Sagrada familia: fuente de confianza y de arrojo

Con esta esperanzada exhortación concluyó la homilía que el arzobispo de La Plata, Mons. Héctor Aguer, pronunció el 31 de diciembre último, Fiesta de la Sagrada Familia, en la Catedral platense.

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Durante la misma el prelado recordó que “La familia es la cuna del hombre, la escuela en la que se reciben y asimilan los valores fundamentales, la iglesia doméstica en la que se transmite la fe, la piedad y las virtudes cristianas” Advirtiendo simultáneamente que “este ideal, antiguo y perennemente nuevo, puede ser objeto de una nueva verificación histórica, de una nueva implantación cultural”.

Nos llamó a “no resignarnos a la actual destrucción de la familia, la que se produce de hecho a causa de la revolución de las costumbres, de la miseria material y moral, la que es fomentada por las ideologías, por la manipulación de la opinión pública y por las leyes inicuas que se imponen en la Argentina imitando lo peor de otros Estados”. Y a hacer un examen de conciencia por lamentar la decadencia de la familia y al mismo tiempo “con una indulgencia suicida” tolerar “que la fornicación y el concubinato reemplacen al noviazgo, que en lugar de los hijos, de los hijos numerosos, se instale la comodidad del egoísmo, y que la autoridad educativa de los padres renuncie a su función irremplazable y ceda ante la tiranía de las modas y a la intromisión de factores de deseducación”.

Alertó también sobre las ideologías en boga que “van consumando un cambio subrepticio de mentalidad”; denunciando que los libros escolares -destinados a niños de siete años por el Ministerio de Educación de la Nación- enseñan “que no hay un único tipo de familia, ni una que sea la mejor, sino que son muchos los modelos y no importa la forma que tenga”.

Señaló que “la familia constituida sobre el matrimonio de un varón y una mujer”, es un “estereotipo a superar” en los círculos del Estado, agregando “no sabemos todavía a dónde llegarán las propuestas curriculares que procedan de la perspectiva de género introducida como un postulado en la reciente Ley de Educación Nacional”.

A continuación el texto completo de la Homilía pronunciada por Mons. Aguer:

La familia, cuna del hombre

        Los Evangelios de la infancia del Señor, es decir, los dos primeros capítulos de San Mateo y San Lucas, nos transmiten datos preciosos acerca del nacimiento de Jesús y de sus primeros años, con referencias cronológicas y topográficas; aparece con claridad la inserción del Redentor del hombre en el tiempo y en el espacio, en el seno de una familia humana. El texto de Lucas se cierra con esta indicación: Él regresó con sus padres a Nazaret y vivía sujeto a ellos. Su madre conservaba estas cosas en su corazón. Jesús iba creciendo en sabiduría, en estatura y en gracia delante de Dios y de los hombres (Lc. 2, 51 s.). Mateo, por su parte, señala que José, al regresar del exilio en Egipto, se estableció en una ciudad llamada Nazaret, y añade que de ese modo se cumplieron las predicciones de los profetas acerca del Mesías: será llamado Nazareno (Mt. 2, 22 s.).

        Nazaret es el ámbito de la vida familiar de Jesús; allí, durante aproximadamente treinta años llevó con María y José una vida en todo semejante a la propia de las familias judías de la época. La pertenencia de Jesús a una familia humana corresponde a la lógica de la encarnación, y por eso también correspondía, en virtud de la misma lógica, que la Sagrada Familia –así la llamamos con razón– llevara una existencia anónima y silenciosa en un pequeño pueblo de Palestina (en realidad, San Mateo exagera cuando designa a Nazaret como ciudad). La familia que formaban José, María y Jesús participaba del estilo de vida de las familias galileas de entonces, marcado por una tradición cultural forjada en base a principios jurídicos, integrada por costumbres aquilatadas por el tiempo, ritos y gestos religiosos. Fué además una familia probada por la pobreza, la persecución y el exilio.

        La lectura del libro del Eclesiástico que hemos escuchado es un poema sobre el orden familiar en el que se refleja la sabiduría de los antepasados: el temor del Señor se expresa y es vivido en las relaciones familiares según el mandamiento Honra a tu padre y a tu madre. El autor transmite verdades probadas por la experiencia; se dirige a los hijos para recordarles que el respeto a los padres se fundamenta en la naturaleza de las cosas, en el orden dispuesto por Dios, que otorga a los padres autoridad sobre sus hijos. El fruto de la observancia del precepto es una abundante bendición, se promete desde el perdón de los pecados hasta una vida larga y feliz. En otros pasajes del Eclesiástico se destaca la autoridad educativa del padre de familia, que cuida mediante una severa disciplina que su hijo no se desvíe; no lo consiente ni malcría, para que no le salga desvergonzado y rebelde. La educación se basa en el ejemplo, con este fin: que al morir, el padre pueda dejar en el mundo una especie de otro yo, un hombre como él. El Señor quiere que el padre sea respetado por sus hijos y confirmó el derecho de la madre sobre ellos (Ecl. 3, 2). A la luz de este principio sapiencial podemos entender qué significa la indicación del Evangelista cuando dice que Jesús en Nazaret vivía sujeto a ellos, a María y a José. Quizá habría que decir mejor: a José, que era el jefe, y a María.

        La liturgia de hoy nos ofrece en el Salmo responsorial imágenes muy bellas del hogar: una buena familia constituye la felicidad del varón justo, los retoños de olivo sugieren la lozanía y el crecimiento de los hijos, la parra representa la fecundidad frondosa de la madre. El orden familiar procede del amor de Dios que bendice; el conjunto perfilado en el Salmo vale también como imagen del pueblo de Dios y de la Iglesia.

        La Sagrada Familia era una familia como las demás de su país y de su tiempo, ya que Jesús, el Hijo de Dios, se hizo semejante a los hombres (Fil. 2, 7), semejante en todo a sus hermanos (Hebr. 2, 17). Pero era también una familia única, singular, irrepetible. El Evangelio que acabamos de escuchar y que nos relata la huída a Egipto revela el cuidado providencial que se ejerce sobre el Niño. El Padre celestial protege a su Hijo por medio de la obediencia y la diligencia de José. Desde Egipto llamé a mi hijo (Mt. 2, 15; cf. Os. 11, 1). La cita del profeta, aducida por San Mateo, es por demás significativa. Es Dios quien habla y quien salva; es el Padre, que actualiza en Jesús la salvación que dispensó antiguamente a su pueblo. Una familia singular, conectada misteriosamente con la fuente de toda familia, que es la Trinidad divina. El niño era el Hijo eterno de Dios, Dios verdadero; San José, sombra y vicario del eterno Padre, ministro de su providencia; María, madre virginal del Hijo, esposa virginal de José, concibió a su niño por obra del Espíritu Santo y era la creatura predilecta del Padre, colmada por él de la plenitud de la gracia. En la familia de Nazaret se refleja, como prototipo de toda familia humana, la Trinidad de Dios. En aquella familia se iba gestando la novedad del Reino.

        En la Nueva Alianza las relaciones familiares quedarán transformadas por la adhesión a Cristo resucitado, principio de vida nueva; serán relaciones propias de discípulos, elegidos de Dios, que viven según el Evangelio. El apóstol enumera los sentimientos propios del hombre renovado por la gracia: compasión, benevolencia, humildad, dulzura, paciencia, ejercicio recíproco del perdón y de la corrección. Todo animado por la caridad, que es el nombre del amor cristiano; es la caridad la que inspira y mueve al cumplimiento perfecto de los deberes familiares y sociales; es ella la fuente del respeto y cariño entre los esposos y de la obediencia de los hijos (Colos. 3, 12 ss.).

        El cristianismo dignificó y exaltó a la familia basándose en la sabiduría de los antiguos, en la tradición bíblica y en los elementos naturales reconocidos y vividos en la organización social precristiana. Pudo hacerlo porque se propuso superar las limitaciones y purificar los desvíos con la luz de la verdad evangélica y el vigor de la gracia sacramental. No se puede pensar en la familia omitiendo la referencia al matrimonio, que es su origen. La frase del libro del Génesis Vendrán a ser una sola carne encarece la unión indisoluble de los esposos, pero se refiere también a la sociedad doméstica, a la familia, esa realidad concreta y palpitante pero también objetiva, trascendente, necesaria, a la cual se brindan el varón y la mujer cuando se casan. Un famoso historiador  lo ha dicho con una fórmula precisa: el hombre no se pertenece, pertenece a su familia. Es decir, procede de una, y normalmente no la deja sino para formar otra. En el don recíproco, el varón y la mujer no sólo aspiran a su propia realización personal, sino que se comprometen en un proyecto común, en una economía y así colaboran en la obra divina de la creación: son fundadores de humanidad. La familia es la cuna del hombre, la escuela en la que se reciben  y asimilan los valores fundamentales, la iglesia doméstica en la que se transmite la fe, la piedad y las virtudes cristianas, es incluso –lo dice el Concilio Vaticano II– el primer seminario, donde se cultiva la vocación para consagrarse a Dios.

        Este ideal, antiguo y perennemente nuevo, puede ser objeto de una nueva verificación histórica, de una nueva implantación cultural. No podemos resignarnos a la actual destrucción de la familia, la que se produce de hecho a causa de la revolución de las costumbres, de la miseria material y moral, la que es fomentada por las ideologías, por la manipulación de la opinión pública y por las leyes inicuas que se imponen en la Argentina imitando lo peor de otros Estados.

Hay que nutrir la convicción de que el futuro de la humanidad depende de la recreación del orden familiar. Solemos hablar de la crisis de la familia y lamentamos esta situación porque reconocemos que es la raíz de muchas calamidades sociales para las que no se encuentra remedio. Pero con una indulgencia suicida muchos católicos toleran que la fornicación y el concubinato reemplacen al noviazgo, que en lugar de los hijos, de los hijos numerosos, se instale la comodidad del egoísmo, y que la autoridad educativa de los padres renuncie a su función irremplazable y ceda ante la tiranía de las modas y a la intromisión de factores de deseducación. Así se va debilitando la idea misma de la familia, no sólo en su dimensión sobrenatural, sino también en su realidad humana esencial. Las ideologías en boga van consumando un cambio subrepticio de mentalidad. En libros escolares destinados a niños de siete años por el Ministerio de Educación de la Nación se les enseña que no hay un único tipo de familia, ni una que sea la mejor, sino que son muchos los modelos y no importa la forma que tenga; así se los prepara a relativizar a la familia constituida sobre el matrimonio de un varón y una mujer, que la ideología reinante en esos círculos del Estado considera un estereotipo a superar. Y no sabemos todavía a dónde llegarán las propuestas curriculares que procedan de la perspectiva de género introducida como un postulado en la reciente Ley de Educación Nacional.

        El Papa Juan Pablo II afirmó que la Sagrada Familia de Nazaret es el prototipo y el ejemplo de todas las familias cristianas. En ella, en su contemplación, en la súplica dirigida a Jesús, José y María debe inspirarse la ética familiar y la espiritualidad conyugal, vale decir, el estilo de vida al que están llamados los cristianos por la vocación y la gracia del matrimonio. La imagen de la Sagrada Familia es el símbolo del “Evangelio de la familia” que la Iglesia anuncia incansablemente, con mayor convicción y fervor en las últimas décadas; esa imagen entrañable representa la verdad de la familia que es preciso vivir, defender y propagar sin temor, con vigor, navegando contra la corriente. Es una causa noble y decisiva, de la que depende –sin exagerar sea dicho– el futuro de la civilización, y en buena medida también el de la Iglesia.

        La fiesta que hoy celebramos tiene que ser para nosotros fuente de confianza y de arrojo. La esperanza del cristiano se yergue más animosa cuando se expresa y fortalece en la oración; es capaz de resistir a la desilusión y a las tinieblas. Podemos decirle a Jesús, María y José, con la voz de la liturgia y las palabras de un antiguo himno, en nombre de todas las familias argentinas: 

Cuando la luz del sol agonizante

Retira su esplendor a cada cosa,

Los que permanecemos en la tierra

Alzamos nuestras preces más devotas.

Y suplicamos que nos sea dado

Mostrar en nuestra vida de familia

La gracia de las múltiples virtudes

Que florecieron en la vuestra un día.

Fuente: Notivida, Año VI, nº 414, 3 de enero de 2007.

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