La parábola del grano del mostaza

Por Víctor Corcoba Herrero.- “Otra parábola les propuso, diciendo: Es semejante el reino de los cielos a un grano de mostaza que toma uno y lo siembra en su campo; y con ser la más pequeña de todas las semillas, cuando ha crecido es la más grande de todas las hortalizas y llega a hacerse un árbol, de suerte que las aves del cielo vienen a anidar en sus ramas” (Evangelio de San Mateo 13, 31). La reflexión Nuestra propia historia humana está contenida en ese grano de mostaza pequeñísimo, pero dispuesto a crecer, basta tener una fe auténticamente sincera, para hacer cosas humanamente impensables, que nos parecían imposibles. Todos conocemos a personas sencillas, humildes, pero con una voluntad de hierro que han sido capaces de mover montañas. Consecuentemente, será bueno que reflexionemos sobre esto, ya que… Todos tenemos un camino. Un camino que nos da alas. Un camino que nos inquiere. Un camino que nos embellece. Pues somos semilla y el camino. Camino de néctar, semilla de jugo. Para ser parte del reino de Dios, ya que como semilla tenemos toda una vida potencial en nosotros, en cada uno de nosotros, a través de la fe en nuestro Creador rico en misericordia y amor, revelado en Jesucristo, que es lo que nos sustenta y sostiene. Por tanto… El espíritu del Señor está en mí. Y lo está, porque Él me ha ungido. Y nos ha ungido para ser su corazón. El centro de su pasión, nuestro camino. Permanezcamos atados a tan sublime certeza. Que la fe de su Madre desata el nudo del pecado. Ciertamente, a través del testimonio, la Iglesia siembra el grano de mostaza, pero lo hace en el corazón mismo de las culturas que se están engendrando en la tierra. El testimonio concreto de misericordia y ternura que trata de estar presente en las periferias existenciales y pobres, actúa directamente sobre los seres humanos, generando orientación y sentido para la vida de los pueblos. Así, como cristianos comprometidos con el Evangelio, contribuimos en la construcción de un mundo en la justicia, la solidaridad y la paz. Indudablemente, nosotros somos su fruto y estamos llamados a ser simiente, o sea, a ser fecundos en la vida en unión con Jesús. Así, como los apóstoles, digamos al Señor… Auméntanos la fe, Jesús. Que somos frágiles en todo. Hasta en el mismo verso vivido. Hasta en el mismo poema cultivado. Tomado de Dios en la humilde oración. Que la oración es el pausa por la que somos. Jesús, con esta parábola del grano de mostaza echado en tierra con fe, ha ido bendecido de Dios y se ha convertido en un gran árbol. ¡Qué poderoso motivo para sentirnos alegres y gozosos!¡Qué estímulo también para que continuemos encaminados a ser mejores personas!. ¡Qué luz más nívea entre tantas noches!. También nosotros necesitamos… Ser el grano de mostaza. O sea el grano de la poesía. Que verso a verso nos alumbre. Volvamos a lo que nos embellece. Que no es otra cosa que amar mucho. Amor que nos nace y nos hace ser de Dios. Nada de somnolencia o flojera. Nuestra verdadera mostaza ha de enmarcarse en el servicio a Dios y al prójimo; de manera humilde pero también generosa. Como lo hizo “Él, que siendo Dios se humilló a sí mismo, se abajó, se anonadó: para servir. Es servicio en la esperanza, y esta es la alegría del servicio cristiano”, que vive, como escribe San Pablo a Tito, “aguardando la dicha que esperamos y la manifestación de la gloria del gran Dios y Salvador nuestro, Jesucristo”. El Señor “llamará a la puerta” y “vendrá a nuestro encuentro”. El deseo del Papa Francisco, a propósito, siempre es el mismo: “Por favor, que nos encuentre con esta actitud de servicio”. Justamente, por esto… Sí, despojémonos de la soberbia. Que la soberbia al final nos ahoga. Quitémonos también cualquier orgullo. Que el orgullo es una táctica de egoísmo. Siempre nos divide y siempre nos enfrenta. Nunca restemos amor, que el amor es la vida. En suma, que el reino de los cielos es capaz de cambiar el mundo, como la levadura oculta en la masa; es pequeño y humilde como un granito de mostaza, que, sin embargo, llegará a ser grande como un árbol. Tengamos, en consecuencia, esperanza; que el Señor siempre vendrá a nuestro lado. Precisamente, el reino es gracia, amor de Dios al mundo, para nosotros fuente de serenidad y confianza: “No temas, pequeño rebaño -dice Jesús-, porque a vuestro Padre le ha parecido bien daros a vosotros el Reino” (Lc 12, 32). En cualquier caso, por muchos temores, afanes o angustias cosechadas, el reino de Dios está en medio de nosotros en la persona de Cristo. Así pues, la persona humana está llamada a cooperar con sus manos, su mente y su corazón al establecimiento del poema de que nunca debimos salir, en este planeta de todos y de nadie en particular. ¡Hagamos, por consiguiente, alianza con lo armónico como el grano de mostaza!

Escritor español de Granada corcoba@telefonica.net abril 2016

Compartir:

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *