“La popularidad sube o baja ¡La credibilidad no!”

Por María Herminia Grande.- Dijo Fernando Henrique Cardoso “la popularidad sube y baja, ¡la credibilidad no!”. Indudablemente en Argentina los candidatos presidenciables atraviesan olas de popularidad, pero la credibilidad les retacea su apoyo. Si esto no fuese así, cada candidato mantendría su piso de credibilidad e intentaría aumentarlo. Uno de los peores condimentos que deviene de la falta de credibilidad es la duda. Ni Scioli, ni Macri, ni Massa ofrecen definiciones sobre la actualidad y/o sobre su posible gobierno, que resulten no pasibles de duda; lamentablemente la fe sólo es un instrumento de las religiones. Brasil debiese operar como un espejo refractario para Argentina. Durante mucho tiempo su pueblo aceptó la corrupción o tal vez eligió ignorarla; a ocho meses de haber asumido su segundo mandato Dilma Rousseff araña el 7% de aceptación. Está peleada con sus socios políticos y la figura judicial del delator político no le permite conciliar el sueño a propios y extraños. Su pueblo la responsabiliza, por acción u omisión, de la magnitud de la corrupción. Consulté a Gustavo Segré sobre por qué, su gobierno no trata de influenciar sobre la justicia, me contestó: “porque no puede. Si aquí en Brasil se apartase al juez Moro como ocurrió en Argentina con Bonadío, habría un estallido social”. La cadena de corrupción que ya cuenta con personas presas por estar involucradas, ronda un monto tal, que para graficarlo podríamos decir que se podrían financiar 48 campañas presidenciales en el país hermano. Dilma está a un paso del juicio político. Su mentor Lula es probable que sea citado a declarar y deba presentarse después de haber terminado su presidencia con el 82% de imagen positiva. En nuestra Argentina los principales candidatos no son nítidos. Ninguno hasta este momento ha manifestado con precisión de dónde obtiene los fondos para financiar sus respectivas campañas. Si no se ocupan en esclarecer este ítem es porque la sociedad argentina lo permite. Hoy en nuestro país nada es lo que es. No hay coincidencias ni siquiera en el nombre del sujeto a debatir, a transformar, a mejorar. Para algunos la economía está maltrecha y asfixia a muchos ciudadanos, para otros la economía goza de tan buena salud que los argentinos no saben qué hacer con lo que ganan. Sería injusta en este análisis si sólo hablase de candidatos no nítidos. El problema en Argentina es que los gobiernos no lo son tampoco. Por eso todos se cuidan de todo, nadie confía en el otro, hasta se duda de ciertos resultados electorales. La falta de crecimiento de la economía en los últimos cuatro años, con la consecuente no creación de empleo privado más el proceso inflacionario, le dan a Argentina una fisonomía latinoamericanista a la hora de constreñir su clase media que siempre fue mayoritaria y expandir los extremos de la pirámide social. La presión impositiva para mantener el gasto social también es un condimento no explícito de este achicamiento. Los candidatos no están hablando de los temas sustanciales. Si bien es cierto como plantea Miguel Olaviaga candidato a vicepresidente del Frente Progresistas junto a Margarita Stolbizer, que los argentinos nos debemos la tercera revolución: la de la ética, para llegar a ella es necesario que los candidatos con posibilidades de gobernar Argentina expresen su programa de gobierno en todos los aspectos. José Octavio Bordón decía que si él fuese presidente, su primer acto de gobierno sería sincerar los números del INDEC. Lo cierto es que Bordón no es candidato y que dos de los principales presidenciables tienen como principales consejeros uno a un gurú (Macri) quien dice que “si la gente cree que la virgen de Guadalupe es una atorrante, será así” ; y por el otro lado (Scioli) a una ex modelo que cual ventrílocuo bendice candidatos y arma gabinetes. Todo esto ocurre en nuestra querida Argentina en donde la mayoría de los trabajadores son pobres porque no superan los $ 11.500 que marca el hilo divisorio entre la clase baja y la clase media. En una Argentina en donde los jubilados ganan un 46% menos que una persona privada de su libertad. En una Argentina en donde hay corrupción… ¡e impunidad también!

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