es cierto que el kirchnerismo buscó con precisión los rencores acumulados entre antiguos sectores marginados y los llevó a éstos al centro de la decisión política. Una vieja leyenda dice que Néstor Kirchner le respondió de mala manera a un pedido de La Cámpora para acceder a cargos en el Gobierno. “Traigan títulos universitarios o, por lo menos, secundarios”, les habría contestado. En una diferencia notable con su esposo, Cristina Kirchner decidió respaldarse en la juventud kirchnerista , que a su vez se aferró a los fanatismos propios de la edad. Con cargos o sin ellos, a ese sector de la juventud argentina le dieron banderas de sectarismos y de segregación política. El kirchnerismo en general, y la juventud en particular, dio vuelta el viejo y certero concepto de que la prensa debe ser crítica; son ellos los que se colocaron ahora en críticos del periodismo, mediante la descalificación, la calumnia y, a veces, la intervención lisa y llana. Néstor Kirchner era un político más clásico en el fondo; estallaba en altercados con la misma frecuencia con que se reconciliaba. Su esposa es una persona de amores y de odios, que casi no deja margen a los matices. Hay, desde la muerte del ex presidente, una mayor y más alisada disciplina en el oficialismo, porque todos suponen que un fastidio de la Presidenta puede ser una herida política mortal. El riesgo es el aislamiento. Los Kirchner se han beneficiado también de una oposición política ciertamente impotente. El problema no es que los opositores hayan cometido errores, comunes a la naturaleza humana, sino que ardieron en el fuego de egoísmos, vanidades y competencias inútiles. Frente a ese paisaje de desolación en la vereda de enfrente, el oficialismo montó una perfecta y permanente estructura electoral. Todo lo que se dice, y sobre todo lo que no se dice, responde a una programación previa. No pocos empresarios, jueces y hasta periodistas forman parte de esa maquinaria electoral. Del kirchnerismo podrán decirse muchas cosas, menos que careció de voluntad para explorar hasta donde nadie había ido.

Fuente: diario La Nación, Buenos Aires, 25 de mayo de 2011.

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