“La vida humana vale la pena. La vida humana es sagrada”

Carta de los obispos de Córdoba

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CÓRDOBA, viernes, 30 septiembre 2005 (ZENIT.org-El Observador).- Los obispos de la provincia de Córdoba, Argentina denunciaron, a través de una carta pastoral, que se está imponiendo en la sociedad una «mentalidad materialista» que no le reconoce a la vida «un valor en sí misma y por sí misma», que fomenta una cultura de la muerte que «se torna una verdadera ‘conjura contra la vida’, manifestada en el desprecio y la marginación de algunos, y en la eliminación deliberada de otros por medio del aborto, la eutanasia, el homicidio». Lo dicen en una carta titulada «La vida vale la pena. La vida humana es sagrada», que fue presentada en el Cottolengo Don Orione, de esta ciudad, por el arzobispo de Córdoba, monseñor Carlos Ñáñez, y los obispos Félix Colomé, de Cruz del Eje; Ramón Staffolani, de Villa de la Concepción del Río Cuarto; Roberto Rodríguez, de Villa María; y Aurelio Kühn, de Deán Funes. A continuación, publicamos el texto de esta Carta Pastoral dirigida a quienes quieran «admirar, celebrar y anunciar la vida», según se desprende de su parte introductoria; es decir, a todos los católicos y hombres de buena fe.

LA VIDA VALE LA PENA LA VIDA HUMANA ES SAGRADA

Carta de los obispos de Córdoba a los que estén dispuestos a descubrir y a celebrar, en toda su riqueza, el don de la vida, a todos los hombres y mujeres de buena voluntad (29 de setiembre de 2005).

Los Obispos de la Provincia de Córdoba queremos llegar hoy con nuestro mensaje desde el Cotolengo Don Orione de la Ciudad de Córdoba, para invitarlos a dedicar el mes de octubre próximo desde la oración y reflexión y desde diversas iniciativas a renovar la admiración y la alegría ante el misterio de la vida y, especialmente de la vida humana. La mentalidad materialista, que se impone en el pensamiento del hombre de hoy, considera que la vida tiene valor solo en la medida en que alcanza la fama, la eficiencia, la riqueza o el placer. No le reconoce un valor en sí misma y por sí misma. De este modo se va configurando una cultura de la muerte que se torna una verdadera “conjura contra la vida”, manifestada en el desprecio y la marginación de algunos, y en la eliminación deliberada de otros por medio del aborto, la eutanasia, el homicidio. Nosotros, en cambio, queremos admirar, celebrar y anunciar la vida, agradeciendo y animando a todas las madres y padres, abuelos y abuelas, a todos los agentes del mundo de la salud, a todos los educadores y educadoras, a todos aquellos que con sus gestos, ya sean pequeños o heroicos, dan testimonio de la alegría de vivir y de servir a la vida. Jesús, con su amor preferencial hacia los pecadores, los enfermos y marginados, se nos presenta como el “buen samaritano” (cfr. Lc. 10,29-37), revelándonos que el Padre considera importante a todos los hombres, cualquiera sea su condición y afirmando con sus palabras que la persona vale más que la comida y el vestido (cfr. Lc. 12,23). La persona vale más que cualquiera de sus conquistas, aunque éstas sean grandes como el mundo entero, y que no puede ser manipulada ni sustituida con ningún otro bien (cfr. Mt 16,26). La Iglesia enseña que el hombre, imagen viviente de Dios, vale por sí mismo, no por aquello que sabe, que produce o que posee. Es su dignidad personal la que confiere valor a los bienes que le sirven para expresarse y realizarse. A lo largo de toda su vida el hombre crece y se desarrolla mediante el trabajo y la vida en sociedad, llamado a realizar una experiencia de donación y de comunión hasta la perfección definitiva de la vida eterna. Así se nos revela su profunda identidad como cima de la creación y epicentro del cosmos: es un sujeto espiritual irrepetible, abierto al infinito, llamado a vivir para los otros y con los otros, y que merece respeto y atención en cada etapa de su existencia. La fe cristiana no es un cúmulo de prohibiciones, sino experiencia de amor y libertad. Cristo no nos quita nada, sino que nos posibilita una vida en plenitud. A todo hombre, en cualquier situación que se encuentre, la Iglesia tiene una buena noticia para darle: Dios ama tu vida, sana o enferma, feliz o infeliz, virtuosa o desfigurada por el pecado. Cristo, el Señor, la vive junto a ti, compartiendo tus bienes y tus miserias, como si fuesen suyas. El Espíritu Santo la sostiene y orienta para que llegue a ser don de amor al Padre y a los hermanos. Nos lo dice la Revelación por medio del profeta Isaías: “Tú eres valioso, Tú eres mi amigo, Tu vida me interesa”. “¡Toda vida es única, irrepetible y sagrada!”, DON Y TAREA PARA EL QUE LA RECIBE Y PARA TODA LA HUMANIDAD” Por lo tanto, creer en Dios significa también tener la más alta consideración del hombre, del valor de la vida como tal, y especialmente de la vida humana. Si descubrir un valor nos lleva a reconocer las obligaciones que entraña acogerlo y vivirlo plenamente, afirmamos que a un gran valor converge una gran obligación ética: y así sucede con la vida y con el amor. Proclamamos el valor absoluto de la vida de la gracia que es comunión con Dios, de la cual Jesús ha dicho: “He venido para que tengan vida y la tengan en abundancia”( Jn 10,10). Proclamamos que la vida física es un valor fundamental. Es el supuesto de todos los otros bienes y la base que posibilita su desarrollo y manifestación, por ello ha de ser respetada desde su concepción hasta la muerte natural. La vida debe ser atendida y servida de modo que todos puedan tener alimento, vestido, vivienda, trabajo, tiempo libre, asistencia sanitaria. Debe ser defendida ante toda forma de violencia y abuso y merece ser preservada de los peligros que la amenazan. Vivir, dejar vivir, respetar, cuidar, cultivar la vida de todo hombre, en toda circunstancia, es tarea ineludible, no sólo por la bondad de la vida humana sino también por la vocación de eternidad que tiene toda persona: La razón más alta de la dignidad humana consiste en la vocación del hombre a la comunión con Dios (C. Vaticano II, GS 19, 1).

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