Algo más allá del partido único

Las elecciones de diputados nacionales profundizan el virtual régimen de partido único. Ello es tan malo como la falta de oposición real y de una reforma política nacional.

Por el Dr. Enrique J. Marchiaro

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Aún no salimos de la crisis 2000-2002. Ello lo dice el propio Presidente y por supuesto los indicadores macroeconómicos e “institucionales”. Por ello el país parece explicarse mejor como un Estado Débil y “en formación” de mediados del S. XIX que como un Estado y una sociedad típicas del S. XX. A pocos años del bicentenario estamos más cerca del inicio que del final del camino. Esta es la realidad: podría ser peor, ninguna duda. Ya lo dijimos y reafirmamos: el proceso electoral 2003 pudo haber consagrado una fórmula que profundizara la crisis y no que intentara resolverla. (Ver el impecable ensayo de Daniel García Delgado “Estado-Nación y la crisis del modelo”. 1° ed, Norma, Bs. As., 2003). Hoy todos son “kichneristas”. Pocos reconocen haber votado a Menem en el 2003 que “ganó la primera vuelta”, en esta ciudad también. Y esta es una de las causas por las que no se sale nunca de las crisis: el doble discurso, aún en la ciudadanía. En toda la geografía nacional el ejercicio de la memoria es mala palabra. Y hablamos de dos años, no de diez o veinte. Pero dejemos el pasado allí, que es felizmente inalterable. El presente es lo preocupante desde el punto de vista institucional: un solo partido ocupa el centro, la derecha y la izquierda. Un solo partido es oficialismo y oposición a la vez. Como el PRI en México el Justicialismo ocupa todo el espectro. Y la oposición gira en torno de este gran elector. La prueba elemental que el Justicialismo ha sido hegemónico está en que Argentina parece condenada a que si no gobierna dicho partido a nivel nacional no hay “gobernabilidad”…con la cruel paradoja que quien contribuye también a crear las bases de la ingobernabilidad es el propio justicialismo (a mediados de los setenta y luego a mediados de los noventa, claro está de la mano de la ineptitud de la mayoría del otro gran partido nacional). Una “maldición” recurrente indica que sólo el justicialismo es buen piloto de tormenta. Y que si no gobierna cuando es oposición crea tormentas que en ocasiones se les van de las manos (el largo proceso del 74 al 2002 lo prueba claramente). Claro que el hegemonismo es una constante de la política argentina: no otro que Alfonsín quiso fundar el tercer movimiento histórico en los ochenta. Y en este punto la diferencia es de formas, generalmente más respetadas por el radicalismo por su apego a la tradición republicana, mientras que el peronismo deja de lado ciertas formas por su apego a la tradición democrática. (Republicano equivale al gobierno de la ley y de la Constitución. Democrático no es otra cosa que un hombre, un voto y democratización económica y social). En el seno de ambos grandes partidos hubo y habrá sectores no hegemónicos y cuidadosos de las formas, pero nunca tuvieron, ni tienen el control. El hegemonismo hoy va más allá de la figura del actual Presidente, si bien contó con una cómoda mayoría durante dos años en ambas cámaras y no concretó la “reforma política”, que era lo que realmente reclamaba la sociedad en el que “se vayan todos” y es lo que sigue exigiendo ya no la calidad sino la supervivencia institucional argentina. El Diálogo Argentino -¿quién se acuerda ya de ese titánico esfuerzo por fijar un rumbo en medio del incendio?- fijo como el aire que necesita el país esta cuestión de la reforma política. Y no se hizo y desapareció de la “agenda pública”…la cual primero estuvo ocupada por la deuda, luego por la inseguridad, luego por los piqueteros, luego por estas elecciones ¿y mañana? Sin embargo hay una tendencia que la coyuntura no debe borrar: la inexistencia de un sistema de partidos nacional. Aún cuando el actual Presidente -al igual que el resto- concentra demasiado poder, una vez que deja el cargo que lo inviste el poder se diluye de modo inmediato. Imaginemos por un instante la salida de Kirchner, dentro de dos años que es cuando termina su mandato: ¿Qué quedará realmente? Pocas figuras con peso nacional. Y ningún partido mayoritario que no sea otra cosa que una “maquinaria electoral”. Hoy los partidos argentinos no existen: el poder real está en algunos gobernadores, tal como ocurrió durante todo el S. XIX argentino. Y lo peor es que ello no significa un fortalecimiento del federalismo: la prueba elemental está en que no se logra acuerdo para la ley de coparticipación federal, pues los senadores en lugar de representar a sus provincias siguen el mandato del Ejecutivo de turno. Así el poder de base de los gobernadores se licua en cada proceso electoral nacional. El problema no es ya el mal carácter del actual Presidente o su concentración de poder excesiva ¿Quién podía negarle derecho a fortalecer la autoridad presidencial que tanto necesitábamos? ¿Pero cuánto más debemos ahora exigirle que cese en su acumulación de poder? ¿Si el poder está en el Justicialismo como hegemonía, le impondrá límites constitucionales al mismo? ¿O como hizo con Menem el partido, alimentará el decisionismo? Estas elecciones de diputados nacionales se inscriben entonces más en el pasado que en el futuro argentino. Pocos saben que los legisladores nacionales deben ser un límite y un control del Presidente (enfoque republicano) y no sólo “una palanca para apoyar un proyecto” (enfoque democrático). Pocos saben que todavía vivimos “en emergencia institucional” y casi nadie sabe qué consecuencias lamentables tiene en un país la declaración de “emergencia perpetua”, si bien todos soportan sus consecuencias en carne y hueso. Si a ello sumamos el pobre debate en los medios y la natural apatía que el electorado reviste en una elección legislativa el panorama no es alentador. También aprendimos de la crisis 2001 que la solución no es sólo económica sino institucional, de valores y conductas, sin embargo el único índice que preocupa es el de crecimiento económico y no los otros índices iguales de importantes. Y si no hablamos de esto ahora que el país no está en llamas…¿cuándo lo haremos? Ahora que el enfermo no tiene más fiebre es cuando debe aprovecharse una elección tan importante para debatir en serio qué país queremos. De lo contrario seguiremos girando en círculos y no hacia adelante. La responsabilidad no es sólo de los dirigentes sino del electorado, el cual como dijimos más arriba “no es inocente”. Pero que parece haber aprendido de los errores del S. XX: días atrás el actual Ministro de la Corte Ricardo Lorenzetti dice en La Nación que en el 2001 los argentinos no fueron a los cuarteles sino que fueron a buscar el amparo de los jueces. Ello es una gran verdad que parecemos olvidar. La sociedad argentina algo aprendió de aquella traumática experiencia del 2001, el tema es que su dirigencia política parece que no. Aún cuando podría haber una dirigencia peor en el Estado Nacional, ello no es consuelo. No digo que podría haber una mejor, porque la realidad nacional sigue siendo patética: la inexistencia de figuras de recambio es la constante…fruto de la falta de reforma política. Sin reforma real del sistema electoral y de partidos nacional y de su necesario idea y vuelta con el nivel provincial y por qué no municipal no hay salida (pues nadie que tiene poder lo deja por sí en la medida que no tiene correctivos institucionales). Así de simple, recordarlo en estas elecciones y reclamarlo a los futuros legisladores nacionales es nuestro deber. Y tal vez nuestra garantía hacia el futuro.

Fuente: diario La Opinión, Rafaela, 3 de octubre de 2005.

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