La importancia de ser Ernesto Sabato

En la Conadep, exploró los aspectos más terribles de la última dictadura.

Por Magdalena Ruiz Guiñazu (Buenos Aires)

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Por Magdalena Ruiz Guiñazu.- Y no es un juego de palabras, aunque, en nuestra historia contemporánea, la importancia de llamarse Ernesto Sabato es innegable. Quiero referirme aquí a lo que solemos llamar testimonio de una vida, un concepto de la ética, de lo justo. En una palabra, voy a referirme a simplísimas nociones, como son las del bien y el mal. Fue una experiencia única poder comprobar qué eran la ética, la justicia, el bien y el mal, para Ernesto durante aquellos largos nueve meses en que funcionó la Comisión Nacional por la Desaparición de Personas (Conadep). Personalmente, creí, hasta diciembre de 1983, hasta el advenimiento de la democracia, que los periodistas teníamos una información relativamente completa sobre la desaparición de personas. Sabíamos, por supuesto, que existían campos clandestinos de detención, las torturas, la infame panoplia de herramientas que puede confeccionar la mente humana para borrar de la faz de la Tierra a otros seres de los que se discrepa y a los que se abomina. Pero nunca imaginé la experiencia que significa reunir el horror, la impunidad, el sufrimiento exasperado del cuerpo, en una apretada síntesis. Y en una situación de estas características se conoce a las personas quizá desde un ángulo irrepetible. Conozco a Ernesto Sabato desde los lejanos tiempos de mi adolescencia, cuando en Bella Vista, en la chacra de Gallardo, Ernesto nos deslumbraba con su sola presencia por ser el autor de El túnel y haber recibido una encomiosa carta de Graham Greene sobre ese libro. Durante muchos años tuvimos una buena amistad. Pero nunca imaginé (como vemos, la historia contemporánea de nuestro país parece siempre sorprendernos) que me tocaría compartir con Sabato y un grupo de personas con fervor de trabajo la experiencia terrible de preparar el informe Nunca más , que presentamos ante la Justicia. Fueron jornadas interminables en las que era necesario examinar detenidamente los testimonios de los sobrevivientes, tomar decisiones constantes, confeccionar las listas de los represores, extremar el rigor en controlar la veracidad de las fuentes. Diría que reinaba en aquel salón de la planta alta del Centro Cultural General San Martín, donde nos reuníamos, un clima comparable con el de un retiro espiritual. Al comenzar cada jornada, quien deseaba hacer uso de la palabra era anotado en una lista que se respetaba rigurosamente. Ese orden ni siquiera se transgredía cuando Sabato, que encabezaba la comisión, pedía hablar. La norma consistía en esperar pacientemente el turno de intervención sin interrumpir a quien tenía el uso de la palabra. Las distintas secretarías trabajaban denodadamente y la comisión, luego, estudiaba punto por punto los problemas que se iban acumulando a medida que transcurría el tiempo. En muy pocas ocasiones, pero no quiero dejar de mencionarlo, fue necesario desempatar una votación y esa enorme responsabilidad recayó en Sabato, que contaba con dos votos en su carácter de responsable del organismo. Entre las opiniones de mayor peso en aquella comisión no quiero dejar de mencionar la del obispo de Neuquén, monseñor Jaime de Nevares, un personaje inolvidable al que, en mayor o menor grado, se acudía siempre para mantener un diálogo inteligente. Aun cuando se disintiera de él, su palabra abría siempre una perspectiva nueva e importante. Jaime de Nevares tenía una fe inquebrantable. Y no es una redundancia. Toda su persona traslucía una notable cercanía con esa esperanza que nos angustia y nos ilumina a muchos, pero que él llamaba familiarmente Tata Dios. La relación de Sabato, agnóstico, con hombres de fe inquebrantable como Nevares, el obispo Gattinoni (metodista) y el rabino Marshall Meyer fue siempre respetuosa y, diría, de afectuosa consideración. Ciertos días, cuando la tarea se presentaba particularmente abrumadora, Ernesto tenía un gesto que se hizo familiar. Se quitaba los anteojos y, como limpiándose la vista con una mano, dejaba caer con la otra el expediente y no podía dejar de repetir: “[…] pero ¡qué horror! ¡Qué horror!”. Fue particularmente estricto con los plazos de entrega, por aquello de que para que un asunto no se termine nunca lo mejor es crear una comisión que lo estudie. Todos compartimos ese concepto y cuando se vio que aquel trabajo ad honórem no podía terminarse en seis meses (todos seguíamos trabajando en nuestras respectivas tareas privadas), Sabato pidió tres meses más, pero como un plazo inamovible. Fue así. Y, por supuesto, esos últimos meses resultaron agobiantes. En dos oportunidades, nuestras oficinas fueron visitadas durante la noche por desconocidos que, con el obvio afán de presionar y amenazar, no se llevaron nada, pero dejaron los ficheros abiertos y las carpetas en un orden diferente, para demostrar que nuestro trabajo era espiado y controlado por los grupos que no aceptaban vivir en democracia. Se reforzó la vigilancia y se cuidó también la seguridad de Sabato que, por vivir en Santos Lugares, corría mayores riesgos. Finalmente, en septiembre de 1984, la Comisión Nacional entregó su informe Nunca más al entonces presidente constitucional, doctor Raúl Alfonsín. Como es lógico imaginar, fueron momentos de una gran emoción que los años no han borrado. Aquel mismo día, la Comisión Nacional se disolvió y cada uno de los que la integramos continuó con sus tareas. Sin embargo, seguimos reuniéndonos en mi casa por esa especie de hermandad espiritual que se había formado entre nosotros. También teníamos muchas preocupaciones en común. La mención preocupante de las leyes de obediencia debida y punto final que se estaban preparando no podía dejarnos indiferentes. Nos pareció una burla a la labor desarrollada por la Conadep, una inaceptable aquiescencia a las presiones que, sin duda, existían, pero ante las cuales los gobernantes deberían saber resistirse si es que han comprendido que ejercer los mandatos de la ley a veces implica riesgos y, siempre, responsabilidad. Decidimos, entonces, emitir un comunicado firmado con nuestros nombres puesto que la Comisión Nacional se había disuelto, y Sabato redactó un texto sereno y contundente por el que nos oponíamos absolutamente a esas leyes de perdón. A punto de ser publicado, el comunicado trascendió. Y un domingo, en el que nos habíamos reunido en mi casa para almorzar, un ministro, en representación del Poder Ejecutivo, anunció su visita. Dio una larga explicación sobre la necesidad de las leyes de obediencia debida y punto final, y nos pidió que retiráramos el comunicado. Se produjo un silencio en el que esperamos que Ernesto respondiera en nombre de todos los firmantes. Lo hizo en un tono moderado, pero de fuerte contenido. “Aquí no se toca ni una línea”, terminó diciendo. Los presentes asentimos y, para suavizar el momento, invitamos al ministro en cuestión a sentarse a la mesa con nosotros. Obviamente, el ministro no se quedó a almorzar. Y si en el transcurso de una amistad hay un momento decisivo en que tomamos conciencia de la importancia que ésta tiene, en cuanto a afecto y admiración, no tengo dudas de que, en la relación entre Ernesto y yo, fue aquel instante. Supe, desde entonces, que sería, para siempre, amiga de Ernesto Sabato.

Fuente: diario La Nación, Buenos Aires, 2 de mayo de 2011.

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