La división radical y la democracia plebiscitaria

Para Kirchner, concertación y sumisión son sinónimos , ha dicho un radical de renombre. Aníbal Fernández, que tiene la virtud de decir lo que otros callan, ya había explicado la rara concertación kirchnerista: hablaremos con los piensen como nosotros .

Por Joaquín Morales Solá

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El sistema de partidos políticos argentinos podría ser distinto luego de este fin de semana. Probablemente no será mejor. La virtual división del radicalismo no la están promoviendo ideologías o principios diversos, sino la influencia directa de un presidente peronista que camina hacia una democracia plebiscitaria. Néstor Kirchner frenó en seco la reconstrucción política e institucional, que era su primer deber tras la gran crisis de principios de siglo.

Los radicales se han dividido, lo acepten ellos o no. Basta leer el documento de ayer de su convención nacional, y compararlo con lo que dicen los ausentes de esa reunión, para concluir que no hay posibilidad de convivencia. Por ahora, al menos. No se trata de una división entre sectores progresistas y conservadores, que es una separación clásica dentro de los grandes partidos. Es algo peor e insalvable: difieren en su actitud frente a un poder político que se concentra y amplía al mismo tiempo.

La historia es traviesa y enredada: ¿qué mayor paradoja histórica podía producirse que ver al radicalismo peleándose por dos peronistas? Las cosas caminan en esa dirección: un sector de ese partido terminará apoyando a Kirchner (a cualquiera de los dos Kirchner) en las elecciones presidenciales del próximo año. La franja del radicalismo histórico conformará, por su lado, una alianza para respaldar la candidatura presidencial de Roberto Lavagna, hoy más candidato que ayer, aunque sin candidatura aún.

¿Cómo negarse a la idea de la concertación? Es una pregunta de los radicales K, que garabatean significados distintos. Una de las obras políticas de Kirchner fue la reinvención de la terminología política. Concertación era, aun para los que la mentaban con bajas pasiones, la convocatoria a debatir entre sectores políticos y sociales diferentes respetando sus conducciones. Concertar es ahora, para Kirchner, la aceptación de su liderazgo político por parte de dirigentes no peronistas, con exclusión absoluta de los políticos que conducen los partidos. Al revés, acuerdo significa contubernio.

Para Kirchner, concertación y sumisión son sinónimos , ha dicho un radical de renombre. Aníbal Fernández, que tiene la virtud de decir lo que otros callan, ya había explicado la rara concertación kirchnerista: Hablaremos con los piensen como nosotros .

No se trata sólo del radicalismo; también ARI podría ser vaciado de sus dirigentes más valiosos. En sentido contrario, la concertación dejó afuera al gobernador de Córdoba, José Manuel de la Sota, que está terminando su segundo mandato con buenos índices de popularidad. De hecho, sería reelegido si la Constitución se lo permitiera.

Pero Kirchner prefiere en Córdoba a Luis Juez y al ex deportista “Pichi” Campana. El Presidente renovador y justiciero está haciendo menemismo tardío. A De la Sota, un histórico referente del justicialismo, lo tientan con lo que ya fue antes de ser líder de Córdoba: senador nacional o embajador en Brasil.

¿Qué será de la democracia si los partidos son quebrados desde el poder? ¿Qué será del sistema institucional si los proyectos de leyes van al Congreso con la orden terminante de que nadie debe cambiarles ni una coma? La Argentina vive de hecho una democracia plebiscitaria, que no se expresa a través de plebiscitos sino de encuestas.

El Presidente se acuesta y se levanta con ellas. Nunca ha tomado ninguna decisión que vaya contra la volátil sensación social. Siempre dice lo que las encuestas le señalan que halaga los oídos de la mayoría social. Los partidos no son necesarios (estorban, por el contrario) en esa manera de gobernar.

La división del radicalismo es, en última instancia, la resistencia de sus dirigentes más prominentes a aceptar esa forma deforme de la democracia. ¿Por qué Lavagna, entonces? Una mínima dosis de realismo indica que aun la resucitación más milagrosa de ese partido no hará de él, rápidamente, una alternativa iridiscente de poder. Macri les es ajeno a los radicales; Carrió no quiere saber nada con nadie, y López Murphy podría jugar varios partidos, menos el presidencial.

Lavagna es un peronista que ha estado más veces en el poder con los radicales que con los peronistas. Fue funcionario de Alfonsín y embajador de la Alianza. Llegó al Ministerio de Economía, en tiempos de Duhalde, con más confianza de los radicales que de los peronistas. Su único antecedente de peronista puro fue un breve paso por el último gobierno de Perón. Con Kirchner fue un socio reticente y crítico.

Los peronistas bonaerenses dicen que en los próximos 45 días habrá mil dirigentes de ese distrito fundamental a disposición del ex ministro. Eduardo Camaño, que no entiende el día ni la noche si no está haciendo política, se encargará de enlazar a los peronistas del interior del país. ¿Córdoba? ¿Santa Fe? En esas provincias el peronismo tiene conflictos intensos. No les agreguemos nuestra ansiedad , subrayan los peronistas cercanos al ex ministro de Economía.

Lavagna tiene varios problemas irresueltos. El primero de ellos es que su candidatura resultaría incompatible con la de Mauricio Macri. Lavagna ha dejado trascender que ya digirió las candidaturas, casi inalterables, de Menem y de Sobisch. Macri es otra cosa. El líder de Pro podría fragmentar seriamente el voto antikirchnerista y convertir en impotentes los proyectos de él y de Lavagna.

Difícilmente Lavagna se presentaría a las elecciones si Macri perseverara en su propuesta presidencial. Los mensajes entre ellos son frecuentes, pero los aliados de Lavagna, tanto algunos peronistas como otros radicales, le impedirán una alianza formal con él. Imagina a Macri como un aliado implícito desde su candidatura a jefe de gobierno de la ciudad.

Algo parecido sucede con los socialistas. Hay una vocación antikirchnerista creciente en el socialismo. El objetivo del socialismo es conquistar la gobernación de la crucial Santa Fe, que ahora tiene al alcance de la mano. Lavagna sólo le reclamará al socialismo que declare la libertad de conciencia de sus afiliados, porque sabe que la mayoría socialista terminará más cerca de él que de Kirchner. Hay que dejarlo al socialismo que gane Santa Fe. Es importante que eso suceda , suele reflexionar Lavagna.

Kirchner, muy seguro hoy en las encuestas, no quiere a Lavagna de candidato. Es una alternativa que puede crecer ante situaciones adversas e imprevistas de la política. La crisis energética se agrava; el superávit podría no ser tan imponente en 2007 si el Presidente le hace caso a la Corte Suprema, que le reclamó aumentos para los jubilados.

Algunos dirigentes presidenciales hicieron gestiones para que los radicales K no fueran a la convención de Rosario. A pesar de la obediencia debida de sus adversarios internos, los radicales de Rosario no declararon la expulsión de nadie. Saben que muchos díscolos volverán cuando no puedan explicar su adhesión a un proyecto que se ilusiona con el fin de los partidos.

El temor es peor que esas gestiones. Gobernadores radicales suelen pedirles acciones parlamentarias a sus legisladores nacionales, pero les suplican, al mismo tiempo, que el Gobierno no se entere de esas llamadas. Temen represalias. La reunión peronista de Lavagna fue sorpresiva, y casi clandestina, porque sus promotores temían una acción provocadora de sectores cercanos al Gobierno. Nunca, en 23 años de democracia, la política estuvo tan cerca del miedo.

Joaquín Morales Solá

Fuente: diario La Nación, Buenos Aires, 27 de agosto de 2006.

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