Malvinas y el interés nacional

Por Por Rodolfo Zehnder.- Una cierta sensación de desánimo invade cuando arriban las fechas simbólicas: 2 de abril, 10 de junio. Desánimo porque se advierte en gran parte de la población (principalmente entre los jóvenes) una mueca de indiferencia, cuando no de fastidio. El proceso de desmalvinización (léase, no internalizar el tema) iniciado luego de la guerra, en realidad no se ha detenido. Cuesta instalar el tema, quizá en cierta medida (por parte de algunos) por ese mecanismo psicológico de la “negación”: me niego hablar (y recordar) de un tema que me duele, que me mortifica, que me entristece y me frustra: la derrota militar y el creciente presentimiento de que no se logrará recuperar las islas. O pura y simplemente porque la lucha cotidiana por sobrevivir aplaca cualquier idea mayor: San Juan Pablo II había señalado, como una de las características de nuestra época posmoderna, la “sofocación de ideales superiores”, los que van más allá de la atención de las necesidades humanas básicas. Tal actitud, comprensible aunque digna de ser evitada, no está exenta de peligros. Lo peor que podría ocurrirle al tema Malvinas es que se deje de hablar de ello, y se deje de trabajar para lograr la ansiada recuperación. Está claro que ningún gobierno osará dejar de reclamar por nuestros derechos, pero el énfasis o el trabajo efectivo en pos de lograrlo puede variar sensiblemente según el orden de prioridades que cada administración se fije. Como siempre ocurre en nuestro país, el árbol tapa el bosque; lo urgente prima sobre lo necesario; la realidad cotidiana con su inevitable inmediatez se constituye en un absoluto. Como decía el Papa Francisco en la Evangelii Gaudium, vivimos en tensión entre la coyuntura del momento y la luz del tiempo, del horizonte mayor, de la utopía; pero optamos por privilegiar los espacios concretos de poder en lugar de los tiempos (siempre largos y fatigosos) de los procesos. A modo de ejemplo, basta recordar que la brillante idea del traslado de la capital (podemos discutir si lo más conveniente era Viedma) naufragó por necesidad de atender asuntos que exigían una inmediata atención; sin perjuicio de que tampoco existió una firme y férrea voluntad por parte de toda la sociedad civil en acompañar tal idea. Es que allí radica la cuestión. Una nación es incapaz de lograr objetivos si no existe una férrea voluntad y convicción en todos sus actores (gobierno y ciudadanía en general) de que el logro de los mismos merece un primer lugar. Y entonces el problema es grave, cuando no insoluble. Sin perjuicio de que determinadas administraciones gubernamentales trabajen en pos de determinado objetivo, si ello no va acompañado por la sociedad civil, es muy difícil obtener su consecución. De allí que poner en agenda temas como el de Malvinas es una tarea necesaria, y de todos los días, en tanto se advierta, prima facie, su importancia. Para ello bastaría con reseñar las enormes ventajas que la recuperación de esos territorios implicarían para Argentina: la posibilidad de explotación de enormes recursos naturales, la importancia estratégica derivada del control del Atlántico Sur y del acceso a la Antártida, entre otros. En un mundo cuya lógica es el reparto de escenarios de poder y de una confrontación cada vez más severa pro el acceso a los bienes cada vez más escasos, el desperdicio que significa regalar ese espacio sólo puede reputarse de casi suicida. La historia ha demostrado cómo en algunos momentos hemos apreciado el valor del espacio territorial, y cómo a menudo lo hemos despreciado. Grandes porciones de la hoy provincia de Buenos Aires y yendo hacia el sur abarcando toda la Patagonia, no hubieran pertenecido a nuestro país si nuestros antepasados no hubieran internalizado el “gobernar es poblar” de Alberdi; aún con los grandes y evitables errores cometidos en tal ocupación del espacio, y si no que lo digan los pueblos originarios. Por otro lado, fuerza es admitir que la mentalidad de munícipes y no de estadistas, afincados en el poder porteño y sus prebendas, fue una de las responsables del desmembramiento de aquella lúcida creación geopolítica que fue el Virreinato del Río de la Plata, desgarrado entre varios Estados más o menos dotados de la factibilidad histórica de supervivencia; que, aunque la tengan, cuanto más podrían lograr si se hubiera mantenido tal genial concepción geopolítica, geocultural y geohistórica. Está claro, empero, que “no sólo de pan vive el hombre”. Ya en anteriores oportunidades (vid mi artículo “El hombre económico”, publicado en el diario La Opinión de Rafaela) reflexionábamos sobre el velo economicista que envuelve en general al argentino de esta época, al punto de convertirlo en un factor prácticamente excluyente de cualquier otro. El criterio económico es la vara que mide todas las cosas, y su absolutización no hizo más que poner en crisis la propia dignidad de las personas y de los pueblos. Pero ocurre que una Nación se nutre de, y se construye con, amén de los aspectos materiales, de elementos espirituales, no mensurables matemáticamente. Por eso, es bueno plantearse utopías, ésas que también la posmodernidad ha pretendido eliminar; quimeras; sueños; ideales; objetivos a largo plazo y de largo alcance, teniendo en vista un modelo de país al cual llegar, que inciten al trabajo fecundo en orden a lograrlos. No se construye el futuro pensando y actuando sólo en lo inmediato. El recurso a “abordemos primero estos problemas actuales y luego pensemos en los problemas de fondo” es engañoso, y hasta infantil: nunca se darán en la vida las condiciones “ideales”, y tal postergación sólo encierra la incapacidad de (sin descuidar lo inmediato) elevar la mirada, mirar a lo lejos. Después de todo, ésa es la visión del “estadista”: el que es capaz de avizorar un futuro y actuar en consecuencia. ¿Han abundado los “estadistas” en nuestra historia? ¿O sólo fue jalonada por simples administradores (y además ineficaces) de lo urgente? Bastaría internalizar la exhortación de San Martín a los congresales de 1816 para que declaren de una buena vez la independencia: “Ánimo, que para los hombres de coraje se han hecho las empresas”. La idea de construir la Nación es de enorme envergadura, y para eso se necesitan coraje y honestidad, anhelo y perseverancia, un fiel derrotero y buen timonel: una clase dirigente a la altura de los tiempos.
Malvinas constituye uno de esos sueños inacabados. Por eso, los 10 de junio no se celebran: son fechas que nos conmueven, porque está el pasado hiriente y el futuro posible envueltos en ellas, interpelándonos.

El autor es miembro de la Asociación Argentina de Derecho Internacional, del Consejo Argentino de Relaciones Internacionales, y del Centro de Estudios Internacionales-Observatorio Malvinas, de la Universidad Católica de Santiago del Estero.

Compartir:

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *