La cumbre salvaje

Envejecimiento del pensamiento en algunos líderes latinoamericanos, que se traduce luego en políticas concretas también antiguas. ¿Néstor Kirchner hubiera reaccionado como Rodríguez Zapatero si la ofensiva alusión del colorido líder caraqueño hubiera estado dirigida a un ex presidente argentino?

Por Joaquín Morales Solá

Compartir:

Quienes han seguido la reciente cumbre iberoamericana de Santiago de Chile podrían formularse, con fuertes argumentos, una pregunta cardinal: ¿es viable América latina como un conjunto de países con un destino parecido? En Santiago pareció surgir, más bien, la impresión de que son viables algunos países de la región y no la región en su conjunto. El Mercosur agoniza más que nunca después del último fin de semana. También es patética, ya desde entonces, la imagen de una democracia en proceso de devaluación en el subcontinente.

Resulta más extraño aún, y sintomático, que en esos debates de escándalo haya estado ausente la noticia más importante que surgió de la región en los últimos días: la posibilidad de que Brasil se convierta, además, en una importante potencia petrolera. Cuando Brasil concrete ese proyecto –que, sin duda, le llevará tiempo, energías y recursos–, a los argentinos no les quedará otro remedio que sacar el pañuelo para despedir al vecino en viaje ascendente hacia el Olimpo donde sólo habitan las grandes naciones. El drama consiste en que los dos países estaban en condiciones de hacer juntos el viaje; Brasil lo está logrando y la Argentina está perdiendo la oportunidad.

Poco antes de la reunión cimera, el presidente de Bolivia, Evo Morales, declaró a un diario europeo que América latina se convertirá en otro Vietnam. Además de leer tarde y mal la vieja apología guerrera del “Che” Guevara, Evo estaba peleando con fantasmas que no existen. El problema con los Estados Unidos no es su injerencia actual en la región, sino que ésta ni siquiera figura en su agenda de política exterior.

Tenemos, entonces, un primer problema: el envejecimiento del pensamiento en algunos líderes latinoamericanos, que se traduce luego en políticas concretas también antiguas. Evo Morales ya tiene demasiados conflictos, con los riesgos siempre latentes de secesión de su complicado país, como para buscar enemigos donde no los hay. Tiene, además, un país rico en combustibles, sin inversiones en el sector. Para decirlo de manera más directa: a los gobernantes de la región les encanta perder el tiempo.

Hubo demasiado alboroto con la famosa anécdota del rey Juan Carlos callándole la boca a Hugo Chávez, enferma de verborragia. Sin embargo, han pasado inadvertidos dos aspectos sustanciales de ese inédito enfrentamiento real con un gobernante ciertamente grosero. Uno de ellos es el concepto de la democracia que comienza a expandirse en América latina. La confusión de fondo de Chávez consistió en creer que podía hablar mal de un opositor de Rodríguez Zapatero delante de éste. Se coincida o no con José María Aznar, lo cierto es que éste fue presidente democrático del gobierno español durante ocho años y, en ese tiempo, trabajó junto al monarca que calló al venezolano.

Pero Chávez cree que la circunstancial minoría no merece ni la consideración del buen trato. Ese es el conflicto que subyace y que se refiere a los modos de la democracia, que le son fundamentales. No se equivocaría si sólo mirara a sus pares de la región. ¿Néstor Kirchner hubiera reaccionado como Rodríguez Zapatero si la ofensiva alusión del colorido líder caraqueño hubiera estado dirigida a un ex presidente argentino? Hay que inclinarse a pensar que no y que, por el contrario, habría sumado su aplauso si la referencia pegaba en algunas personas de la política argentina.

El otro aspecto menos analizado de la increíble irrupción de Chávez en la cumbre (que antes debió zanjar un grave entredicho con el presidente de Colombia, Alvaro Uribe, para ir a Santiago) fue su disidencia crucial con las cosas también cruciales que se trataron en esa reunión. Con la impronta del gobierno español; con la sabiduría serena de Enrique Iglesias, secretario ejecutivo de la Cumbre Iberoamericana, y con la dedicación y el estudio que pone en la vida Michelle Bachelet, la reunión aprobó un documento que impulsa la cohesión social como remedio a la inhumana desigualdad social de la región. Cohesión social es la receta diferente de la división social, el lamentable método político que les permite sobrevivir a muchos líderes latinoamericanos.

Chávez es la mejor expresión de un caudillo montado sobre una sociedad fieramente dividida entre ricos y pobres. El populismo se alimenta, precisamente, de esa clase de nocivas fragmentaciones. Muchas veces, en el paisaje del sur de América, lo ridículo se codea con lo trágico. Es notable, con todo, que cierta izquierda latinoamericana siga defendiendo a Chávez. Es, dicen los dirigentes de esas corrientes, el líder más eficiente (tras la interminable convalecencia de Fidel Castro) en practicar el antinorteamericanismo. Carlos Fuentes les respondió, con la precisión del lenguaje y el conocimiento de la historia, habitual en él: “Hitler y Mussolini también eran antinorteamericanos”.

Más notable aún es que el presidente argentino, Néstor Kirchner, no se haya pronunciado ni sobre el altercado de Chávez con el rey (el propio Kirchner suele repetir que le debe al monarca más de lo que se sabe) y tampoco sobre aquella esencial discordia entre cohesión social y división social. Pero Kirchner estaba ocupado en dejarle a su esposa un problema agravado con Uruguay, que él debió resolver si resignaba una parte ínfima de su popularidad.

Nadie sabe por qué Kirchner y Tabaré Vázquez convirtieron un problema técnico en una querella entre cowboys del lejano oeste. El problema es, en efecto, técnico y se reduce a resolver dos preguntas. Una: ¿Uruguay incumplió o no el Tratado del Río Uruguay cuando autorizó, sin consultar, la instalación de la empresa Botnia en Fray Bentos? La cuestión está en el tribunal de La Haya y allí se le dará respuesta; aunque todos sostienen que su resolución no significará la relocalización de la fábrica de pasta de celulosa. La otra pregunta: ¿cuáles son los mejores métodos que ambos países pueden adoptar para evitar la contaminación actual y futura del río Uruguay? Técnica jurídica y técnica ambiental. No había conflicto político donde los políticos crearon uno. En este último interrogante se debió centrar la negociación última, que terminó en una gresca (más educada que la de Chávez, sin duda) delante del propio monarca al que la Argentina y Uruguay buscaron para que los acercara.

El Mercosur boqueaba, cuando le dieron el golpe de Santiago. No hay un Mercosur posible sin la entusiasmada participación de la Argentina y Uruguay, que integran con Brasil el grupo de países fundadores de la alianza sudamericana. ¿Qué Mercosur recibirá Cristina Kirchner, de cuya presidencia se hará cargo cuatro días después de asumir la presidencia argentina? Recibirá sólo algo que ha sido.

El Mercosur no había resuelto los problemas comerciales de los últimos cinco años ni las históricas asimetrías entre sus países miembros cuando se le agregaron dos problemas más. Uno de ellos es la distancia política y social (esta última corresponde más a la sociedad uruguaya que a la argentina) provocada por el increíble e insoportable conflicto por la pastera de Fray Bentos. El otro es la alegre incorporación de la Venezuela de Chávez como miembro pleno del Mercosur. Venezuela no reúne ahora las condiciones económicas que requiere la institución regional y tampoco cumple con la carta democrática que obliga a los países miembros a un régimen de democracia plena. “Fue elegido por su pueblo”, dicen aquí. Volvamos a Carlos Fuentes: “También Hitler y Mussolini fueron elegidos”. Los parlamentarios brasileños y paraguayos son los únicos que están frenando la incorporación formal de Venezuela, aunque ya actúa, de hecho, como miembro pleno.

Chávez le incorporó al Mercosur, además, un condimento ideológico, que viene a ser la receta perfecta para matar esta clase de alianza de países. El Mercosur, ha dicho, tiene que ser tan antinorteamericano como él o no ser. La arrogancia de Chávez crece al ritmo del precio del barril de petróleo y la Argentina inclina su cabeza ante el colorido líder; ni Chile ni Uruguay, con economías más chicas que la nuestra, lo han consentido.

La Unión Europea, el ensayo más avanzado de la humanidad en la integración de países, no habría existido nunca si se hubieran colado en algún momento las ideologías personales de sus líderes pasajeros. Fue un proyecto común para crecer en el intercambio comercial y en su relación económica con el resto del mundo lo que construyó una Europa tal como la conocemos ahora.

Kirchner, Chávez, Evo Morales, el nicaragüense Daniel Ortega, y el ecuatoriano Rafael Correa zamarrearon, con intensidades distintas, a las empresas extranjeras, en especial a las españolas, justo delante del gobierno de España. La Argentina les debe a los capitales españoles la mayor inversión de la última década y gran parte de su rápida resurrección tras la gran crisis. Esto no excluye los eventuales diferendos. En todos lados, incluida Europa, hay problemas entre gobierno y empresas, sobre todo si se trata de compañías de servicios públicos. El conflicto reside, otra vez, en las formas. El insulto sustituye aquí al descontento correctamente expresado y la arbitraria amenaza reemplaza la necesaria negociación. América latina es bella y salvaje.

Por Joaquín Morales Solá

Fuente: diario La Nación, Buenos Aires, 16 de noviembre de 2007.

Compartir:

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

*