Tierra de nadie

Se trata de una carta de lectores de Claudia Casabella publicada en diario Castellanos y difundida por e-mails.

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Estas líneas relatan un penoso episodio vivido por mi hijo y tres amigos el domingo de Navidad al regresar caminando de la fiesta del CRAR. El relato está atravesado por una indignación que, no dudo, es totalmente legítima. Indignación que nace de mí como ciudadana al ver el rol vegetativo e indiferente de aquellos funcionarios policiales que, supuestamente son elegidos para preservar nuestra seguridad, lo cual incluye, como mínimo, exigir que se respete nuestra integridad física o asistirnos si esta estuviera en riesgo. La mañana del 25 de diciembre mi hijo Alejandro regresaba a pie del CRAR junto a su novia y dos amigos. Los cuatro lo hacían en forma pacífica y , conviene aclararlo, estaban totalmente sobrios. Eran las 6.30 y muchos grupos de chicos caminaban también. La ruta estaba llena de autos que iban y volvían. Alejandro y sus amigos no tenían celular e intentaban de vez en cuando hacer señas a algún remisse para que pare y los lleve. Pasando el Cementerio local, a la altura de la calle Monseñor Brasca, un grupo de siete jóvenes ,aparentemente alcoholizados, que no venían precisamente del CRAR, rodearon a su amigo Marcos, que iba caminando un poco más adelante. En segundos lo tiraron al suelo y comenzaron a patearlo con total violencia en todo el cuerpo, incluso en la cabeza. Uno de ellos también le pegaba con un palo. Alejandro, su novia y el otro amigo estaban desconcertados ante esta agresión totalmente gratuita y salvaje, ya que nadie los había provocado. Es más, los cuatro habían ignorado los insultos que la patota les había inferido previamente a agredir a Marcos. Entre la bronca y la impotencia, Alejandro decidió intentar sacar a su amigo de aquel infierno de golpes y patadas, pero la pelea era obviamente desigual y recibió fuertes golpes en la nariz, la nuca y la espalda y devolvió otros que le hicieron sangrar la mano derecha. A esta altura, algunos agresores comenzaron a desaparecer, tal vez alguno vio que Marcos también sangraba tirado en el suelo, lleno de hematomas en el ojo y la cara. Con la ayuda de los otros amigos, Marcos y Alejandro se incorporaron como pudieron. Magullados, golpeados y con sangre, pararon a un patrullero para intentar que los oficiales detuvieran a los agresores, algunos de los cuales aún merodeaban cerca de allí. Pero la pretensión de los chicos, que ostentaban los signos de una salvaje paliza, resultó para la policía muy ambiciosa. Sin bajarse siquiera del móvil, nuestras “fuerzas de seguridad” exigieron con tono irónico y burlón a los chicos apaleados que caminaran hasta la comisaría próxima e hicieran previamente la denuncia. Y acá detengo mi relato para aclarar que para llegar a dicha comisaría debían internarse en el barrio en el cual se habían escabullido los agresores. Tampoco hubieran podido hacer la denuncia porque para denunciar uno debe ser mayor de 21 años y ellos no pasaban los 19. Conclusión: 1) los oficiales no persiguieron ni detuvieron a los agresores, algunos de los cuales estaban cerca y eran identificables, 2) no facilitaron a los chicos agredidos ningún medio para realizar la denuncia; tampoco les ofrecieron llamar a sus padres para que estos se notificaran y la realizaran, 3) no intentaron llevar a los jóvenes, que, insisto, estaban golpeados y sangraban, a sus casas o a un lugar donde se les brindara asistencia médica. Así, aunque parezca increíble, sin bajarse siquiera de móvil, “las fuerzas de seguridad” partieron dejando a los chicos abandonados a su suerte. Entre la impotencia y el desamparo, entre la bronca y la indignación tuvieron que caminar 15 cuadras más por el lugar en el que habían sido agredidos y al fin, llegaron a mi casa. Traspasada por la misma impotencia e indignación de mi hijo y sus amigos tengo, como ciudadana, numerosos interrogantes y ninguna certeza: ¿será necesario que algún chico amanezca un día en coma cuatro con la cabeza partida por un palo o una baldosa al salir del boliche para que alguien reaccione? ¿para qué se mantiene a una fuerza de seguridad si no es para garantizar la integridad física de los ciudadanos entre otras cosas ? ¿para quë elegimos a nuestros funcionarios municipales si estos no son capaces de generar mecanismos de monitoreo para que los operativos de seguridad se cumplan efectivamente y nuestros hijos lleguen íntegros a casa? ¿cómo enseñarles entonces a nuestros jóvenes a confiar en las instituciones cuando las ven atravesadas por semejante indiferencia o impunidad? ¿qué nos pasa a todos como comunidad, que gastamos horas, hojas y espacios radiales en discutir sobre la famosa ornamentación navideña de la ciudad y no nos hacemos tiempo ni generamos espacios para debatir en conjunto, con los funcionarios, proyectos tan acuciantes y fundamentales como son la seguridad nuestra y de nuestros hijos, la educación y la inclusión social de tantos excluídos? Y, finalmente, todo esto ¿será signo de que nos hemos transformado en una ciudad frívola, egoísta y materialista que se mira al espejo en forma narcisista creyendo ser todavía “la isla” cuando en realidad se está trasformando en tierra de nadie?. Como ciudadana estoy dispuesta a trabajar para que todas estas acechanzas no se conviertan en certezas, pero sin dudas, para ello se requiere del trabajo mancomunado de funcionarios interesados verdaderamente en el bien común y de ciudadanos comprometidos y de padres, padres que no quieran recibir nunca a sus hijos y amigos en el estado físico y emocional en el que yo recibí al mío aquella mañana de Navidad. La convocatoria queda hecha y ojalá ya el 31 de diciembre próximo las cosas comiencen a cambiar para que la tierra de nadie sea la tierra de todos.

Claudia Alicia Casabella DNI . 14.506.857

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