Por Adán Costa.- Mientras gran parte de la clase media argentina que se sienta todos los días cómodamente en sus poltronas a asistir a búsquedas de tesoros patagónicos para calmar sus conciencias zaheridas, esa misma clase media es la que en la década del cuarenta del siglo pasado pudo conformarse como tal gracias a los movimientos nacionales y populares que galvanizaron el trabajo con derechos sociales, un hecho singular en una Latinoamérica atravesada por el fuego de la moldura de la División Internacional del Trabajo pensada por los intereses de las potencias globales del siglo XIX. Los ingresos de los trabajadores hacia la mitad de la década de los setentas, alcanzaron a ocupar el 50 % de la distribución total de los ingresos en su relación con los capitales. Hoy se celebra el Día internacional del Trabajador evocando el hecho de una gran protesta obrera ocurrida en 1.886 que clamó por una reducción de la jornada horaria de 16 horas la mitad. Hacia fines del siglo XIX era natural que la jornada de trabajo fabril fuere de 16 horas, y la organización del movimiento obrero, su lucha y sus mártires pusieron sus límites a condiciones de trabajo cuasi-esclavo. Supieron romper el molde. Una curiosidad que pone luz sobre los que siempre ganan: los países del mundo anglosajón no celebran los días de los trabajadores como aquí lo hacemos, sólo festejan el día del Trabajo (Labor Day). Otra moldura de los poderosos. Celebran la riqueza pero esconden a quienes la generamos, los trabajadores. La Argentina en estos últimos cuatro meses perdió 140.000 trabajadores. 140.000 razones suficientes para poner en el eje de la escena pública las prioridades de la sociedad. Si se celebra la lucha en la estructuración de la sociedad sobre la base de la organización del trabajo con derechos, existen grandes dramas aún sin resolver. Unos urgentes y otros estructurales. El urgente, acuciante, el de los trabajadores despedidos. Los estructurales, el de los trabajadores informales, los de los trabajadores en situación de trata laboral y los trabajadores de la economía popular. Otra moldura como consecuencia una cultura basada en la economía de los capitales por sobre la del trabajo. Hoy la Argentina tiene más del 33 % de sus trabajadores en el trabajo informal. Los trabajadores informales son todos aquellos que teniendo una relación de empleo que no realizan aportes a la seguridad social y no se rigen por la legislación laboral vigente. Para esta situación se manejan distintas causas. Algunas de ellas son: la no-declaración de los empleos o de los asalariados; empleos ocasionales o empleos de limitada duración; empleos con un horario o un salario inferior al mínimo, o empleos a los cuales el reglamento laboral no se aplica o no se hace cumplir. A esa cuenta necesariamente hay que sumar a un sector de trabajadores que la sociedad suele invisibilizar: los trabajadores de la economía popular, que no tienen una relación de empleo, y trabajan en la cuenta-propia, entre otros, los albañiles, costureras, los cartoneros, los recicladores, los cuidadores de autos, los artesanos. En general todo ese trabajo creado por el mismo trabajador y que por lo general realiza actividades que el resto de la sociedad desdeña y extravía de su memoria colectiva. Se ha dicho, con razón, la falta de trabajo es un crimen que nadie paga. Estas son las cosas que también debemos evocar cuando hacemos la pausa para pensar en los días de los trabajadores y disfrutamos del propio trabajo. Trabajadores sin trabajo. Trabajadores en la trata laboral. Trabajadores informales. Trabajadores de la economía popular. Hacerlo, no como mero relato, sino como compromiso en lo diario, es romper las molduras que nos propone la cultura. Jaime Roos en una sus letras dice con claridad: “….el hombre de la calle dice no te aguanto más en medio del discurso corre bruscamente el día…”. Sepamos correr el dial de la información recurrente, y ponerlo sobre sus ejes.

El autor es abogado del foro de la ciudad de Santa y docente universitario.

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