¿Por qué ganó Trump?

Por Rodolfo Zehnder.- Finalmente, el tsunami políitico se produjo. Donald Trump ganó la elecciones contra el pronóstico y el deseo de muchos, y el desconcierto de la mayoría de las encuestadoras que otra vez y van… fallaron en sus estimaciones. Intentaremos dar una explicación de lo ocurrido, partiendo de la base de que resultará erróneo interpretar acontecimientos utilizando categorías de análisis extrañas al lugar donde se produjeron. Esto es, intentar entender lo sucedido en clave argentina, con criterios nuestros, en lugar de hacerlo en clave norteamericana, con criterios y categorías que allí, y no aquí, tienen relevancia. En primer lugar, resulta claro que Trump ganó por defecto, o sea por defecto de su contendiente, Hillary Clinton. La candidata del Partido Demócrata nunca cayó bien en la consideración del norteamericano: mentirosa, quizá corrupta, no creíble, representante del establishment de la Casa Blanca, de un Washington alejado de las necesidades de la gente, nunca fue visualizada como una instancia francamente superadora de su adversario; en todo caso, para sus votantes siempre fue “el mal menor”, y esto suele no ser suficiente para ganar una elección. En segundo lugar, Trump cosechó adhesiones insospechadas si se lo mira de lejos, pero no demasiado sorprendentes si se analiza bien. A Trump no lo votaron solamente los americanos de clase media, o media baja, en su mayoría blancos y de escaso nivel de instrucción (colegio secundario o menos), sino también la gran mayoría de los cubanos radicados en EE.UU. y muchos latinos documentados, o sea con sus papeles en regla, que ven en los indocumentados una competencia desleal y que no verían con malos ojos que se desarrollaran políticas restrictivas en torno a la inmigración. Por otra parte, creer que ganar en los Estados más sofisticados, léase Nueva York, California, Pennsylvania, Maryland o la capital entre otros, era suficiente para una elección general, fue un grueso error de apreciación. Esa minoría ilustrada, sofisticada, globalizada, liberal (en el sentido norteamericano, o sea progresista) no deja de ser una minoría, muchas veces prebendaria de la política de Washington, pero que no representa a la mayoría de esa “América profunda”, del interior del país, de las zonas rurales, donde impera el conservadorismo más puro, con ribetes nacionalistas. Si ganó por defecto, vale admitir que Trump también ganó por características de su personalidad y de su mensaje, caras al sentimiento norteamericano. Trump se presentó como un “outsider”, como alguien que viene fuera de la política a juzgar a la política tradicional, la de Washington, la de los que hicieron de la política no el arte de lograr el bien común sino el instrumento para el enriquecimiento de unos pocos. Trump encarna, entonces, esa bronca, no tanto al estilo de los indignados españoles, pero sí representativa del divorcio que el americano medio siente por políticas que, a pesar del mayor acercamiento que significó la administración de Obama, no logró solucionar los problemas claves: la creciente inseguridad, los altos impuestos, el cada vez más difícil por lo oneroso acceso a la universidad, la competencia que significa la apertura globalizada de la economía. Trump se presenta, casi, como el ideal del americano: exitoso, de fuerte personalidad, carismático, de lenguaje llano y directo, del representante del “self made man”, del hombre que se hace sólo y puede, con su sola voluntad y no la del estado, abrirse camino con éxito en la vida. Poco importó sus bravuconadas (que por el contrario a muchos les cayó bien), sus diatribas respecto de las mujeres (aunque se ocupó en aclararlas), contra los inmigrantes en general (aunque se sabe que el problema son los indocumentados), su falta de propuestas concretas, su grado de imprevisibilidad, que en estos momentos desvela a más de uno y a los mercados. Cuando Reagan asumió la Presidencia, en enero de 1981, pocos hablando siempre de establishment y de la inteligencia progresista creían que iba a a hacer un buen gobierno. ¿No era acaso un actor de Hollywood y de segunda línea? Sin embargo, venía de hacer una excelente gobernación en California. ¿Cuál fue su secreto? Rodearse de los mejores. Una vez presidente, convengamos en que, para los norteamericanos, no le fue nada mal, repitiendo su esquema de trabajo: rodearse de gente capaz. Es dable suponer que Trump hará lo mismo, con lo cual las voces agoreras que hoy por hoy se escuchan en todo el mundo verán caerse, una vez más, sus sombríos pronósticos. De todos modos, la incertidumbre es una de las características de esta era posmoderna, y la dinámica de los procesos mundiales es tan acelerada e imprevisible que mal podríamos aventurarnos en profecías…

Fuente: diario La Opinión, Rafaela, 12/11/2016.

Compartir:

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *