La Iglesia dice que no participa en la campaña

En significativos niveles del Episcopado se observa con preocupación la constante predisposición del gobierno de Kirchner para dividir todo lo que no sea propio. Cuando Bergoglio habla de una Iglesia perseguida está hablando de una institución que muchas veces debe levantarse contra el pensamiento predominante.

Por Joaquín Morales Solá

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La Iglesia Católica no participará de la campaña electoral. La aseveración, surgida de la boca de uno de sus más importantes exponentes, es oportuna en un momento en que las homilías del cardenal Jorge Bergoglio son leídas por el Gobierno como discursos de un dirigente político. El propio Néstor Kirchner no dejó pasar más que unas pocas horas para contestarle a Bergoglio los conceptos expresados en un sermón dicho ante el plenario de los obispos argentinos.

La frivolidad política suele asociar estas épocas preelectorales con la participación del obispo Joaquín Piña en la consulta popular de Misiones sobre la reforma de su Constitución. La diferencia es abismal: lo de Misiones fue un plebiscito sobre una institución fundamental de la democracia, y lo que sucede ahora en el país es una competencia partidaria para ocupar cargos políticos. La Iglesia ha participado en plebiscitos en todo el mundo, pero sobre todo en Italia, donde está el propio papa, cuando se trataron cuestiones esenciales de la vida institucional o de las costumbres sociales.

A veces ha marcado también algunas preferencias electorales, pero lo ha hecho sólo cuando tenía un claro enemigo doctrinario en la vereda de enfrente. Daniel Filmus, por ejemplo, no es un enemigo de la Iglesia ni de Bergoglio, y así lo suele recordar el propio cardenal. Filmus mismo destacó la semana pasada que estuvo durante los últimos seis años en la misa y el acto anuales que Bergoglio suele organizar para promover la educación.

Comenzó siendo, hace años, un acto por la educación católica, pero terminó siendo una ceremonia por la educación en general y por la educación religiosa. Filmus no estuvo en el acto de hace una semana porque se encontraba en Australia, pero sí estuvo su candidato a vicejefe, Carlos Heller.

Todo hay que decirlo, sin embargo: existe cierto resquemor de la Iglesia con el ministro de Salud, Ginés González García, candidato a legislador por la lista de Filmus, porque éste suele desafiar en público casi todas las posiciones de la jerarquía católica. El resquemor no tiene, no obstante, jerarquía suficiente como para encolumnar a la Iglesia detrás de una militancia electoral.

En significativos niveles del Episcopado se observa con preocupación, en cambio, la constante predisposición del gobierno de Kirchner para dividir todo lo que no sea propio. Han censado exitosas maniobras de división entre los empresarios, sindicalistas, partidos políticos de la oposición y hasta en la conducción de la comunidad judía. Creen que esas maniobras existen también para dividir a la Iglesia Católica.

“Lo único que nos falta ahora es que también haya una Iglesia K”, ha dicho, medio en broma, medio en serio, un importante obispo.

Cuando Bergoglio habla de una Iglesia perseguida está hablando, sobe todo, de una institución que muchas veces debe levantarse contra el pensamiento predominante. Así lo ha hecho a lo largo de sus 2000 años de historia. ¿Contra qué pensamiento predominante debe erigirse ahora?

Bergoglio no suele darle tanta importancia a la cuestión de los preservativos como a los intentos de despenalizar el aborto. Esto último es una cuestión central de la doctrina de la Iglesia. ¿Por qué se le negaría a la Iglesia el derecho de predicar su verdad? ¿Por qué los legisladores oficialistas fueron disciplinados para que no escucharan a los obispos?

Otra cuestión en la que la Iglesia nada contra la corriente es la institucional. Bergoglio no quiere dar vuelta el orden natural de las instituciones (y empezar viendo al Presidente para terminar con el Poder Legislativo) porque estaría homologando una situación de increíble preponderancia de un poder de la Constitución sobre otro poder. Sería, en tal caso, el jefe del Estado quien habilitaría la reunión con el Poder Legislativo.


Las cosas son así ahora, por más que al cardenal no le gusten, pero éste no quiere legitimarlas ni asumirlas como una situación natural.

La acción de Piña en Misiones fue también un combate institucional. Del mismo modo, la anómala situación de Santa Cruz (donde hay un gobernador que no gobierna y un presidente que gobierna la provincia a la distancia) es considerada por la conducción católica una seria regresión institucional. A su vez, la independencia de la Justicia es, para la jerarquía católica, una cuestión de absoluta prioridad institucional.

Nada de todo esto justifica, con todo, que el Presidente vea al cardenal Bergoglio como un adversario político. No lo es; simplemente no milita en el cómodo pensamiento único. La insistencia del purpurado por instaurar una cultura del diálogo en la Argentina lo ha llevado a recibir a todos los dirigentes políticos que lo frecuentan. A Kirchner no le gusta eso, y le gusta menos cuando viene de la institución con más crédito social del país.

Hay que reconocerle a Bergoglio que ha empezado por instalar esa cultura en su propia casa: fue él quien cultivó en Buenos Aires una experiencia única de diálogo entre las religiones monoteístas.

Logró que conversaran y convivieran exponentes de religiones extremadamente enfrentadas en otros lugares del mundo; sus fanáticos han llevado esos enfrentamientos al suicido y la muerte. Debe subrayarse que ayer el ministro del Interior, Aníbal Fernández, salió a poner paños fríos, cuando ya las deducciones sobre las fricciones entre el Presidente y el cardenal alcanzaban picos inasibles.

Fernández nunca habla sin previa consulta con Kirchner; el Presidente debió reflexionar, entonces, sobre sus urgencias verbales del día anterior, cuando atropelladamente confundió al cardenal de Buenos Aires con un puntero de barrio.

Si Aníbal Fernández se hubiera movido por la suyas, quedaría entonces la certeza de que el Presidente sólo acepta ver a los sacerdotes y a sus obispos encerrados en las sacristías. En tal caso, hay que decir las cosas de manera directa: no lo busquen a Bergoglio para eso.

Por Joaquín Morales Solá

Fuente: diario La Nación, Buenos Aires, 25 de abril de 2007.

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