No olvidarse de Hiroshima y Nagasaki

Editorial del programa de radio en Horizonte (FM 99,5) del sábado 13 de agosto de 2005.

por Emilio Grande (h.)

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En estos días se cumplieron 60 años del lanzamiento de los bombas atómicas en las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki, causando la muerte de miles de personas inocentes y por las radiaciones las consecuencias fueron aún mayores. Estos ataques inhumanos fueron llevados adelante por el gobierno de Estados Unidos con el objetivo de buscar la rendición de Japón en el final de la Segunda Guerra Mundial. Mientras a lo largo y ancho del mundo se realizaron marchas en contra de lo que fue aquella masacre humana, todavía hoy los tripulantes de los aviones no están arrepentidos de lo que hicieron. Al respecto Paul Tibbets dijo que “no dudaría en volver a hacerlo” (lanzar la bomba). En una declaración conjunta, Tibbets, Morris Jeppson y Theo Van Kirk dijeron que “el presidente norteamericano Harry Truman no tenía más opción que utilizar la bomba”, así quisieron buscar una justificación. En la vereda de enfrente, Yoshie Kamioke, sobreviviente de Hiroshima y residente en Buenos Aires, señaló que “yo me acuerdo siempre. No puedo olvidar ese día (por el 6 de agosto de 1945)”. De aquel horror todavía le queda la piel lacerada en su brazo izquierdo donde sufrió la mayor parte de las quemaduras y la ausencia del pecho izquierdo, pero a decir verdad las huellas más profundas son aquellas que no se ven. En este caso como en cualquier guerra, su lógica es siempre el exterminio y algunos opinan como la muerte de la política, entendida esta como un ámbito donde se discuten en forma pacífica los proyectos en danza. En el Museo de la Paz de Nagasaki están los “cristos” de piedra degollados y las vírgenes partidas en dos, los arcángeles en ruinas y los san Francisco de Asís sin brazos y sin piernas, constituyendo los testimonios después de haber impactado el proyectil de plutonio de un metro y medio de ancho por tres metros 25 cm de largo y cuatro toneladas y media de peso en uno barrio donde vivían unos 25.000 católicos. El anterior papa Juan Pablo II no se cansó de repetir a los cuatro vientos que la guerra engendra una espiral de violencia y nunca se soluciona con otra guerra sino con las armas del diálogo entre las culturas y los sectores sociales, a pesar de las diferencias. Uno de los antídotos para contrarrestar la violencia es la música. Por estos días el director argentino-israelí Daniel Barenboim dio muestra de ello y llevó a Buenos Aires una orquesta integrada por palestinos y judíos: hay que convivir con paz en medio de la diversidad…

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