Llega a su fin el año santo extraordinario de la misericordia

Por Luis Fernández.- Queridos hermanos, el domingo de Cristo Rey del Universo, concluye el Año de la Misericordia, en el cual, el , caminó entre nosotros y nos dio tantas alegrías y bondades, que han colmado nuestras expectativas, solo les recuerdo, la Beatificación en Santiago del Estero de esa mujer tan integra y llena del amor de Dios, conocida en la argentina como <mamá Antula>, como la llamaban los originarios de esta tierra bendita, y todos llevamos en el corazón la reciente proclamación para el mundo entero, del querido Santo “Cura Brochero”, tan cercano a nuestra provincia de Santa Fe y mucho más a nuestro , seguidores de la Cruz de Jesús y de la Virgencita de Guadalupe. Por eso deseo hacerles llegar estos pensamientos de aliento y esperanza, que son hoy día, tan urgentes y necesarios para llegar al fin del año, superando angustias por las inundaciones, desalientos por el aumento de la pobreza y la herida que no termina de cicatrizar de hacer unas patria más reconciliada entre todos. La Navidad cercana, contribuirá a entrar en ese clima de las fiestas que ya se anuncian desde lo comercial. Decirles antes que nada, que en este año Santo, Dios en su , nos ha sorprendido, con lo más , que es su ternura, su cercanía y su bondad de Padre, ayudando a , destrabando miedos y una vida complicada por las tensiones que experimentamos diariamente. La presencia en medio nuestro del amor misericordioso a lo largo del año, nos ha repetido en el consciente y en el inconsciente, que Dios nos quiere, nos ama, nos elige, y nos llama, invitándonos a una vida plena y feliz. Por eso no podemos callar lo que hemos vivido y lo bueno que es compartirlo, porque también sabemos, lo que reclaman hoy nuestras vidas, a veces: agotadas, cansadas y defraudadas de tantas promesas, tentadas de bajar los brazos ante el avance del mal, de la mentira y la violencia. Haber vivido la cercanía del amor de Dios, que no se cansa de perdonar, de mostrarnos su paciencia, que no abandona cuando las cosas se ponen difíciles, y menos aún olvida o condena, sino que como dice el Papa Francisco, nos , viviendo a nuestro lado, haciéndose uno de nosotros en Cristo, y caminando junto a su Pueblo, por quien da la vida. Hemos palpado a lo largo del Año, las . Llenos de asombro, cuando en nuestros Templos, las puertas abiertas de la misericordia, mostraban a tantas mujeres, hombres, niños, jóvenes y ancianos, que se acercaban a rezar, vimos crecer la espiritualidad, darle lugar a la vida interior y no solo vivir del estudiar, del trabajo, del deporte y del comprar y del tener. Las Fiestas de los Pueblos y sus Santos Patronos, celebrados con respeto y devoción, con sus peregrinaciones y devociones, la gente no dejó de expresar su religiosidad y necesidad de apertura a lo trascendente. Religiosidad que lleva a la gente, a no perder la actitud fundamental del , a volcar una súplica confiada al Padre Misericordioso, para que los ayude a no perder la paciencia, a seguir creyendo que hay más felicidad en el dar que en el recibir, para que el pobre no sea excluido, no sea desechado u olvidado, por eso se busca vivir como hermanos, por más que las noticias nos quieran hacer creer, que no tiene sentido el ser bueno, el vivir en la verdad y la honestidad, con alegría y sencillez de corazón. El Año Santo, nos ha movido a no hacer dramática la vida, sino a afrontar los problemas como desafíos, a no hacer de la vida una tele-novela que adormece y evade, sino a asumir con responsabilidad, entusiasmo y alegría, comprometiéndonos a vivir con autenticidad y construyendo entre todos un mundo más humano y misericordioso, venciendo en nosotros el ansia de poder, de violencia, sabiendo soportar a las personas molestas, que nos pueden alejar de una vida serena y en paz. Vamos aprendiendo a saber escuchar más, ofrecer nuestros sufrimientos como Jesús, no perdiendo la cordialidad, pacientes ante los reclamos y exigencias de amigos y familiares. Vamos aprendiendo que muchas veces el silencio enseña más que mil palabras y una caricia o abrazo, es más fuerte que el rigor de la ley fría sin fundamentos, que el perdón a quien nos ha ofendido, es más perfecto, que el reclamo que se hace desde la venganza y humillación de quien cometió el delito. La Misericordia y ternura de Dios nos enseñan a sufrir los defectos de los hermanos, por eso que bueno cuando se llega a entender, que lo primero no tendría que ser el juzgarnos y el prejuicio, mirando los defectos de los demás, sino el ponernos en el lugar del otro, y hasta llegar a perdonarnos, y como hizo Jesús en la Cruz, con quienes lo estaban Crucificando. Si corregirnos que nos hace bien, pero no sintiéndonos más que los demás, sino como se mira a un hijo, con amor y dulzura. El año de la Misericordia nos ha enseñado a ser más coherentes, entre lo que pensamos y hacemos, saliendo de toda hipocresía, superando nuestras mediocridades, asumiendo con humildad las fragilidades que todos tenemos, y que asumidas con humildad se convierten en pasos de maduración, que nos ayudan a no quedarnos encerrados en nuestros individualismos o torpezas del pecado, que nos llevan hasta perder las ganas de vivir, sabiendo que la vida de verdad en un llamado a una plenitud, a una perfección sin fin, porque es la participación en la misma vida del amor de Dios, por eso el grito que nace en lo más profundo del alma, el deseo del encuentro, de la comunión, con todas las mujeres y hombres, sin discriminar, razas, religiones, culturas, sin ser miserables, porque nos perdemos la cultura del encuentro, la hermosura de la vida y la bella experiencia de la Misericordia de Dios. La tibieza, no ser fríos ni calientes, el conformarnos con lo que tenemos y somos, es como querer , como bajar los brazos, sentir y creer que no hay más nada que hacer, que todo da igual, en la vida, en la fe religiosa, en la familia, en el país o en el mundo, en el barrio, en el trabajo, en el pueblo o en la ciudad, es la paz de los cementerios. En cambio el año de la misericordia nos ha recordado, que vale la pena haber nacido, creer en la vida, proyectar, caminar con confianza y esperanza es darle color a la vida, como decía la canción. Que bien nos ha venido este año Santo, recordándonos las Obras de Misericordia: no ser violentos, que los nervios y tensiones no nos aplasten ni enfermen o dominen. Sentirnos amados, viviendo en libertad, ayudándonos y de la mano de quienes tenemos al lado. La misericordia, el amor de Dios vive entre nosotros, se hace presente en cada eucaristía, en cada Templo e Iglesia, se hace presente y está vivo en nuestros corazones. La misericordia de Dios vive en la , en los pueblos, en los campos, en nuestras colonias, vive en los niños, en cada familia, en cada pobre y enfermo, en el preso que visito. Él se hace presente, en la docente, en el ama de casa, en la enfermera y en el empresario, vive y juega en el deporte y se alegra con nuestras canciones y bailes, le duele la injusticia y no tolera a los corruptos, que se llevan la plata que necesitan los pobres. Se pone en la persona del otro, en especial del que sufre. Quiere dar vida plena siempre, no cierra fronteras y anhela que el hombre no haga más guerras. Cierra grietas y riega la tierra con el sudor de su frente. Gime por una nueva humanidad, por la que Su Hijo Jesús dio la vida. La Virgen de Guadalupe, mujer embarazada, nos abre a la esperanza con ese hijo que está por nacer, porque se acerca la Navidad. Ella es la dulce espera, que llena todos los tiempos. Gracias.

18 de Noviembre de 2016. El autor es obispo de la diócesis de Rafaela.

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