La visita del Papa a Camerún profundiza en la identidad cristiana

Habla Mario Brandi, misionero oblato de María Inmaculada en Camerún.

Por Nieves San Martín

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YAUNDÉ, lunes 16 de marzo de 2009 (ZENIT.org).- Camerún se prepara a recibir a Benedicto XVI. La Iglesia que este martes le recibe es fruto de la evangelización de los misioneros. Hoy hemos querido hablar con uno de ellos. Es Mario Brandi, un misionero oblato de María Inmaculada, que ha dado su vida a este país africano y nos acoge en la sede de su congregación en Yaundé. Por una feliz coincidencia, el día que ZENIT lo ha entrevistado, este domingo, celebraba 34 años de su llegada a Camerún.

Es religioso oblato desde 1966 y proviene de Calabria, sur de Italia. Un “simpatiquísimo” religioso oblato de María Inmaculada le llamó la atención y sintió la vocación misionera. Se embarcó para Camerún, tras los estudios, y prácticamente ha pasado su vida religiosa aquí, menos algún intermedio en Canadá y en Italia.

–Hoy es un día importante en muchos sentidos ¿No?

–Mario Brandi: Sí, sobre todo en el sentido de la misión y del don que he recibido durante 34 años en Camerún.

Mi mayor experiencia proviene de Mokoló, en el norte del país. Es un pueblo de montañeses y, como todos los montañeses del mundo, amantes de las tradiciones, gente sólida, incluso digamos social y humanamente sana. Al menos en la época en que yo estaba allí. Encontré una Iglesia muy viva, había llegado ya el gran impulso del postconcilio. Llegué el 15 de marzo de 1975 y prácticamente lo más importante de la evangelización allí se hizo al hilo del Concilio Vaticano II. Antes y, sobre todo, después. Y, por tanto con un enfoque diverso. Basta recorrer un poco Camerún y se ve una diferencia visible en cuanto a la Iglesia.

He vivido entre los mafá, el pueblo de los montañeses, que es la etnia más numerosa en el norte. En aquella época empezaban a llegar también muchos sacerdotes “fidei donum”, enviados por las diócesis, y por tanto había una gran riqueza, y luego muchos laicos. Esta ha sido una de las características de nuestra diócesis. Cada año venían unos treinta y se quedaban unos años, tanto enviados por su países para la cooperación, como empeñados en proyectos de desarrollo, en la agricultura, en la educación, en la salud.

Y la característica de esa Iglesia es que está muy comprometida a nivel humano. Es nuestro lema: ayudarnos a levantarnos como hombres, como personas, porque este es en el fondo el mensaje de Jesucristo. Por tanto fe y desarrollo han sido los dos pies de nuestra Iglesia. Ha sido una bella experiencia. El mayor esfuerzo, que continúa hoy, fue la formación de los laicos. Y esto, quizá, retardó el surgimiento de vocaciones de sacerdotes autóctonos en esa zona del país. El primero, oblato, fue ordenado a finales de los años 80.

Otra bonita experiencia fue el aspecto internacional. La misión era llevada adelante por el conjunto del equipo apostólico. Cuando vino el superior a presentar al párroco, yo le dije el párroco no lo es todo. Están las religiosas, están los laicos responsables de los diversos sectores, y por tanto hay que presentar a todo el equipo apostólico. Y esto se manifestaba incluso en la programación pastoral. Hablo de cuando estuve allí hace quince años. Ahora he oído que la influencia del sur y del centro-sur se hace sentir. ¿Qué quiere decir? Que es una Iglesia que confía más en obras de estructura visibles que en la formación, la evangelización, en líneas generales. Creo que es la tentación de toda religión.

En el norte, las realidades cristiana y musulmana son más o menos numéricamente equivalentes y, por fortuna, coexisten pacíficamente aunque al mismo tiempo hay una confrontación. Un líder musulmán, amigo, decía: “En la misa, los domingos, fuera, hay alguna bicicleta, alguna moto, uno o dos coches. El viernes, en torno a la mezquita, hay ‘mercedes’, grandes coches de marcas caras. Así que nuestro Dios es el bueno, no el vuestro. Porque el nuestro nos hace progresar… nuestra religión es la verdadera”. Existe un cierto antagonismo entre minarete y campanario… para ver cuál es más alto.

–¿El hecho de ser personas de distintos países hace vivir más el sentido de universalidad de la Iglesia?

–Sí, la dimensión católica, en su sentido más verdadero. Y una Iglesia abierta a todos, que acoge la diversidad. La Iglesia del norte ha sido construida, en sus aspectos más importantes, después del Concilio. Por tanto, existe esta postura de acogida y de respeto de las tradiciones. Y ya existía antes. El misionero que me acogió allí, que había llegado a principios de los años sesenta, me contaba que pasaban mañanas enteras estudiando las costumbres y las tradiciones de la gente para ver sobre qué terreno sembrar la Palabra. Era una postura de respeto, de acogida de los valores, en el sentido de la enculturación de la fe. Desde entonces, se daba más importancia a la evangelización que al culto, y también a la formación de los laicos. Y luego se han visto los frutos.

–Hoy hemos coincidido en este lugar con un grupo de jóvenes que se han reunido para discernir la vocación. Uno de los puntos fuertes de la iglesia en Camerún son las vocaciones. ¿Esto presenta algún desafío a la Iglesia camerunesa?

–En sí es un hecho positivo con la condición de que no se considere sólo el número. Que no se diga: estamos bien porque hay muchos. Ese sería un peligro para nosotros. Porque se corre el riesgo del “funcionariado”.

–Pienso también que la Iglesia pueda ser vista sólo como una oportunidad de desarrollo humano.

–Sí, sí. Cuando se ve aquí el horizonte de los jóvenes, está bastante cerrado. En la universidad de Ngaoundéré hay quince mil estudiantes. Todos aspiran a tener un título. ¿Y luego? Un gran punto de interrogación. Entonces el status, digamos de la vida religiosa o del sacerdocio puede tentar. Como podía suceder en Europa en los años cincuenta, que los seminarios estaban llenos. Es el mismo fenómeno que un poco se reproduce. Y ahí es muy importante el discernimiento y la formación.

–¿Qué fruto se podría esperar de la visita de Benedicto XVI a Camerún?

–Bien, ciertamente Camerún es símbolo de la realidad africana porque es un país al que llaman “África en miniatura”, porque tiene todo un mosaico de pueblos.

Estamos preparando la segunda edición del Sínodo y creo que esta visita se inscribe en esta gran preparación. Ver hasta qué punto África, conservando su rostro africano y los valores de la tradición africana, ha acogido de modo auténtico a Jesucristo y al Evangelio.

Entonces, la dicotomía, que se nota es, entre el culto, muy desarrollado, y la vida. Ahora hay que poner atención a que el evangelio entre en la vida de la gente. Dar esperanza, dar valor y construir el tejido social, el tejido humano, de manera que puedan emerger los valores, que están ya ahí, de sus antepasados, y hacerlos florecer.

Por ejemplo, la institución familiar está en crisis en todas partes. Y en África se nota mucho más, porque justamente la institución familiar era importante, había una coherencia, y ahora está disgregándose un poco.

Quizá la visita del Papa es la ocasión para preguntarse sobre la identidad cristiana, sobre qué estamos haciendo los cristianos en el mundo, en cuanto cristianos.

–Los tres puntos fuertes del próximo Sínodo son la reconciliación, la paz y la justicia. ¿Quizá Camerún puede ser también símbolo de esta reconciliación?

–Sí, nos hemos preguntado por qué viene Benedicto XVI a Camerún, porque es la tercera vez que un Papa viene al país. Al menos las condiciones existen para que haya una cierta seguridad y una experiencia de cincuenta años tras la independencia. Esperemos que esta experiencia de multiplicidad de pueblos en una unidad de nación pueda consolidarse y dar esperanza al continente africano. En este sentido la Iglesia puede ser un fermento que renueva con discreción, sin tratar de imponerse.

Por Nieves San Martín

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