Reina Valera

Por Adán Costa.- Y de repente, el agua entró rápido en ese día que jamás olvidará Santa Fe, en esa calle Juan Díaz de Solís, que ya era un río.

La vida se construye en ocasiones con muchas casualidades que son causales. Juan Pedro Díaz de Solís, el navegante que aún no se sabe si era portugués o sevillano, sin dudas europeo, ese que los originarios querandíes del siglo XVI lo advirtieron enseguida como el enemigo conquistador, le puso al Río de la Plata, primero el nombre de “Mar Dulce”, y después quizá con escondida humildad, su nombre propio, Solís. A veces aún nos cuesta comprender la razón por la cual nos dejamos robar la cultura de nuestros originarios, ellos si entendían a la perfección la relación del ser humano con la Pacha.

En esa casa, en ese día, eso que hasta hacía diez minutos era un comedor, se hizo un fregadero. El cielo no dejaba de resoplar nubes cargadas de desasosiego.

Norma se asustó, cerró el puño con gesto nervioso, miró hacia arriba desde el patio que la semana pasada habían arreglado. Luis, su esposo, la tranquilizó como pudo, sin estarlo él. La abrazó con firmeza. Juntos comenzaron, como pudieron, a llevar a la planta alta de la casa, primero el televisor y luego el equipo de música de su hija mayor.

-Qué bueno que los chicos no habían llegado a casa, pensó Luis. Luego, lo mortificó la idea de que le podría estar pasando a los abuelos, sus padres, a escasas cuatro cuadras más para el oeste, rumbo a ese Salado de muerte.

Atizó el teléfono. No había tono. Ya habían cortado la luz y el atardecer pronto escurriría la poca claridad que quedaba en pie. Ya no hubo tiempo para nada más. Las fotos de tantos momentos felices. Esas fotografías que construyen la memoria familiar, incluso esas fotos que no le gustaban a Norma, y que las escondía bajo siete llaves de las que siempre exhibían con orgullo, sus tres hijos. Los discos de pasta, esa colección tan cuidada y escuchada de los Beatles del paradójico submarino amarillo, estaban en esa biblioteca de madera. Echaron una última ojeada. Ya no los volverían a ver jamás.

Enseguida, los libros de Agatha Christie, con Hércules Poirot adentro, encontraron su Nilo en esa casa, circularon con el lomo abierto desde comedor a la cocina y de ese lugar, vaya a saber a dónde. Seguramente encontraron su destino. Ya no eran libros, eran naos. Los utensilios de cocina de donde nacían riquezas culinarias; las sábanas negras; el vestido nuevo recién comprado para el casamiento de Claudia, la hija de la prima María Rosa; las enciclopedias; esos otros libros raros antiguos que se habían conseguido en esa tienda de libros usados, siempre sabiendo que una segunda lectura podía toparse hasta quizá con la mirada del anterior lector, incluso podía hurtarle sus secretos. Todo estaba allí situado, marchándose.

Los únicos libros que aún permanecían encallados, dejaban ver sus hojas que se iban desgajando en racimos. En esas hojas, cada letra parecía alzar su voz, en ese efecto óptico que sólo produce el agua en sobre papel. La que empezó a gritar desgarradoramente, de pronto, fue Norma, a Raquel, su vecina del otro lado de la calle ¿A dónde vamos a ir ahora?

Un silencio de congoja fue la única respuesta escuchada de su vecina. Esa con la cual tomaba mates todas las tardes como esa tarde del 29 de abril de 2003, desembuchando las tertulias del barrio.

Y el agua seguía subiendo, ya era la dueña de la casa, y sus dueños verdaderos, inquilinos de la incertidumbre y de la angustia.

Pudieron haber pasado diez minutos, media hora, o un día entero, nunca se sabrá, porque lo que se había detenido en ese momento era el mismísimo tiempo. Lo que si es cierto, es que de pronto estaban afuera de la casa, ya en la avenida Freyre, que a esa hora era la costa rediviva del río Salado, con un tercio de la ciudad de Santa Fe oculto bajo su manto húmedo y farragoso.

Avenida Freyre, esa calle del encuentro permanente. La calle de Juan, el carnicero del piropo fácil; de Héctor, el cerrajero que en más de una ocasión salvó a la familia aquella noche cambiando las cerraduras porque había extraviado los dos juegos completos de llaves quien sabe adónde; la de los muchachos de la estación de servicios, tan atentos y circunspectos, siempre.

Esa avenida vocinglera y transitada era, ahora, la encarnación misma del caos, el llanto, los rostros amables ya no eran más que muecas de desconsuelo, horror, miradas extraviadas en el cielo, a la nada, al desencanto.

Esa noche, Luis junto con uno de sus hijos, volvió a la casa, gracias a una canoa que pudieron hacerse de su cuñado Hugo, ese que disfrutaba ir a la isla a internarse fines de semana enteros vaya a saber a pescar que cosa. Se instalaron a vivir en los techos. Y la noche se constituyó en el peor recuerdo de su vida. Reflectores, disparos, aullidos, desconocidos circulando en los altos. Oscuridad. Por suerte, Luis, jamás perdió su calma. Sus convicciones pudieron más que sus miedos. De pronto apareció flotando un libro de gruesas tapas marrones. Era su propia biblia, en versión Reina Valera, esa misma que muchas noches solía leer, subrayando, cejijunto, versículos en ese exquisito papel vitela, especialmente esos que narraban la paz entre los hombres.

Mucho tiempo después de aquellos días aciagos, cuando todo fue retornado a su cauce, gran parte de los vecinos de la ciudad, se fueron enterando que alguien en el poder no había invertido lo suficiente para concluir con una obra pública detrás del Hipódromo. De haberse hecho, la ciudad entera se hubiera ahorrado inundarse como se inundó. Pero como son las cosas con el poder en Santa Fe, aún huelgan las responsabilidades. Y allí, aún hoy doce años después, andan dando vueltas.

Este registro de muerte, de angustia colectiva, lo viven hoy, en silencio, en reclamo, o como pueden, Luis, Norma, y más de ciento cincuenta mil santafesinos. También se desayunan con la palabra resiliencia en boca de importantes hombres venidos del Imperio del Norte invitados por grises hombres locales, quien sabe para qué. Esta palabra que muchos tienen que ir a buscarla al diccionario para saber qué significa, a pesar de que con sus vidas hayan dado un infinito testimonio de lo que realmente representa.

29/04/15

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