Para debatir sin prejuicios

A sólo ocho años del estallido económico, el derrumbe social y la debacle política, este festival de mezquindades, esta realidad que nos rodea y agobia, parece demostrarlo. La dirigencia de todo tipo y color, una y otra vez, parece capaz de haber pasado en vano aquella tremenda experiencia y su inocultable demanda de cambio.

Por José Ignacio López (Buenos Aires)

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(Por José Ignacio López).- Fue como un oasis. Así me resultó la convocatoria a la reflexión y el diálogo sobre periodismo y calidad institucional. (*) Oasis en medio de un reñidero, de un festival de intolerancia y sinrazón. Muy bien lo ha descripto Santiago Kovadloff en estas páginas: las huellas del rencor se multiplican entre nosotros; se enseñorearon en el mundo intelectual, degradan la política, que aún deambula en su crisis de representación, y ya rebasan el espacio público para agrietar las relaciones privadas. Y si el espacio público está dominado por la intolerancia, y la política, reducida a mera confrontación por el poder, es despojada de su sentido de construcción compartida, el periodismo, los periodistas, ¿podemos estar aislados y a salvo de esa intemperancia? Temo que no. Y que no son pocas las veces que, por ella atrapados, la reciclamos, la multiplicamos con ese ejercicio binario que nos extravía, expulsa los matices y trastrueca en una Babel la melodía de la comunicación. Urgidos como toda la dirigencia a asumir nuestra cuotaparte de responsabilidad en la crisis que largamente nos agobia a los argentinos, el necesario proceso de introspección, autocrítica y cambio que necesitamos se ha visto y se ve dificultado, impedido, distorsionado por aquel reduccionismo intolerante. Para más, el periodismo, aquí y en todo el planeta sacudido en sus cimientos por un cambio de época, una revolución tecnológica que cuestiona su identidad y su mismo sentido, demanda la búsqueda abierta, sin prejuicios, de nuevos paradigmas para el ejercicio profesional con respeto por la libertad de expresión y de información y por valores éticos que atañen a la dignidad humana, en particular de los más pobres, excluidos e indefensos. Ante aquel panorama de tensiones e intolerancias que entristece, creo que los periodistas estamos sufriendo una derrota cultural. Si se dice que en la guerra la primera víctima es la verdad, en esta confrontación, en esta riña maniquea, degradante, que no es debate ni diálogo, la víctima es la credibilidad, el corazón mismo del periodismo. Y a esa demolición parecemos contribuir alegremente al intercambiarnos imputaciones fáciles, visiones reduccionistas, simplificadoras, agravios inauditos, propios de esta cultura argentina que distribuye siempre culpas en mochilas ajenas sin cargar la propia. Una situación que impide el verdadero debate, el diálogo franco, la autocrítica necesaria, la búsqueda de nuevos paradigmas propios de este cambio de época. Basta con ver algunas de nuestras discusiones y apreciar de qué modo se ha instalado entre nosotros la sospecha deletérea, la desconfianza esencial, devenida de esa prédica corrosiva, injusta por generalizadora y siempre agraviante, que procede del poder político de turno, según la cual nuestro oficio sólo es ejercido por mercenarios. ¡Un oasis! Eso fue: invitar a reflexionar sobre periodismo y democracia en una casa como la de La Voz del Interior , donde, como en tantos otros medios de comunicación de la República -grandes o pequeños, débiles o económicamente poderosos, gráficos, digitales, electrónicos, audiovisuales- hay mayoría de periodistas que cotidianamente se esfuerzan, buscan, se equivocan, intentan ejercer su profesión con honestidad. Un oasis y no un ring es lo que necesitamos. Espacios articuladores, respetuosos de la libertad y de los matices, reacio a las consignas. Que nos sacuda de la desconfianza, que nos arrebate de la demagogia fácil, que nos desinstale de la posición de fiscales, de esa soberbia devenida de la usurpación de roles a la que fuimos conducidos por el descrédito de las instituciones. Espacios que se tornen práctica habitual de diálogo, regeneradores de la confianza y la amistad social, como los que parece necesitar la dirigencia cuando las causas profundas de la fenomenal crisis de principios de siglo, las morales, las culturales, se exhiben casi intactas. ¿No lo están? A sólo ocho años del estallido económico, el derrumbe social y la debacle política, este festival de mezquindades, esta realidad que nos rodea y agobia, parece demostrarlo. La dirigencia de todo tipo y color, una y otra vez, parece capaz de haber pasado en vano aquella tremenda experiencia y su inocultable demanda de cambio.

(*) La Jornada Internacional Medios de Comunicación y Calidad Institucional fue organizada por la Universidad Nacional de Villa María, La Voz del Interior , la Fundación Konrad Adenauer y la Asociación Civil Estudios Populares (Acep).

Fuente: diario La Nación, Buenos Aires, martes 30 de marzo de 2010.

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