El calvario repetido

Obligado a seguir la marcha por los golpes y las voces imperativas. Sólo algunas mujeres, en actitud algo tímida y de infinita misericordia, se atrevían a secarle la cara sudorosa y darle un poco de agua para beber.

Por Angel Balzarino

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        Aunque había considerado exagerada la inquietud de Julia al enterarse que sus amigos iban a ofrecerle una despedida de soltero, quién sabe qué piensan hacerte esos degenerados, sin duda habrán preparado alguna barbaridad, tené cuidado, ahora, al terminar de comer, pudo comprobar que tenía razón. No sólo por las bromas referidas a los inconvenientes y desventajas que debería enfrentar en su futura vida matrimonial, sino cuando, incentivados por una abundante dosis de vino, le tiraron un  balde de agua fría. Se levantó de un salto, con súbito malhumor y  una espantosa sensación de ridículo, mientras la carcajada general le revelaba que la fiesta adquiría un cariz más  violento, casi despiadado. Sin posibilidad ya de imponer su voluntad, debería someterse a los caprichos y decisiones de los otros. Por favor, muchachos, no abusen, abrió los brazos en ademán defensivo al ver que ellos, con movimientos lentos y un aire gozoso y triunfal, comenzaban a rodearlo. Luego de pronunciada la sentencia y, ya sin poder hacer  nada  para modificarla, observó a los hombres y mujeres que, rojas las caras y agitando los brazos, vociferaban enardecidos su nombre. Por fin, cuando alguien le arrojó una piedra, el grupo perdió todo control y, como respondiendo a una tácita orden, se dispuso a iniciar el ataque. Abroquelado en un rincón de la sala, le quitaron la camisa con gestos imperiosos y, después, debió observar impotente cómo se la pasaban entre ellos, alborozados por el repentino juego. Vamos. Ya es hora de dar un paseo.  A rudos empujones lo llevaron hacia la calle, donde se encontraba una camioneta. Dejarlos solos. Arruinarles la fiesta que piensan disfrutar a costa mía. Aunque Julia habría aprobado el repentino anhelo de huir, comprendió que ellos no sólo iban a considerarlo un acto de cobardía o traición imperdonable, sino, peor aún, derrumbaría para siempre el sentimiento de amistad y afecto compartido desde la niñez. Sí. Deberé pasar la prueba, por más fea y dolorosa que sea. Se movilizaron de pronto. Incontenibles. Feroces. Cuerdas en lacerantes latigazos le abrieron la piel, el rostro fue cubierto poco a poco por oscuros salivazos y, por último, le colocaron una corona de espinas sobre la cabeza.  Lo subieron a la caja de carga de la camioneta. Apenas arrancó, tuvo el inquietante presagio de iniciar una especie de aventura confusa e impredecible. Sobre todo cuando empezaron a sacar de una bolsa algunos elementos. Primero una soga, que antes de imaginar cuál sería su utilidad, la usaron para atarle las manos; después, un frasco de miel que derramaron por el torso desnudo; al fin le sujetaron con cinta adhesiva un manojo de plumas sobre la cabeza. No pudo contenerlos. Impetuosos. Concentrados en cumplir la tarea que sin duda habían planeado en cada detalle. Y satisfechos, se unieron en un canto cada vez más fervoroso a medida que la camioneta ingresaba por las calles del centro de la ciudad. Aquí va el rey de los enamorados. Mírenlo. Su última noche de soltero. ¡Viva el rey!  Y mientras  lo sujetaban en  alto,   procuraron  exhibirlo como una especie de trofeo o  figura destacada  ante las escasas personas que deambulaban a esa hora de la madrugada. Aunque su cuerpo quebrantado no soportaba la enorme cruz de madera y cayó reiteradas veces, no le concedieron la posibilidad de un descanso. Obligado a seguir la marcha por los golpes y las voces imperativas. Sólo algunas mujeres, en actitud algo tímida y de infinita misericordia, se atrevían a secarle la cara sudorosa y darle un poco de agua para beber. Por eso, no llegó a definir si cada paso hacia el lugar del sacrificio acrecentaba la sensación de  angustia y temor o, más bien, apresuraba el momento del alivio definitivo.  Hubiera querido gritar o efectuar algún gesto de alarma y desagrado con la furtiva esperanza de recibir una ayuda de las personas que observaba al paso de la camioneta. Supo que nunca podría hacerlo. Apresado entre los cuerpos de ellos, apagada cualquier palabra por el ensordecedor sonido de la bocina y los gritos que repetían su nombre entre expresiones burlonas y soeces. Al fin se detuvieron. Un escalofrío estremeció su cuerpo exhausto cuando sintió el filo de los clavos en las manos y los pies. Oscuramente presintió que la parte fundamental de su misión estaba a punto de cumplirse y, cuando fue elevado en la cruz, echó una mirada sobre los hombres y mujeres que permanecían en torno, expectantes, no tanto a manera de despedida sino más bien con una mezcla de piedad, amor y desolación.  Al notar que se encontraban frente a la plaza central, no llegó a experimentar la placidez y júbilo de otras veces. De improviso le pareció un sitio triste y lóbrego, en el que sin duda ellos pensaban culminar del modo más espectacular el acto celebratorio. Cuando descendieron de la camioneta, dio unos pasos, algo asombrado de poder moverse con cierta libertad. Ya es suficiente, muchachos. Basta, por favor. Le resultó casi desconocida la voz. Pero supo de inmediato que, para concluir la pesadilla de esa noche, el ruego debía ir unido a una acción rápida y efectiva. Entonces, sin rumbo definido y por impulso del pavor y la ansiedad, comenzó a correr. Pareció ser la señal esperada por los otros. Sin demora iniciaron la persecución. Jubilosos. Con gestos y gritos amenazantes.  Sí. Perdonarlos. Porque no saben lo que hacen. Aceptar este sacrificio por el bien de ellos, para lavarlos de todo pecado. Mientras marchaba por los senderos de lajas y trataba de sortear los canteros de flores, se vio abrumado por los proyectiles: huevos, tomates, bombas de crema. Hasta que, al tropezar con un mosaico, cayó. Luego de rodar varias veces, quedó recostado sobre un cantero de rosas. Vencido,  con la molestia de tener el cuerpo atrozmente sucio,  asfixiado por el acoso de ellos. Sí. Tenía razón Julia. Son capaces de cualquier cosa. Sin importarles si me gusta o quiero participar en este juego. Antes de poder incorporarse, se inclinaron sobre él. Mientras algunos se esforzaban por inmovilizarlo y aplacar cualquier resistencia, otros le quitaron el pantalón. Hay que colocar al rey en su trono. Vamos. Bruscamente lo levantaron y desnudo, con el bochorno de presentir un sacrificio cruel y ya incontenible, se vio empujado hacia donde estaba el mástil de la bandera.  Poco  a  poco el dolor  convirtió el cuerpo en una masa amorfa, sin fuerzas. Obnubilado. Con la sensación de ir  cayendo  en  un  pozo.  Tengo  sed. La queja  resultó casi inaudible entre las múltiples voces que se elevaban a su alrededor. Pero no tardó en observar que un hombre le acercaba una esponja y, a  manera de un nuevo castigo, sintió el desagradable sabor del vinagre en los labios  resecos.  Después  perdió  la noción de todo.  Hundido en el mayor desamparo y con el último aliento, sólo atinó a proferir un grito,  mientras una repentina oscuridad lo cubría como una mano cálida y liberadora.  El sentido de la derrota se impuso contundente  cuando lo ataron de espaldas contra el metal helado. ¡Viva el rey de los enamorados! ¡Viva! Durante largo rato repitieron la  exclamación entre aplausos y señas de sumisa y burlona reverencia, hasta que, por obra del cansancio o ya aburridos de ese modo de diversión, comenzaron a alejarse. Entonces un creciente terror se fue apoderando de él a medida que tomaba conciencia de estar allí, maniatado y desvalido en la plaza desierta, sin defensa para guarecerse del frío sobrecogedor, clamando por ayuda en una súplica ronca y cada vez más inútil.   
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