Susana Giménez y los caníbales

La diva ha dicho lo que una gran mayoría piensa. Y como la gran mayoría se puede equivocar, no sólo por la pena de muerte sino por incomprender lo que son los derechos humanos.

Por el Dr. Enrique J. Marchiaro (Rafaela)

Compartir:

Demasiado terreno ha recorrido la humanidad para que se siga sosteniendo la validez de la pena de muerte, más allá de que esta cuestión no es posible en Argentina desde que nuestra Constitución Nacional y tratados de derechos humanos “con jerarquía superior a las leyes” la desechan entre nosotros. Las palabras de la diva de la televisión sin duda interpretan lo que muchos piensan y se ha provocado una catarata de adhesiones de otros famosos, por lo general gente de la farándula. En gran parte con argumentos lamentables pero que parten de una preocupación objetiva y que a todos nos lacera: la impunidad de muchos delincuentes peligrosos. Sin duda que el camino propuesto no sirve, pero lo que las instituciones y el poder político deben tomar en serio es el reclamo social que estas frases indican. No enojarse con la farándula y mucha gente común que pide la pena de muerte sino “comprender” porque se pide y luego “dialogar” y hacerles comprender a toda la sociedad cuáles son las soluciones a un tema tan complejo como los delitos graves o gravísimos. Del lado de la sociedad deberán hacernos comprender a quienes estamos en el “mostrador de estos temas” (jueces, abogados, etc) que esto es una gran prioridad y que hay que trabajar mucho y “mejor”. Pero lo que no se comprende -ni la sociedad ni el Gobierno- es qué son los derechos humanos: no son algo que se limita a los crímenes de lesa humanidad y el pasado del terrorismo de Estado. Tampoco un derecho “para los delincuentes y no para las víctimas”. Los derechos humanos son para todos sin excepción y constituyen precisamente una valla fuerte para gobiernos y sociedades. Son un sostén pero a su vez un límite de la democracia. Sostienen la democracia porque cada decisión de fondo que se va tomando tiene que tener en cuenta el horizonte de estos derechos ya universales y que son como una “nueva ética común”, a pesar de que países con una tradición jurídica importante como USA los ignoran en el plano de la pena de muerte. Desde ya que estos derechos deben encarnarse en cada cultura concreta pero allí aparecen los límites: no es posible que en países musulmanes se lapiden mujeres por adulterio o que ahora en Bolivia propongan el azote público a los homosexuales porque así lo estima la justicia comunitaria. Tampoco es posible que en situaciones de emergencia pública cualquier país (Argentina es la maestra en esto) limite los derechos de los que “viven en emergencia” como son los niños, ancianos o discapacitados: por ello la Corte Suprema dicta fallos que establecen que estos grupos tan especiales no pueden sufrir lo que el resto de los argentinos que, de un modo u otro, muchas veces debemos tolerar. La mayoría también se puede equivocar, vaya si lo hizo en nuestro país en 1976 al apoyar a la Junta Militar. También con el tremendo apoyo que tuvo Rosas y su política del terror, cuando la pena de muerte era a degüello en plena calle y sin proceso, igual que durante 1976, claro que hace 30 años fue en secreto y negándolo. También puede hacerlo ahora si apoya medidas como la pena de muerte. Sin duda la violencia extrema es algo incomparable con otras situaciones y ello moviliza algo que la sociedad argentina tiene a flor de piel: el miedo, uno de los reflejos más profundos que nos caracteriza y que gente sin escrúpulos lo alimenta y se monta sobre él. Sólo el miedo -o un deseo de venganza- permite creer que con menos derechos humanos se resolverán más rápido las cosas. Mentira: USA es el país del mundo con mayor población carcelaria promedio y una alta tasa de pena de muerte vigente y no resolvieron así la inseguridad. La violencia extrema en las sociedades pobres pero también en las ricas es un tema muy delicado y que primero deberíamos escuchar a los que “algo saben”, luego si opinar y sostener cada uno su posición. Pero entre nosotros no hay debate alguno, como no lo hay en ningún tema… ¿o acaso en el tema del campo hemos escuchado en serio argumentos técnicos de los que saben a favor o en contra de estas medidas? No, todo es un griterío en los medios y posiciones tomadas a priori. Por ello tenemos una democracia renga o de baja calidad, porque no hay diálogo. Y menos con ex presidentes que dicen algunas barbaridades de las que mejor es reírse para no llorar y que permiten en cierto modo pensar que lo que dijo Susana Giménez no es tan grave al comparar lo que la sociedad dice y hace a la luz de un Estado y de políticos nacionales que ante las crisis se desencajan con una violencia verbal y simbólica muy preocupante. Mientras tanto, algo parecido a la pena de muerte existe en Argentina: al pobre diablo que lo matan para robarle en la calle, al preso que lo mata la policía de gatillo fácil o al policía que muere como un perro cumpliendo su deber con un sueldo indigno… Esta es la realidad, de allí que ante la violencia extrema querer resolverlo con más violencia es el signo de nuestra mayor equivocación. ¿Alguien cree que a un delincuente extremo o bajo efectos de drogas potentes le importa la pena de muerte? En ocasiones puede ser una salida de un mundo del que se evadirá rápido mientras el resto seguiremos viviendo… y no por sacar una manzana podrida estaremos sanos. El miedo, el error, la falta de diálogo, la violencia cotidiana son el alimento que comemos cada día y nos enfermó tanto que algunos se hartan de esa comida, los demonizamos, le quitamos la categoría de seres humanos: monstruos que merecen morir. Igual que Robledo Puch o los genocidas del Proceso. Aclaro, los detesto a todos estos y siento un fuerte impulso de verlos -luego de un juicio justo- en una horca, como vieron mi padre y abuelo el cadáver del nefasto Benito Mussolini en Milán colgado en una plaza… pero es un impulso que hay que contener, de lo contrario no somos humanos. Seríamos caníbales. Como en la Edad Media, siempre es más fácil depositar en algunos indeseables todos nuestros males y frustraciones… o como en la antigüedad hebrea, crear un “chivo expiatorio” que nos limpie. Así nos fue y por eso surgieron los derechos humanos, que son un límite a estos desbordes impulsivos de las sociedades. Ojalá estas situaciones nos sirvan para comprenderlo.

Fuente: diario La Opinión, Rafaela, 14 de marzo de 2009.

Compartir:

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

*