“Nuestra democracia es autoritaria”, dice Horacio Vázquez-Rial

El periodista e historiador opina que Kirchner es más chavista que peronista

Por Jorge Elías

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En 1974, Horacio Vázquez-Rial se hizo acreedor a la “beca López Rega”. No era un premio al mérito, sino un pasaporte al exilio. En su caso, a España. Tres décadas después, aquel corrector del Diario de Sesiones del Congreso de la Nación, formado en periódicos y editoriales, regresa de tanto en tanto a Buenos Aires, donde nació en 1947. Pero no advierte grandes cambios. Sobre todo, políticos: el peronismo, sin ir más lejos, sigue prefiriendo ser movimiento antes que partido. “Es negocio”, dice Vázquez-Rial, guionista, colaborador regular del diario madrileño ABC y del sitio Libertad Digital, “nunca peronista” y autor reciente del libro número 32 de su cosecha, “Perón: tal vez, la historia”, recientemente editado por El Ateneo. ¿Por qué “es negocio” que el peronismo no sea un partido, con elecciones internas y un solo candidato en las elecciones, sino un movimiento? “Porque en las elecciones uno tiene que decidir entre un peronista, otro peronista y medio López Murphy, ya que la otra mitad está comprometida con la realidad del peronismo”, opina Vázquez-Rial en esta entrevista con La Nación. No se fue de la Argentina por decisión propia, sino por amenaza ajena. De ahí el mote de “beca López Rega”, en alusión al inspirador de la Triple A, que aplica a su exilio en una España todavía franquista, en la que llegaría a presenciar la victoria del socialismo. Y de ahí, también, su agradecimiento: “Hice muchas cosas que probablemente no hubiera podido hacer en la Argentina”. Entre otras, doctorarse en Geografía y en Historia en la Universidad de Barcelona, ciudad en la que reside. “Tuve la fortuna extraordinaria de tener un gran amigo, cuyo nombre no voy a decir, que era hijo de un general y que en ese año, 1974, me dijo que debía irme -confiesa Vázquez-Rial-. Le hice caso. Una semana después, en un domicilio en el que no vivía desde hacía tiempo, apareció la coordinación federal o quién sabe quién.” ¡Quién sabe quién! Con Perón a flor de labios, por la aparición de su nuevo libro, el autor de novelas como “Segundas personas” y “Oscuras materias de la luz” y de ensayos como “La izquierda reaccionaria” y “La formación del país de los argentinos” tampoco sabe qué partido gobierna hoy la Argentina: “No sé si Kirchner es peronista, pero seguro que es chavista”, dice. -En su último libro, dice usted que Eva Perón es más conocida que su esposo… -Los peronistas post-Perón hicieron “evitismo” para no tener que hablar del pensamiento político de Perón. No es que fuera un pensamiento político unitario. Uno puede leer los discursos de De Gaulle y sacar un pensamiento político de coherencia extrema. Cada cosa que dice es una posición frente al mundo, frente a la Unión Soviética, frente a los Estados Unidos, frente a Francia como nación, etcétera. En Perón hay, por lo menos, dos discursos. -Al haber dos discursos, también hay dos vertientes dentro del movimiento… -Por eso es movimiento, no partido. -¿Es lo que quería Perón? -Perón se dejó inventar a partir de 1955. A la gente que iba a verlo a Madrid le decía que sí y le daba una palmada en la espalda. Y todo el mundo decía: “Lo que yo pienso es el peronismo de verdad, porque el general lo reconoció y me dio una palmada en la espalda”. De John William Cooke a López Rega. Es decir, todo el espectro posible, desde el marxismo radical y violento hasta el anticomunismo maccarthista y torturador. -¿Hasta qué punto el argentino exiliado en los años 70, como usted, se sintió marcado por el peronismo? -Marca la forma de vida en el exilio. Los chilenos se exiliaban y tenían un respaldo. Porque los socialistas chilenos iban a ver a los socialistas franceses y los comunistas chilenos iban a ver a los comunistas alemanes. Los que se iban de la Argentina estaban solos: no tenían un referente en ninguna parte del mundo. -Al argentino, de todos modos, suele costarle la identificación con otros latinoamericanos. -Están las dos cosas. Hay gente que se siente muy identificada con América latina y otra que no. Lo cierto es que en los años 76 y 77, tanto en Barcelona como en Madrid, nacieron las respectivas casas argentinas. No nació una casa chilena ni una casa del Uruguay. Son muy plurales esas casas argentinas. Hay desde socialistas hasta montoneros y tipos de trayectoria loca, como Zito Lema, que aparecen por allí y uno no sabe dónde encuadrarlos. Hay un ejercicio de solidaridad real mientras duró la dictadura. Desde 1982, cada argentino fue a su rincón. Hubo una ruptura seria con la Guerra de las Malvinas. Yo, que fui partidario obvio de la paz inmediata y sin condiciones, terminé encontrándome solo en una manifestación del 1° de Mayo, con los trotskistas ingleses; eran los únicos que reclamaban lo mismo que yo. Hubo amigos míos, con familia desaparecida, que iban al consulado a ofrecerse como voluntarios para las Malvinas. Tuve grandes problemas con ellos. Tenían un hermano desaparecido e iban a colaborar con Galtieri… -¿Cuesta explicar la Argentina en el exterior? -Hago lo que puedo. Primero hay que adaptarse al que pregunta cómo un pueblo tan talentoso puede ser tan pobre. Y hay que explicar que hay mala gente, mucha corrupción. Si uno se pone a explicarlo en otros términos, como por un fracaso del liberalismo, por los excesos proteccionistas o por una mala lectura de la historia argentina, se hace muy difícil. -¿Cómo ve el país de Kirchner? -No puedo separar a Kirchner del conjunto. Es decir, de Chávez, Lula y Lagos. Sobre todo, de Chávez. No sé si Kirchner es peronista, pero seguro que es chavista. El chavismo es una versión degradada, una pantomima, del peronismo. No sé qué hubiera hecho Perón con la televisión de hoy, pero dudo que tuviera el humor para hacer “Aló Presidente”. Para eso estaban Américo Barrios, Sojit, esa gente que hacía propaganda para él. -Son contextos diferentes… -Creo que hoy existe una política continental que viene determinada por el eje La Habana-Caracas y que tiene que ver con hechos objetivos. Primero, la pertenencia de Venezuela a la OPEP, que es lo que permite que en este momento se paseen por aquí representantes de la Liga Arabe en función de inversiones que no se habían dado en la vida. El chavismo tiene contactos muy directos con China. Y, más que ningún otro gobierno latinoamericano, hace una doble política respecto de los Estados Unidos, una oposición verbal constante hacia los Estados Unidos, que es su principal cliente. Los Estados Unidos hacen lo mismo y siguen comprándole petróleo; dicen que Chávez es un cabrón, pero no hacen nada por moverlo. -Quizás esperen que los otros se ocupen de ello. -No sé. Esto trae aparejado un discurso que no sé si Chávez se lo cree, pero que, en gran medida, Kirchner sí se lo cree. Es el discurso populista nacionalizador, lo de la empresa nacional de energía, para no tener que decir que en este país, con la excusa de las privatizaciones, lo que se hizo fue corrupción. El problema no consiste en privatizar los teléfonos o no, sino a quién se los vende y quién cobra. Si efectivamente lo recaudado llega a las arcas del Estado o si se queda en una cuenta en Bahamas a nombre del presidente de turno. -¿Algo de eso significa el lema “que se vayan todos”? -“Que se vayan todos” significa “que sólo se queden los peronistas”. Allá por el año 73, cuando acababa de llegar Perón, un amigo mío tomó un taxi. Al día siguiente cambiaban las tarifas. El taxista, como era de noche, le quería cobrar con la nueva tarifa. Mi amigo le dijo que no, que le pagaba lo que marcaba el reloj y que el resto se lo reclamara a Perón. El taxista se dio vuelta y le dijo: “¿Qué tiene que ver Perón con esto?”. Perón estaba más allá. “Que se vayan todos” no incluye a Perón y, consecuentemente, no incluye al peronismo. Dentro de lo mucho que mintió Menem hay algo que yo creo que es verdad, y es que él es peronista. Es peronista del plan B, el plan liberal de Perón. Hay una sucesión muy bien determinada desde 1952 con una agenda liberal en economía. -Si Menem es peronista plan B, ¿Kirchner es peronista plan A? -Kirchner es un paso atrás, hacia el peronismo corporativista del 45. Los años 70 son el reclamo de la vuelta al 45. Ni siquiera al 55, a Cooke: al 45, para ser peronistas “de verdad”. -¿De la Argentina uno emigra o huye? -Aquí la vida es más difícil. Es más difícil sobrevivir. Hay que hacer más esfuerzo para ganar dinero, para la subsistencia. Respecto del país, uno tiene la opción de vivir en un terreno neutral y convertirse de argentino en argentinólogo. Eso es empezar a ver las cosas desde cierta distancia y permite reducir la política y la historia. La historia es manejable; la política, no. En la política, uno participa o es víctima. Con la historia, el trato es otro, más higiénico y menos peligroso. Entonces, aun lo que está pasando, cuando uno está lejos, no deja de ser historia. -¿Y se participa de otro modo? -Sí, porque escribir un libro como el de Perón es participar. Antes hay otros tantos que han tratado la cuestión argentina: probablemente no lo hubiera escrito estando aquí. Entonces, ¿qué es la Argentina? Bueno, es una estantería en la que hay un montón de libros, una agenda, un e-mail y un trabajo de investigación. -Es también el país en el que no murieron muchos de los que hicieron su historia. -Desde Mariano Moreno, es salir del país y, además, te tiran al agua. -Perón murió en la Argentina, pero vivió muchos años en España. ¿Qué imagen dejó allí? -Depende de la gente. Hay un sector social del antifranquismo áspero, que no mira con simpatía a Perón porque, entre comillas, era amigo de Franco. Pero el sentimiento general es de mucha gratitud hacia él y hacia Evita. El taxista madrileño recuerda que Evita fue a llevar comida cuando ellos pasaban hambre. En España están los latinoamericanos, por un lado, y los argentinos y los cubanos, por el otro. Cuba porque era provincia española y sigue esa relación de privilegio, que también tenía Franco con Fidel Castro. Y la Argentina por lo que recordábamos y por la gran cantidad de emigrantes que llegaron a España en los años 70. También emigraron argentinos a Venezuela y a México, pero es otra historia. -¿Qué dejó Perón detrás de sí? -Básicamente, corrupción, porque el suyo ni siquiera llegó a ser un gobierno totalitario. En todo caso, porque el carácter de Perón no daba para eso. Quiso serlo, pero su talante político era tal que no podía. Cuando yo trabajaba en Clarín, se contaba algo que no sé si habrá sido cierto, pero que responde a la mitología del peronismo. Había un linotipista que, según la leyenda, se paraba todos los días a las siete de la mañana, con su hijo de la mano, en uno de los sitios por los que pasaba Perón cuando iba de la quinta de Olivos a la Casa Rosada. Hizo esto durante un largo invierno. Un día, Perón paró y le preguntó qué quería. Le dijo que quería una casa. Perón le regaló una casa. Eso le impedía a Perón ser totalitario: se paraba a hablar con la gente. -Si Kirchner representa el peronismo del 45 reciclado en los 70, ¿estamos cerca de un nuevo modelo de totalitarismo? -Sin duda. La característica común con el chavismo es lo que hoy los sociólogos llaman, generosamente, democracia autoritaria. Existe desde hace mucho. En una película de Visconti, “La caída de los dioses”, un personaje dice: “Se acercan las elecciones y tenemos que ganarlas para que sean las últimas”. Cuando uno puede elegir entre un candidato peronista y otro candidato peronista esto ya no es un sistema, sino un régimen modelo PRI [por el Partido Revolucionario Institucional, de México, en el poder durante 71 años]. Es lo que Zapatero quiere para el PSOE. No quiere más partidos que el socialista. Es lo que Felipe González decía cuando se refería a Franco: hablaba del régimen anterior. El de él también era un régimen.

Fuente: diario La Nación, Buenos Aires, 6 de agosto de 2005.

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