“Se erosionó la idea de que con el peronismo en muchas provincias no se podía competir”

La politóloga argentina María Victoria Murillo sostiene que en las últimas elecciones el bicoalicionismo ha permitido canales para un “desahogo” institucional, aunque las dos fuerzas hayan perdido votos.

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Por Astrid Pikielny.- Han sido días frenéticos para la politóloga María Victoria Murillo. A su actividad académica y docente, le ha sumado requisitorias periodísticas y participación en paneles sobre el resultado de las elecciones en la Argentina.

Profesora titular de Ciencia Política y directora del Instituto de Estudios Latinoamericanos en la Universidad de Columbia, en Nueva York, Murillo participa activamente del debate público de la Argentina y la región. Este año llevó adelante el ciclo “Tendiendo Puentes”, una experiencia que reunió a analistas, políticos y funcionarios de distintos países, con posturas antagónicas, para que realicen el ejercicio de reflexionar más sobre los acuerdos que las discrepancias.

Ahora, en medio de una agenda apretada, Murillo reflexiona sobre las elecciones recientes y destaca que, a diferencia de lo que sucede en otros países de América Latina, en la Argentina hay un bicoalicionismo que le da al sistema político canales para “el desahogo” institucional. Sin embargo, advierte que ambos espacios perdieron votos en comparación con la elección de medio término de 2017. “Hubo un voto castigo para ambos espacios”, asegura desde los Estados Unidos.

Además, considera interesante el cambio en la territorialidad del poder. “Desde la transición democrática hasta ahora el peronismo era el partido que representaba el federalismo, el que tenía siempre más gobernadores, el que tenía el control del Senado. Esa territorialidad, que junto con la calle le daban una ventaja al peronismo, se ha ido debilitando”, dice.

Murillo añade que “se erosionó la idea de que con el peronismo en muchas provincias no se podía competir. El cambio en la territorialidad hace que el peronismo no sea ahora el dueño de partes de la Argentina”.

“Alberto Fernández tiene el capital político institucional de ser el Presidente y el hecho de que si se cae él, se caen todos”

Puesta a sopesar el capital político que hoy tiene Alberto Fernández y de cara a dos años complicados, la politóloga afirma que “tiene el capital político institucional de ser Presidente y el hecho de que si se cae él, se caen todos”. Serán tiempos de negociación, considera, y eso será costoso tanto para el Gobierno como para la oposición si no quieren que “todo vuele por los aires”. El último libro de Murillo, La ley y la trampa. Por qué optar por el debilitamiento institucional puede ser una estrategia política fue escrito en coautoría con Daniel Brinks y Steven Levitsky.

–¿Qué datos o fenómenos la sorprenden en una primera lectura del resultado electoral?

–En una primera lectura veo la continuidad de dos coaliciones. Y para una región que está en crisis de representación que haya dos coaliciones con distinta oferta electoral y que eso permita que la gente pueda desahogarse institucionalmente es bastante distintivo. Que más del 70% de los votos se lo hayan llevado las dos coaliciones habla de un sistema político muy organizado. De todos modos, en estas elecciones hubo un voto castigo que no sorprende mirando solamente las variables económicas, aunque pueda haber otras. Con estos números uno hubiera esperado que el Gobierno fuera castigado, y es lo que ocurrió. Pero también veo algunas diferencias.

–¿Cuáles serían?

–Ocurre algo importante en los bastiones electorales: en la provincia de Buenos Aires, que es el baluarte del Frente de Todos, salieron a celebrar el 38% de los votos. En comparación con las PASO, superó las expectativas, pero si uno compara con la elección de medio término de 2017, que es la que corresponde tomar para comparar, Unidad Ciudadana sola, el kirchnerismo solo, había sacado casi lo mismo, el 36%, y había otro 11% del peronismo no kirchnerista. O sea que entre los dos hubieran sumado un 47%, mucho más que el resultado del domingo. Y Cambiemos, estando en el gobierno –cuando siempre hay más costo– en la provincia de Buenos Aires en 2017 hizo una elección extraordinaria, recibiendo el 42% de los votos. En esa elección obtuvo más votos de lo que recibió Santilli. Quiero decir, cuando Vidal estaba en la provincia les fue mejor que con el enroque Santilli-Vidal. Y así como al peronismo le va mal en la provincia de Buenos Aires, a Juntos le va mal en CABA. Vidal celebra el 47% pero si uno vuelve a esa elección de medio término, con la lista de Cambiemos sacaron el 51% y había una lista radical de Lousteau, Evolución, que sacó otro 12%. La diferencia es muy significativa.

–Empeoró la performance electoral de las dos fuerzas principales.

–Sí, perdieron votos en lo que es su baluarte electoral y eso afecta los liderazgos de los espacios. El liderazgo del kirchnerismo está muy pegado a la provincia de Buenos Aires pero ahí el gran esfuerzo lo hicieron los intendentes. Y con este enroque que hizo Horacio Rodríguez Larreta en la ciudad de Buenos Aires quedó de algún modo más debilitado de lo que uno hubiera pensado que iba a ocurrir. Eso me parece interesante a pensar. Otra cuestión interesante es cómo se está modificando la geografía electoral en la Argentina: se ve una expansión territorial grande que ahora tiene como correlato una Cámara de Diputados muy dividida entre dos fuerzas y un Senado en donde el peronismo pierde el quórum.

“La territorialidad del peronismo, que junto con la calle le daban una ventaja, se ha ido debilitando”

–El Gobierno perdió más de ocho puntos a nivel nacional. ¿Cree que perdió el horizonte federal al concentrarse tanto en el AMBA? ¿Transita una crisis de representación nacional?

–Desde la transición democrática hasta ahora el peronismo era el partido que representaba el federalismo, el que tenía siempre más gobernadores, el que tenía el control del Senado. Esa territorialidad, que junto con la calle le daban una ventaja al peronismo, se ha ido debilitando. Y esta elección ha demostrado que ha perdido esta ventaja territorial. Se erosionó la idea de que con el peronismo en muchas provincias no se podía competir. Y, por otro lado, hay provincias como Córdoba y la ciudad de Buenos Aires, que se le han hecho imposibles al peronismo.

–Al ser más parejo el poder a nivel territorial quien sea que esté en el gobierno va a tener que negociar.

–Exacto. Ahora todos hablan de cuánto le van a costar al Gobierno los votos que necesite en el Senado, pero a mí me parece que el principal problema es que los gobiernos de minoría se van a volver más probables y la necesidad de negociación más urgente. El Presidente llamó a la negociación con el FMI, pero el problema principal es que tanto en la Argentina como en todo el mundo negociar es costoso para la oposición. El caso más claro es el Pacto de Olivos. Nos dio una Constitución mejor, pero el costo que tuvo para el radicalismo el Pacto de Olivos en torno a diluir su identidad fue enorme. Fue mejor para el país y fue peor para el radicalismo. El panorama ahora es muchísimo más complicado: está la necesidad de negociar frente a una oposición que sabe que la mejor forma de definir su identidad electoral, como en todo el mundo, es polarizar. Tenemos un radicalismo que pudo renovarse, volver al ruedo y en muchas provincias está fortalecido; y el PRO está dividido entre palomas y halcones. Y en ninguna de las dos coaliciones hay un líder fuerte que puede alinearlos.

–Para el kirchnerismo la idea de victoria implica el “ir por todo” y ahora se ve obligado a negociar. ¿Cree que esto podría modificar de fondo la dinámica política e institucional?

–Hay una tensión ahí: la mejor manera de mantener la identidad política y los seguidores es polarizar y la mejor manera de gobernar es negociar. Para poder manejar esa tensión debe haber un liderazgo que les diga a quienes en el corto plazo les conviene polarizar que hay que negociar porque les sirve en 2023, que es el horizonte temporal de todos los políticos argentinos. Para la oposición negociar está bien si quiere evitar que estalle todo por los aires, porque en ese caso no va a llegar nadie a 2023; pero tiene el riesgo de asumir los costos de un ajuste que va a ser impopular. A diferencia del Pacto de Olivos, en el que Menem negoció desde una posición de fuerza, el Gobierno ahora debe hacerlo desde una posición de debilidad, sin un frente cerrado y coordinado, y con demasiado conflicto en el interior de la coalición gobernante.

–¿Qué capital político tiene hoy Alberto Fernández?

–Tiene el capital político institucional de ser Presidente y el hecho de que si se cae él, se caen todos. Tampoco hay mucha alternativa para el kirchnerismo, para los gobernadores y para los otros actores de poder que sostener a Alberto Fernández porque es el gobierno peronista. Su poder en este momento surge más bien de la inevitabilidad de que si él cae, caen todos.

“Los liderazgos del radicalismo surgen porque el partido sostuvo sus redes, incluso en el momento en que todos lo daban por desaparecido”

–El principal activo de Cristina Kirchner en la coalición gobernante eran los votos. ¿En qué lugar queda ella y qué tendría para ofrecer hoy si se redujo el núcleo duro de los votantes kirchneristas?

–Acá va a haber que hacer una “autopsia”, que ya deben estar haciendo, para ver de dónde salió cada voto, porque el número total de votos no es muy diferente del que sacó Cristina sola en 2017. El kirchnerismo puede interpretar esto como “solo nos quedamos con el núcleo duro pero el núcleo duro lo tenemos”, y el sector no kirchnerista puede decir “nosotros nos mantuvimos y el que se erosionó es el kirchnerismo”. Habría que sentarse a analizar las mesas para ver con mayor claridad quién efectivamente dentro de la alianza ha perdido más en término de votos.

Mauricio Macri y Cristina Kirchner, dos factores de polarización

Mauricio Macri y Cristina Kirchner, dos factores de polarización.

–En la coalición opositora hay una multiplicidad de liderazgos y un gran desempeño del radicalismo en distintos distritos: Facundo Manes, Rodrigo de Loredo y otros. ¿Hay ahí algo interesante a observar luego del costo que pagó con las crisis traumáticas?

–Sí, el radicalismo es un caso muy interesante y poco estudiado, definitivamente. Desde 2003, cuando el radicalismo fue dividido entre varias candidaturas –Moreau, Carrió y López Murphy– pareció haber desaparecido a nivel nacional, pero se mantuvo a nivel local. Se mantuvo en los municipios y en las provincias. La familia radical se refugió en los niveles subnacionales. Gerardo Morales no aparece ahora, Gerardo Morales está desde hace muchos años en el partido radical. Lo que sucede es que desde el surgimiento de Cambiemos, el PRO jugó un papel fundamental en darles a los radicales esa posibilidad de coordinación a nivel nacional: figuras que surgen de liderazgos provinciales o locales aparecen ahora con una proyección nacional. Pero esos liderazgos emergen porque el radicalismo se sostuvo territorialmente, sostuvo sus redes, incluso en el momento que todos lo daban por desaparecido.

“Cristina Kirchner y Mauricio Macri ayudan a polarizar y por el lado electoral eso tiene el valor de fidelizar a los votantes de cada coalición””

-¿Que no haya un único liderazgo definido en la oposición o liderazgos “naturales” es una ventaja o una desventaja?

-Depende para qué. Para el terreno electoral creo que es una ventaja, en el sentido de que en la Argentina dos años es mucho tiempo y puede destruir cualquier candidatura. Correr con mucho anticipo es muy arriesgado y tener muchos candidatos implica mayor heterogeneidad y la posibilidad de atraer a diferentes votantes que se sienten cercanos a estos diferentes candidatos. El punto es la gobernabilidad. Si uno quiere pensar cómo se organiza la estructura de Juntos por el Cambio en el Congreso, si van o no a negociar con el Gobierno y qué es lo que van a negociar, al haber muchos centros de poder, es más difícil llegar a un acuerdo.

Los radicales y un retorno a los primeros planos

Los radicales y un retorno a los primeros planos.

–Pronto se cumplen veinte años de 2001 y tanto el macrismo como el kirchnerismo, que son hijos de ese entonces, han llegado a la adultez. ¿Cómo cree que está envejeciendo el kirchnerismo? ¿Cuál de las fuerzas tiene mejor salud?

–En la Argentina siempre es más fácil ser saludable en la oposición que en el gobierno. Es interesante que pensemos 2001 y esa demanda de “que se vayan todos” que vivieron muchos países latinoamericanos. En otros países colapsó el sistema de partidos, vinieron outsiders, surgieron partidos completamente nuevos y hubo un rechazo a la política. En el caso nuestro, pareció que iba a pasar eso, pero sin embargo se reorganizó todo alrededor de políticos nuevos y viejos en forma de coaliciones. ¿Cómo envejeció esto? ¿Cómo llegaron a la adultez? Llegaron perdiendo el entusiasmo que tenían de jóvenes, como era de esperarse.

–Dejaron de ser “promesa” y ahora hay más pasado que futuro.

–En los años 2000, el kirchnerismo entusiasmaba, era nuevo, era el regreso de la política, como había sido el radicalismo a principios de los años 80. Era la política como posibilidad de cambio en una época de boom de los commodities, de mucho dinero, con expansión de derechos. Eso se perdió porque no hay dinero y con la expansión de derechos solo no alcanza. El problema es que ya no es todo promesa. Como todos los adultos: cuando uno es joven hay mucha expectativa, cuando uno crece y envejece hay mucho bagaje. Y lo mismo comienza a ocurrir en la coalición opositora. La experiencia de gobierno ha hecho que el PRO ahora tenga más bagaje que el radicalismo, pero ahora el radicalismo, como parte de su renacer, hace que la gente se olvide un poco de ese pasado porque se acuerda del bagaje de la administración de Macri; y los que aparecen en ese espacio como nuevas voces son gente que no estuvo en la gestión de Macri.

-En 2001 había bronca. ¿Hay hoy más desesperanza y desánimo que bronca?

-Yo no veo bronca, aunque eso no quiere decir que no pueda volver. En 2015 la gente estaba descontenta con el kirchnerismo y votó a Cambiemos. En 2019 estaba descontenta con Cambiemos y votó a lo que parecía una nueva opción dentro del peronismo. No sé qué va a pasar en 2023 porque dos años en Argentina es una eternidad. Ahora, si ni el peronismo ni el antiperonismo pueden resolver una crisis de largo plazo, el sistema puede entrar en crisis de representación. No es eterna la lealtad de los votantes. Es condicional a que los partidos en el gobierno les presten atención a los votantes y hagan algo para resolver sus problemas.

–¿Cree que algunas de las señas identitarias del peronismo, que incluye la idea de gobernabilidad, podrían estar en crisis?

–El peronismo ha podido sobrevivir a las crisis de sus señas identitarias. Si uno piensa en el final del tercer peronismo, el de la década de 1970, hubo un ajuste terrible y la coalición en conflicto lo vivió incluso en términos violentos. Ahora la gente se queja por una carta (la de Cristina Kirchner), pero en los años 70 había tiros. En 1983 se creía que el peronismo iba a ganar “porque el peronismo siempre ganaba”. Ni Alfonsín creía que iba a ganar. En el imaginario popular era imposible que el peronismo perdiera y el peronismo perdió. Sin embargo, el peronismo volvió a constituirse en el imaginario como gobernabilidad. También nos olvidamos de que el radicalismo era hiperinflación, a menos que uno lea este fantástico libro de Juan Carlos Torre (Diario de una temporada en el quinto piso) que nos remonta a esa época. Ahora el radicalismo también ha sabido reestructurarse. Después de la derrota de 1983, entre ese año y 1987, el peronismo estuvo renovándose, y en 1987 volvió a ganar. En la elección de 1985 estaban todos declarándolo muerto, pero no murió. Lo que sí veo es algo que se sostiene en el tiempo: el cambio en la territorialidad hace que el peronismo no sea ahora el dueño de partes de la Argentina.

–¿Cuánto aportan o cuánto perjudican las figuras de Cristina Kirchner y de Macri en el diálogo político, en la renovación de las dirigencias?

–Por el lado electoral, ambos ayudan a polarizar y eso tiene el valor de fidelizar a los votantes de cada coalición, no al votante independiente al que no le gusta ninguno de los dos. Por el lado de las coaliciones, todo cambio institucional, de organizaciones importantes como coaliciones y partidos políticos, implica un recambio de liderazgo. En 1983 el peronismo perdió, se sacó de encima a los mariscales de la derrota y aparecieron nuevos líderes y la renovación. El radicalismo tuvo que esperar a la muerte de Alfonsín para empezar a renovarse realmente, y ahora que no hay un liderazgo que les haga sombra, emergen nuevas figuras. Incluso el radicalismo en 1983 implicó que Alfonsín se sacara de encima el peso de Balbín. En ambos casos, una renovación que dé fuerza a las coaliciones implica un cambio de liderazgo.

–¿Eso supone parricidios o no necesariamente?

–Podrían ellos mismos dar un paso al costado y decir “me retiro”, como George Washington después de dos términos. Es difícil. La tradición política argentina no es buena al respecto. Perón en vida no dejaba a nadie y el peronismo sin Perón fracasaba sistemáticamente. Balbín mismo no dejaba emerger otro liderazgo. No hay una gran tradición de renovación de liderazgos empujada desde adentro, pero definitivamente sería bueno para la renovación tener líderes alternativos que puedan emerger.

María Victoria Murillo.

Una politóloga que tiende puentes

  • María Victoria Murillo nació en Buenos Aires, donde se recibió en la Universidad de Buenos Aires. Luego hizo su doctorado en la universidad de Harvard. Enseñó en Yale y fue becaria Fulbright.
  • En 2003 pasó a desempeñarse como profesora titular de Ciencia Política en la Universidad de Columbia, en Nueva York, ciudad de la que se enamoró –dice– porque era lo más parecido que había en Estados Unidos a Buenos Aires.
  • Es también directora de Estudios Latinoamericanos de esa universidad. En 2021 llevó adelante el ciclo “Tendiendo puentes”, que reunió a políticos y analistas de distintos países con posturas antagónicas para reflexionar sobre acuerdos y no sobre discrepancias.
  • Ha escrito, entre otros libros, Sindicatos, coaliciones partidarias y reformas de mercado en América Latina (2001) y compiló con otros autores Discutir Alfonsín.
  • Su estudio más reciente, La ley y la trampa. Por qué optar por el debilitamiento institucional puede ser una estrategia política, escrito en coautoría, fue publicado en la Argentina por la editorial Siglo Veintiuno.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/ideas

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