La “Gorda” María fue una mujer muy servicial

Además de haber criado a 7 hijos y trabajar para llevar el pan a su casa, colaboró en instituciones sociales, religiosas, comunitarias y políticas.

Por Emilio Grande (h.)

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Por Emilio Grande (h.).- Cuando está terminando otro año y uno se pone a hacer un repaso de los hechos más importantes de nuestra ciudad puede caer en la tentación de pasar por olvido alguna noticia que no tuvo gran repercusión. Concretamente, en la edición del 21 de noviembre -hace poco más de un mes- se había publicado brevemente una necrológica sobre el fallecimiento, a los 66 años, de María René Santellán, más conocida como la “Gorda” María, quien era una persona muy sencilla, buena, que participó en varias instituciones sociales. Nació en Salta y luego de vivir en Tucumán se radicó en nuestra ciudad, viviendo en la recordada “manzana 19” del barrio Barranquitas, trasladándose luego al barrio Monseñor Zazpe. Participó en política en el justicialismo (con Ricardo Peirone, Luis Castellano y Martha Zimmermann, entre otros), enseñó catequesis con el padre Héctor Casale, colaboró en la Casita del Niño y en el comedor Cristo de Mailín. También en la vida cultural colaboró con Mario Bravo y la FM Latidos (barrio Italia). Tuvo cinco hijos más dos adoptados, uno de ellos Marisel con capacidades diferentes. En la edición del 21 de diciembre último sus hijos y demás familiares publicaron un recordatorio en el diario La Opinión al cumplirse un mes de su fallecimiento, rogando una oración en su querida memoria.

MAMA SERVICIAL Uno de los secretos que tienen los archivos, especialmente los personales, es que te permiten volver a buscar crónicas, entrevistas y artículos del pasado. El domingo 19 de octubre de 1997 en el entonces suplemento “Tiempo de hogar” había publicado un reportaje titulado “La «gorda» María, una mamá servicial…”, realizado en la Casa del Niño “Camino de esperanza” en el barrio Barranquitas, el que se reproducen a continuación sus partes principales. María nació en Las Mercedes del Rosario de la Frontero, un pueblito de la provincia de Salta. Después vivió en las ciudades de San Miguel de Tucumán y en Santa Fe, Lehmann y se radicó en Rafaela el 30 de agosto de 1982. Convivió con Andrés Zapata, con quien tuvo cinco hijos: María Guadalupe, José Andrés, Jesús Alberto, Martina Edelmira y Laura Margarita. Además había adoptado a Sergio Román y Marisel. Recordó cómo era la vida en el campo en la zona rural de Lehmann, trabajando en el tambo, hachaban leña y cuidaban animales. “A mis hijos siempre les enseñé a practicar el bien para que se desenvolvieran correctamente cuando fuesen grandes. Mi vida fue difícil, pero nunca me faltó la ayuda de Dios”, había expresado. Los avatares de la vida determinaron que hiciera de madre y padre, y salir a trabajar para conseguir el pan, pero a medida que los chicos fueron creciendo posibilitó que ayudaran a su madre. “A mis hijos traté de educarlos correctamente y ninguno me dio dolores de cabeza. Puedo decir que me siento realizada como madre”, agregó. Aprovechó para trazar una diferencia entre la crianza en el campo y en la ciudad. “En el campo los chicos se divierten con terneros y vacas; en cambio acá aprenden muchas cosas y te llegan a faltar el respeto”, comparó. En la Casa del Niño se sumó para colaborar en la cocina “ayudando en lo que haga falta. También doy catequesis a los chicos y adultos”. El amor por los chicos también lo volcó en el comedor Cristo de Mailín (ahora funciona una cocina comunitaria) y en la comisión vecinal del Barranquitas. Además colaboró en la comisión del club de madres de la escuela Paul Harris del Villa Dominga. “Siempre me gustó trabajar con los chicos. Ahora me reparto a la mañana en la Casa del Niño y por la tarde en La Huella, ya que Marisel concurre a esa escuela, para vender comidas a beneficio”, había contado. En los tiempos libres también colaboró en el Partido Justicialista, siendo secretaria de afiliación de la básica 13ª. Para quien se considere creyente es imposible negar que cuando Dios “llama” para una vida espiritual y de entrega al prójimo es necesario responder -en la medida de lo posible- con un “sí”. La Gorda no pudo zafar de esta situación y fue haciendo un camino de conversión, recibiendo en 1995 la primera comunión y luego la confirmación. “En esto tuvieron que ver la Ñata Urquía y Dina Fiordelli. Antes estaba alejada de la Iglesia, pero ahora me siento muy feliz. Todos los domingo voy a misa porque es sagrado para mí y doy catequesis en la capilla. Cuando Dios llama te hace cambiar de tal manera que es maravilloso”, confesó. Tuvo errores como cualquier persona, pero no se puede negar su espíritu de servicio primero a sus hijos y a los niños en general, siempre pensando encontrar a Cristo en los más necesitados.

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