Pasó de todo, justo antes de las elecciones

¿Hay, acaso, un hilo que une a las tres desgracias (crisis energética, crisis inflacionaria y corrupción)?

Por Joaquín Morales Solá

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Había un catálogo de cosas que no debían suceder antes de la primavera electoral. Ocurrieron todas. Esa lista de lo que debía evitarse incluía la preocupación social por una crisis energética, la inestabilidad por una crisis inflacionaria y los estragos de los escándalos por presuntos hechos de corrupción en la administración pública. Ayer, otra ministra con mala racha, Nilda Garré, fue imputada por el juez Tiscornia en el contrabando de armas a los Estados Unidos (ver aparte). También muchos jueces olfatean que algo no está funcionando bien para el poder.

Salvo las inclemencias del peor invierno en casi un siglo, todos lo demás conflictos eran previsibles y hasta posibles de modificar en sus consecuencias. En efecto, a Néstor Kirchner le llegaron mensajes de advertencia en tal sentido, dichos con tonos diversos, desde distintos sectores de la dirigencia política y social. Pero su proverbial temor a tomar cualquier decisión socialmente antipática, aunque fuere fácil de explicar, terminó precipitando lo que no debió pasar.

Kirchner ha sido un hombre de notable suerte, y la fortuna es un componente elemental de cualquier carrera política. ¿Ha sido? Es probable que parte, al menos, de aquella suerte se haya acabado. ¿Por qué debía nevar en Buenos Aires justo tres meses antes de las elecciones presidenciales y en medio de graves carencias energéticas? Mala suerte.

Si la Argentina fuera un país con un sistema básico de partidos políticos funcionando, tal sarta de contratiempos ya hubiera definido en gran medida las próximas elecciones. Para ser directos: hubiera condenado al Gobierno a luchar por una causa perdida. Eso no ha sucedido aún, aunque el Gobierno se desgastó más de lo políticamente soportable desde marzo último. Enfrentó empecinado, incluso, una sonora derrota electoral en la Capital, cuya dimensión pudo, tal vez, evitar a tiempo. Mirando cerca, gobiernos de Brasil, Chile o Uruguay ya estarían presintiendo la derrota entre tantos estropicios.

Lo que ha sucedido en la Argentina, en última instancia, es que la administración de Kirchner viene perdiendo la iniciativa desde hace muchos meses y está, cada vez más, a la defensiva de una realidad que parece no controlar. Hizo el prodigio de moldear la realidad a su gusto durante cuatro años; en ese tiempo conservó intacta, también, la iniciativa. Iniciativa y realidad se han descarriado ahora reclamando el pago de viejas deudas.

¿Hay, acaso, un hilo que une a las tres desgracias (crisis energética, crisis inflacionaria y corrupción)? Apartemos la probable ausencia de la buena suerte. Hay, sí, una increíble tenacidad del Gobierno para persistir en el error. A Felisa Miceli no la echó sólo una inexplicable bolsa con pesos y dólares en su baño. Miceli estaba muerta como ministra desde hacía mucho tiempo; ésa era, según el testimonio de altos funcionarios oficiales, su situación política.

Ausente del mundo económico internacional (su aislamiento fue casi inédito en la historia de los ministros de Economía), tampoco pudo lidiar en la Argentina con los precios -tarea que recayó en Julio De Vido y Guillermo Moreno-, ni con la sublevación esporádica del campo, ni con la escasez de créditos para la producción. La inversión extranjera decreció durante su gestión y la local está también en caída libre, aunque esto se deba sobre todo a los problemas energéticos. Su estrategia se limitó a flotar y durar. Nunca le importó cómo.

Kirchner lo sabía. Su esposa, también. “En diciembre se va.” Ese fue, hace no menos de tres meses, el pronóstico para Miceli de un hombre que frecuenta las tertulias de Olivos. Si ya estaba de algún modo fuera del poder, ¿por qué la tenacidad en conservar en un cargo clave de la administración a quien ya no podía dar más que lo que había dado? Había que dejarle a Cristina Kirchner, cuando fuera presidenta, la posibilidad de una sorpresa con la designación de un nuevo ministro. La entronización de la senadora como futura mandataria, cuyo lanzamiento formal se hará sólo hoy, sacrificó muchas cosas en el altar de la política.

Sacrificó a la propia Cristina. ¿Qué razones empujaron al Gobierno a adelantar su candidatura, mediante trascendidos y carteles públicos, cuando todo indicaba que era necesario demorar su lanzamiento hasta después de los malos trances? Mauricio Macri. El triunfo porteño de Macri lo había colocado a éste en la primera página de los diarios durante siete días interminables e insufribles. La estrategia funcionó durante 48 horas, pero Cristina Kirchner, convertida ya en virtual candidata a la sucesión, debió enfrentar desde entonces el desgaste que producen sin remedio los conflictos irresueltos.


Skanska, Miceli, Romina Picolotti, Garré. Las sospechas han dejado al gobierno de Kirchner sin inocentes. Algunos, como Julio De Vido, deberán hacerse cargo, incluso judicialmente, de los voluminosos sobreprecios de la ampliación de los gasoductos. Otros, como Alberto Fernández, deberán explicar por qué funcionarios que le responden políticamente (Miceli, Picolotti y Garré) cayeron tan fácilmente en el manejo de misteriosos dineros, en el trasiego de influencias o en el descontrol de áreas bajo su responsabilidad.

Kirchner cubrió a unos y otros, esperando frenar la hemorragia política. Otro aspecto no insignificante del problema: Kirchner decide solo, como un monarca rodeado por una corte condenada a acatar. El debate interno está tan vedado como el debate con otras corrientes políticas.

En definitiva, nunca un presidente pensó más en la próxima elección, y menos en la próxima generación, que el Kirchner de los últimos meses. Dio vuelta, en el sentido exactamente inverso, la antigua regla que define a un estadista. No le importó, para eso, destruir la reputación de una vieja institución argentina, como lo es el Indec, con tal de acomodar los números de la inflación a sus necesidades electorales. Menos le interesó reconocer que el mundo tiene parámetros energéticos, en medio de generalizadas crisis energéticas, que no se pueden eludir sin consecuencias.

El resultado es que la Argentina avanza a paso acelerado hacia la importación de bienes energéticos, incluido el petróleo. Cuando llegue ese momento, no habrá superávit suficiente para subsidiar el consumo energético de los argentinos. El país chocará entonces con los altos precios que se pagan en el exterior, porque sencillamente nunca la energía estuvo tan cara en el mundo.

En ese paisaje con más sombras que luces, puede resultar temerario decir ahora que el Gobierno no corre riesgo electoral con miras a octubre. Podría corresponder a un discurso de un tiempo que ya no está y de cuya partida sólo falta que llegue la noticia.

¿Hay oposición para ocupar ese lugar que vacila en el centro del poder? ¿Habrá una oposición en condiciones de mostrar renovación política y capacidad para controlar el poder, dos requisitos indispensables tras la gran crisis de principios de siglo? ¿O, en cambio, la oposición decidirá que sea Kirchner, algún Kirchner, quien pague todas las facturas de una larga fiesta? Esta última reflexión existe, perceptible aunque en voz baja, en algunas covachas donde alternan los antikirchneristas.

Por Joaquín Morales Solá

Fuente: diario La Nación, 19 de julio de 2007.

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