Por Adán Costa.- Manuel Belgrano tenía la voz aterciopelada, útil para ejercer el derecho aprendido en la universidad de Salamanca, pero absolutamente contraindicada para el arte de la guerra y del mando a hierro y metralla. No obstante, jamás le faltaron convicciones como para desobedecer a Buenos Aires y demostrar suma gallardía ante los monárquicos en las batallas de la ciudadela de Tucumán en setiembre de 1812 y en Salta en febrero de 1813. Ya antes había desobedecido a los burócratas de la porteñitud, plantando el color celeste y blanco en las barrancas de la Villa del Rosario el 27 de febrero de 1812 y luego jurarla en la catedral jujeña el 25 de mayo de 1812. Aún sigue en la querella histórica si los colores elegidos para la bandera nacional derivan del cielo o de los mismos reyes borbónicos. Martín Miguel de Güemes, gangoso y hemofílico, poseía la elocuencia de los fogones. Las limitaciones de su cuerpo (o quizá a causa de ellas) jamás le impidieron edificarse en uno de los líderes populares con mayor ascendente en el norte argentino, cuando Salta no era Norte, ni argentino, sino, más bien un colonial confín alto peruano. Manuel, sólido abogado y brillante economista, desconfiaba de la riqueza fácil que prometía la ganadería, en un país que en los albores del siglo XIX ya proliferaba en cabezas de ganado. Aquélla trabajo a muy pocas personas, no desarrollaba la inventiva, desalentaba el crecimiento de la población y concentraba la riqueza en pocas manos. Su determinación era el fomento de la agricultura y de la industria, por el altísimo poder de redistribución de la riqueza y el desarrollo de los pueblos. Y del conocimiento, que lo ligaba a la posibilidad de que las naciones puedan comprenderse a sí mismas. Por eso construyó escuelas con sus sueldos militares en el Norte. Pensó en la igualdad entre varones y mujeres, pensó en el cuidado de la Naturaleza, el respeto por los indígenas. El espacio geográfico, natural y cultural donde mayor sangre se derramó en las guerras de la independencia fue en ese territorio que recibiera el nombre del “Alto Perú” (antiguas dependencias virreinales de Cochabamba, Chuquisaca, La Paz, Potosí y Puno), que hoy forma parte de los territorios de Bolivia y las provincias argentinas de Salta y Jujuy. Allí fue el encuentro más cruento entre los monárquicos españoles que pujaban desde el norte sofocar la rebelión del puerto de Buenos Aires y los porteños que quería llegar a Lima desde el sur. Hacia allí partieron Castelli y Monteagudo primero, luego Belgrano y otros. Fue crucial para los fines de la patria la decisiva “guerra de guerrillas o de recursos”, de la caudilla altoperuana Juana Azurduy y Martín Miguel de Güemes y sus montoneras, que actuaron de tapón de la avanzada realista entre 1815 y 1822, central para asegurar el plan continental de San Martín de llegar a Lima por el mar, cruzando previamente los Andes y liberar Chile. Dijo San Martín sobre Güemes y sus gauchos infernales: “…Los gauchos de Salta solos están haciendo al enemigo una guerra de recursos tan terrible que lo han obligado a desprenderse de una división con el solo objeto de extraer mulas y ganado…”. De no haber existido Güemes, los planes de emancipación hubieran naufragado o postergado, pero esto no fue en absoluto gratuito para el norte argentino, como prueba de ello el propio Güemes le relataba a Belgrano en 1819: “…Esta provincia no me representa más que un semblante de miseria, de lágrimas y de agonías. La nación sabe cuántos y cuán grandes sacrificios tienen hechos la provincia de Salta en defensa de su idolatrada libertad y que a costa de fatigas y de sangre ha logrado que los demás pueblos hermanos conserven el precio de su seguridad y sosiego; pues en premio de tanto heroísmo exige la gratitud que emulamos de unos sentimientos patrióticos contribuyan con sus auxilios a remediar su aflicción y su miseria…”. Manuel y Martín dieron sus vidas por la causa, y encontraron en el Norte la gravitación de sus mayores esfuerzos y de sus ideas de libertad e igualdad. Ambos habían nacido en seno de familias ricas y pudientes, uno hijo de la Salta colonial y otro de estirpe comerciantes italianos, pero murieron empobrecidos o con sus patrimonios hipotecados en las causas de la patria. De alguna manera se rebelaron ante lo que la tradición familiar esperaba de ellos. Ambos murieron en junio, casi con año de diferencia. Manuel, con la sola compañía de su médico en Buenos Aires, el 20 de junio de 1820 (el día de la cesación del poder directorial argentino o de los “tres gobernadores”) y Martín en la Cañada de la Horqueta, Salta, el 17 de junio de 1821 luego de una desgarradora agonía. Las voces de Belgrano, Güemes, San Martín, Artigas, Juana Azurduy, Dorrego, Andrés Guacurarí, entre las más reconocidas, fueron casi solitarias cuando les tocó actuar, a pesar de que luego de ellos se habló mucho de sus marmóreos logros militares, escondiendo en todos esos casos su pensamiento político o económico. Ensayaron una idea de patria más allá de independencia política de otros países, sino, sobre todo, una idea de patria basada en una sociedad más justa, igualitaria y distributiva, impugnando una sociedad desigual existente, que concentra las riquezas en pocas manos y miseria en las de muchos. Ese es su legado más robusto, que hoy seguimos honrando.

20 de junio de 2016. El autor es abogado y docente santafesino.

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