Muerte de Alfonsín: evocación de un ministerio singular

Fue capellán durante la presidencia del Raúl Alfonsín. “Experimenté, junto a los hermanos sacerdotes también invitados, que el Señor nos estaba dando una nueva oportunidad de percibir lo fugaz y relativo de muchos logros mundanos y de volver a convencernos de que lo que realmente vale en la vida es la conciencia de haber vivido rectamente, con honestidad, austeridad y coherencia, y con pasión por las propias convicciones”, dice el obispo diocesano.

Por Carlos María Franzini (obispo de Rafaela)

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La discreta y piadosa partida del Dr. Alfonsín hacia la Casa del Padre, como así también la impresionante adhesión popular a sus exequias, me han hecho reflexionar y recordar algunos momentos compartidos con él y que siento la necesidad de hacer públicos para honrar su memoria y enriquecer el legado que nos deja a los argentinos. Corría el año 1985. Después de más de un año de instalado el gobierno democrático la Santa Sede solicitó al Obispo de San Isidro, a través del Nuncio Apostólico, que dicha diócesis retomara la capellanía de la residencia presidencial de Olivos que -aún estando dentro de esa jurisdicción eclesiástica- era atendida desde hacía varios años por el entonces Vicariato Castrense. Así fue como mi obispo, Mons. Casaretto, me nombró Capellán de la residencia presidencial. El servicio consistía en la celebración de la misa dominical y alguna otra celebración en fechas especiales. Este singular ministerio me permitió encontrarme semanalmente con el Dr. Alfonsín, su esposa y algunos familiares cercanos que lo acompañaban con frecuencia. A la misa, celebrada en la Capilla de la residencia, asistían también algunos colaboradores directos del Presidente, unos pocos empleados de la residencia, algunos Granaderos de la custodia presidencial y ocasionales visitantes del Presidente. En más de una oportunidad interrumpía audiencias e invitaba a su ocasional visitante a participar de la celebración. Puedo decir que durante esos años prácticamente todos los domingos en que se encontraba en casa el Dr. Alfonsín participó con genuina unción y profundo respeto de las celebraciones. Incluso en uno de los varios levantamientos de los “carapintadas” me pidió que me trasladara a la Casa Rosada para celebrar la misa ya que ese domingo había permanecido allí por la difícil situación que atravesaba la República. Concelebramos esa misa con el P. Fernando Storni, sj, y sólo asistieron el Presidente, su edecán aeronáutico y el vocero presidencial, José Ignacio López. Tanto más valiosa la participación en estas misas dominicales cuanto discreta y poco “mediática”, sobre todo en tiempos en los que aún lo religioso puede ser utilizado para los propios intereses. Eramos sólo unos pocos los que sabíamos de esta asidua práctica religiosa. Recuerdo que en una conversación me confió tener poca fe y mucho respeto. Los años transcurridos (y su piadosa muerte) me han convencido que probablemente tuviera más fe de la que él mismo reconocía en ese entonces. Fe que había recibido de su madre y de su familia “grande” y que se había encarnado en él en muchos valores que la expresan y manifiestan, aún sin aparecer primariamente como religiosos. Con alguna frecuencia el Dr. Alfonsín me invitaba al terminar la celebración de la misa a compartir un café y mantener diálogos que aún recuerdo. Pudimos conversar en los momentos de mayor apogeo y también en los duros meses de finalización de su mandato. Siempre admiré en una u otra circunstancia su pasión por lo que consideraba el bien de la República y la firmeza de sus convicciones, aunque no siempre yo coincidiera con sus puntos de vista. No puedo dejar de reconocer la grandeza de espíritu de quien, con sus años y experiencia, era capaz de escuchar a quien en ese momento no era más que un joven sacerdote que no tenía más “título” que la misma pasión compartida y la sinceridad y franqueza para plantear los propios puntos de vista. La grandeza de las personas se mide por su capacidad de acoger y de hacerse “pequeños” para recibir de todos, aún de los aparentemente insignificantes. Guardo en mi recuerdo, en este sentido, conversaciones tenidas sobre la oportunidad de la reelección presidencial, su perplejidad ante la discusión sobre la ley de divorcio vincular, algunos desencuentros con autoridades eclesiásticas.Siempre atento y respetuoso del parecer de los demás, aunque firme y convencido de sus propios criterios. Más allá del condicionamiento de experiencias negativas en sus años juveniles y de la formación recibida en sus años de estudiante universitario, el Dr. Alfonsín sabía reconocer y apreciar el lugar y el servicio que la Iglesia puede prestar a la sociedad. Ya he señalado la influencia testimonial en este sentido de su madre y de varios familiares cercanos. En un ambiente marcadamente “laicista”, que pretendería reducir lo religioso a la esfera meramente íntima y privada, siempre me impresionó su disposición a valorar y alentar el aporte de la Comunidad Cristiana en la construcción del bien común de la Patria. La visita a la Argentina de Juan Pablo II en el año 1987 la vivió con notable entusiasmo, intuyo que por razones que trascendían lo meramente político. No sólo sentía un enorme agradecimiento al Papa que había evitado la guerra entre argentinos y chilenos sino que también admiraba su luminosa enseñanza sobre la vida de los hombres y de los pueblos. Además, en el orden local, varias veces le escuché hacer referencia al papel que le cupo a la Iglesia en la restauración de la democracia de nuestro país, destacando la valiosa enseñanza del documento del Episcopado Argentino “Iglesia y Comunidad Nacional”, del cual muchas páginas guardan aún una notable actualidad. Otra faceta que pude apreciar desde mi singular ministerio fue el arraigado sentido de familia que caracterizaba su vida cotidiana. Alguna vez le escuché valorar la gran tarea educadora de sus seis hijos que le cupo a su esposa, supliendo a menudo sus ausencias debidas a las exigencias de la militancia política. No obstante recuerdo las simpáticas reuniones familiares en los almuerzos dominicales, posteriores a la celebración de la misa, de las que participaba con frecuencia, junto a hijos y nietos, tíos, hermanos y algún otro invitado. Tengo especialmente grabada en mi memoria la mesa compartida el último domingo que toda la familia se reunió a almorzar en la Quinta Presidencial. Momentos de gran intensidad y sentimientos de frustración, mitigados por la cálida y consoladora cercanía de los que más se quiere. Una nueva constatación del lugar irreemplazable de la familia en la vida del hombre, aún de las grandes personalidades. Finalmente quiero mencionar lo que considero uno de los momentos más intensos de mi vida ministerial vividos en aquellos años. Aquel domingo recién mencionado, antes de retirarme el Dr. Alfonsín me invitó a acompañarlo en lo que sería su último almuerzo en la residencia presidencial, el día anterior a la entrega del mando. Me pidió, además, que invite a compartir la mesa ese día a varios sacerdotes que durante esos años me habían suplido en distintas oportunidades. Ya no era el líder renovador que había conmovido a multitudes pocos años antes; tampoco muchos, en esos tiempos, querían estar cerca suyo. Sólo unos pocos colaboradores leales seguían a su lado. Experimenté, junto a los hermanos sacerdotes también invitados, que el Señor nos estaba dando una nueva oportunidad de percibir lo fugaz y relativo de muchos logros mundanos y de volver a convencernos de que lo que realmente vale en la vida es la conciencia de haber vivido rectamente, con honestidad, austeridad y coherencia, y con pasión por las propias convicciones. Quizás esta misma percepción sea la que movió a tantos y tantas a acercarse a despedirlo en la misa exequial y en su marcha hacia la sepultura.

El autor es Obispo de Rafaela.

Fuente: diario La Opinión, Rafaela, 5 de abril de 2009,

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