“¿Somos capaces de sacar entre todos adelante a ´este muerto´?”

En la parroquia de San Carlos Borromeo de la ciudad de Sunchales se ofició ayer a la mañana el tradicional Tedeum del 25 de Mayo, al que asistieron autoridades civiles (el intendente Gonzalo Toselli) y religiosas, siendo presidido por el obispo de la diócesis de Rafaela, Luis Fernández. A continuación se reproduce la homilía: Hermanos, nos reúne una vez más, la celebración del “día de la Patria”, reconociendo en el alma de este pueblo argentino, la comunión de nuestra historia con la fe religiosa de nuestro pueblo, como ahora aquí. Rezar el Tedeum es “agradecer a Dios” por esta tierra bendita de la “leche y el pan”, del campo abierto e inmenso, limitado solo por el horizonte de cielos llenos de estrellas, y sobre todo por mujeres y hombres, que construyen la vida de cada día, donde los esfuerzos del trabajo, van fecundando esta tierra con la alegría de los hijos nacidos en familia, con la cercanía del ejemplo, simple y puro de la honestidad y sencillez, mamando desde chicos, solidaridad, el respeto y la religiosidad, aprendida en el rezo del “altarcito” de sus casas con la protección de la Virgen y los santos. Por eso le queremos decir hoy a Dios: “Que lo alabamos, que lo reconocemos como nuestro Padre y que le damos gracias por la creación, por el trabajo y por la familia que nos ha dado”. En este día que recordamos el nacimiento de nuestra patria, nos hace bien hacer memoria, de aquel acontecimiento fundacional de la nacionalidad que nos hizo independientes y se empezó a forjar una identidad, con el ideal de ir realizando una patria, una nación nueva entre todas las naciones de la Tierra, forjando así el destino de un pueblo emancipado, buscando el bien común con orientaciones que llevarán a transitar caminos de justicia, verdad y encuentro de amistad entre quienes habitaran esta tierra argentina. Esto, desde el comienzo significaba ponerse la “patria al hombro”, y no vivir de ella. Significó para muchos, tanto los que ya habitaban estas tierras, como los abuelos inmigrantes y tantos jóvenes y familias de hoy, saber entregar la vida, pertenecer para siempre a esta tierra, donde se vive, se ama, se trabaja y se muere, entre alegrías y lágrimas, esperanzas y angustias “parimos” una nación. Así se fue gestando a lo largo del tiempo la Patria, así se fue poniendo de pie, porque a esto está llamada una nación a vivir de pie, con la frente alta y mirando a los ojos con la mirada pura, limpia y transparente de los niños, con la firmeza e ideales de los jóvenes, que en los campos o en las universidades, abren brechas hacia el futuro, haciendo cercanos los nuevos tiempos que sueñan mejores que el que le dimos los mayores. La patria también la forjan y la hace, la sabiduría y experiencia de los mayores, que sin autoritarismos, muestran que en estos tiempos “difíciles”, no se pueden bajar los brazos, y que ante los desafíos de un mundo complicado, de relaciones tensas, hay que apostar al diálogo, la comprensión y no ceder a las ilusiones del “facilismo”, ni a las tentaciones egoístas de la “corrupción”, ni a la mediocridad de las “componendas” a espaldas del pueblo que con vida austera y sencilla, nos enseña a no perder la alegría de vivir, dando sentido pleno y verdadero a sus vidas. Queridos amigos, en este 25 de Mayo, alabando a Dios al hacer memoria de nuestros orígenes, queremos también comprometernos y decirle a Dios, que nos ayude a reavivar nuestra esperanza. Los cristianos y otras religiones celebramos en este tiempo la Pascua, que es el “paso de la muerte a la vida”, o nos quedamos “atrapados y sin salida en la muerte” o somos capaces, ayudados por el amor de Dios, a sacar entre todos adelante a “este muerto” que a veces envuelve nuestras ganas de vivir; por la esperanza lograda, no por nuestra sola inteligencia o esfuerzos, sino y sobre todo poniendo lo mejor de nuestras potencialidades, nacidas del amor a Dios y a la Patria, reconstruimos “entre todos” desde las mismas cenizas, un futuro de esperanza para las generaciones que nos siguen, de hijos y nietos. Que grandeza de alma, salir de nuestros egoísmos y autorreferencialidades e interpretar cada vida, como parte de un inmenso “prisma”, donde cada persona, tiene una dignidad única, que debemos respetar y escuchar, porque todos pueden aportar y sentirse parte de una gran Nación, donde no haya excluidos, ni prebendas para algunos, sino donde todos nos sintamos familia y donde los más pobres sientan nuestra ternura y cordialidad, y en bondad solidaria antes que a nadie, damos una mano para que no se sienten olvidados o desechados por la misma sociedad. La esperanza como dice el papa Francisco, “no es un frío postulado racionalista, no se trata de una nueva utopía irrealizable, es la necesidad imperiosa de convivir para construir juntos, el bien común posible, el de una comunidad que resigna intereses particulares, para poder compartir con justicia sus bienes, sus intereses, su vida social en paz. Esto no se logra solamente por una gestión administrativa o técnica, de un plan, sino que es la convicción constante que se expresa en gestos, en el acercamiento personal, en un sello distintivo, donde se exprese esta voluntad, de cambiar nuestra manera de vincularnos amasando, en esperanza, una nueva cultura del encuentro, de la projimidad, donde el privilegio no sea ya un poder inexpugnable e irreductible, donde la explotación y el abuso no sean más una manera habitual de sobrevivir (es también a lo que nos invita el Papa) a fomentar un acercamiento, una cultura de esperanza, que cree nuevos vínculos, invitando a ganar voluntades, a serenar y convencer”. La grandeza y bondad de Dios, nos haga vivir y celebrar siempre, el amor a la patria, conscientes como hermanos unidos, que formamos este pueblo argentino que tiene un alma, que es su fe religiosa y la pertenencia a esta tierra bendita de la “leche y del pan”.

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