Triunfó un estilo de hacer política

Binner tiene con Kirchner una relación ambivalente y, a veces, contradictoria. Eligió ese juego zigzagueante para no enemistarse con los simpatizantes kirchneristas de Santa Fe.

Por Joaquín Morales Solá

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El peronismo perdió ayer Santa Fe por primera vez desde 1983, y tambaleó en Córdoba. Un socialista se alzó con una gobernación (importante, además) por primera vez en la historia nacional. La estructura formal del radicalismo no ha hecho más que profundizar y extender, aquí y allá, su terco destino de derrotas.

Kirchner podrá decir que no le fue tan mal en ninguno de esos dos grandes distritos electorales, pero sólo podrá decirlo. Ni el santafecino Hermes Binner ni el cordobés Luis Juez, autor de una elección mejor que buena, fueron las opciones electorales que había elegido, aunque nunca dejó de enviarles algún mensaje amable.

Binner es un médico con cara de hombre bueno, que aprendió de los socialdemócratas europeos que el progreso consiste en que la gente viva bien. Aplicó esa sencilla receta en Rosario durante su eficiente gestión como intendente, que luego continuó su sucesor, el también socialista Roberto Lifschitz, con las mismas ideas del ahora gobernador electo.

Lifschitz tuvo ayer otro aplastante triunfo en Rosario y fue reelegido como intendente. Nunca vieron a ninguno de los dos haciendo populismo latinoamericano en palcos electorales. Tampoco usaron los recursos públicos para el clientelismo político o para encender fogatas de improbables revoluciones. Los empresarios se sintieron cómodos con ellos y los programas sociales consistían en acercar el Estado a las necesidades de la gente común y en darle a ésta la oportunidad de un ascenso social. Los socialistas santafecinos son un serio problema para la corporación política nacional.

Dicen que una vez alguien le preguntó a un importante funcionario actual de Kirchner por qué el Presidente se había distanciado de Binner, si éste era, teóricamente, un aliado natural de su proyecto progresista. Aquel funcionario dio su explicación, que nadie sabe si es la misma de Kirchner. “Los socialistas no deben gobernar Santa Fe porque no se irán nunca. Son eficientes y no roban”, respondió con cuotas parecidas de sinceridad y de cinismo.

Sea como fuere, Kirchner optó por la estructura formal del peronismo y ungió candidato a su ex canciller Rafael Bielsa. El PJ de Santa Fe no es lo mismo desde que su liderazgo se turna entre Carlos Reutemann y Jorge Obeid, dos peronistas que también han sido eficaces para administrar la provincia con pensamientos más modernos que los del justicialismo nacional.

El problema es que el PJ santafecino casi siempre usó y abusó, durante 24 años, de la ley de lemas que le permitía perder en las urnas y ganar en el posterior trapicheo. Obeid prometió que eliminaría esa ley. Lo hizo no bien se hizo cargo de la gobernación.

“Se terminó el peronismo en el gobierno de Santa Fe”, lo oyeron protestar entonces a Reutemann. Tenía razón, pero nadie puede negarle a Obeid el mérito de haber cumplido con su palabra, aun a costa del sacrificio político de su partido. El triunfo de Binner es el más llamativo desde la victoria legislativa de Alfredo Palacios, en 1904, que lo convirtió en el primer legislador socialista de América. Pero es sólo una cuestión de imagen, más que otra cosa.

En verdad, el socialismo gobernó en tiempos distintos intendencias importantes, como las de Mar del Plata, Zárate y, sobre todo, Rosario, entre muchas otras. En la propia Capital, los socialistas conservan entre un 8 y un 12 por ciento de los votos, lo que hace de ellos aliados apetecibles para casi todas las ofertas electorales.

Binner tiene con Kirchner una relación ambivalente y, a veces, contradictoria. Eligió ese juego zigzagueante para no enemistarse con los simpatizantes kirchneristas de Santa Fe. Sin embargo, como diputado nacional se opuso tenazmente a los proyectos oficiales que afectaban a las instituciones de la República y promovió proyectos e investigaciones para reinstalar un sentido de la moral pública en la política argentina.

Su principal socio político en el Congreso, el senador socialista santafecino Rubén Giustiniani, líder nacional del socialismo también, lo acompañó en esos menesteres, aunque la relación política entre ellos no siempre es perfecta. Giustiniani, más inclinado a políticas claramente opositoras, nunca pudo entender aquel juego de acercamiento y distancia de Binner con Kirchner.

El radicalismo santafecino es un aliado importante de Binner y su vicegobernadora electa es hija de Aldo Tesio, un histórico dirigente radical de esa provincia que fue gobernador en los tiempos de Arturo Illia. Pero ésos son los radicales comunes. La estructura oficial del radicalismo, en manos del dirigente Luis “Changui” Cáceres, se fue de la coalición con Binner y el número de sus votos merodeó el zócalo.

¿Maniobra para desestabilizar al candidato socialista? ¿O, acaso, un ejemplo más de esa inexplicable simpatía del radicalismo por el infortunio? Cáceres forma parte de una generación de dirigentes radicales que no cesan de fracasar.

La estructura del PJ cordobés también sufrió ayer, golpeada por el inesperado crecimiento de Juez. Kirchner hizo con el intendente de la capital cordobesa lo mismo que con Binner: le puso otro candidato, pero no dejó de seducirlo. Con más desgano, en Córdoba Kirchner se quedó con el candidato formal del peronismo, Juan Schiaretti. Schiaretti no es un hijo político de Kirchner, sino del gobernador José Manuel de la Sota. Pero Kirchner les impuso a Schiaretti y a De la Sota, antes de apoyarlos, a Héctor Campana como candidato a vicegobernador. Campana, una antigua estrella del básquet, más conocido en Córdoba por su apodo “Pichi”, había deslumbrado a Kirchner con su arte de deportista más que de político.

Menemismo tardío. Ni Kirchner ni De la Sota pueden ufanarse de lo que lograron ayer en Córdoba. De todos modos, la caída del PJ en Santa Fe es la novedad más iridiscente. La provincia de Buenos Aires, Córdoba y la Capital fueron gobernadas en algunos períodos, durante los últimos 24 años, por expresiones no peronistas.

Nunca había sucedido en Santa Fe, la provincia que con aquellas tres integra el cuarteto de los principales distritos electorales del país.

El radicalismo cordobés, que gobernó esa provincia durante 14 años, retrocedió ayer a un tercer lugar, tan lejano como inexplicable. Sólo le cabe el argumento de que es víctima también de la crisis que afecta por igual a peronistas y radicales en todo el país.

Con la única diferencia de que a unos se les nota más que a los otros, los dos viejos partidos se parecen demasiado a cáscaras vacías, capaces de desmoronarse ante el primer empellón. ¿Qué vendrá después de ellos? ¿Cómo se reconstruirá el sistema de partidos en la Argentina? No hay respuestas, pero es necesario acotar que ninguna democracia vive con tan poco: algunos liderazgos personales y casi ningún partido.

La Capital quedó en manos de Mauricio Macri. Santa Fe se fue con los socialistas. Córdoba vaciló ante un profeta de la moral pública, Juez, casi un fundamentalista que acaba de prohibir todas las reelecciones dentro de su alianza. Con todo, siempre quedará la provincia de Buenos Aires para alivio de los políticos optimistas en un domingo escéptico.

Por Joaquín Morales Solá

Fuente: diario La Nación, 3 de setiembre de 2007.

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