La caída del Muro: Berlín, el largo camino del reencuentro

El 9 de noviembre de 1989, cayó el ícono más contundente de la Guerra Fría, el enfrentamiento que partió al mundo en dos mitades irreconciliables. Dos décadas después, la hoy vibrante capital de la Alemania reunificada no esconde las cicatrices de su pasado ni las dificultades del proceso de reintegración.

Por Luisa Corradini (Berlín)

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BERLIN

La histórica caída del Muro de Berlín, que cambió el rumbo de la historia del siglo XX, comenzó con una escandalosa mentira y terminó con un grave error de apreciación.

El engaño fue obra de Walter Ulbricht, presidente del Consejo de Estado de la República Democrática Alemana (RDA). El 15 de junio de 1961, apenas dos meses antes de la instalación de las primeras alambradas de púas, Ulbricht proclamó que “nadie” tenía la “intención de erigir un muro”.

La ceguera fue de su sucesor, Erich Honecker, cuando afirmó el 19 de enero de 1989 que esa herida fortificada que partía la ciudad en dos seguiría en su lugar “dentro de 50 o de 100 años”: diez meses después, se produjo su estrepitoso derrumbe.

Veinte años después de ese acontecimiento crucial en la historia de la humanidad, no queda casi nada de esa siniestra construcción de 43.100 metros de largo, que dividió Berlín durante 28 años. Sólo tres sitios de la ciudad conservan sus vestigios. El resto se limita a una discreta doble línea de adoquines que sigue el antiguo trazado. Sus ondulaciones reaparecen aquí y allá en las veredas y avenidas de esta vibrante ciudad del siglo XXI en que se ha transformado la capital alemana.

Atrapado por la modernidad, el visitante tiene hoy dificultades para imaginar lo que era ese muro, formado por bloques de 3,5 metros de alto, 1,20 m de ancho y 2,75 toneladas de peso coronados por una alambrada de púas que se abría en V hacia ambos lados. Una ponzoñosa culebra de cemento que serpenteaba en pleno centro de la ciudad, pero también a su alrededor, para aislarla de la RDA que la envolvía al punto de hacer de Berlín-Oeste “el único lugar del mundo donde todos los puntos cardinales se hallaban al Este”, según la amarga ironía del humorista Wolfgang Neuss.

Ese muro representaba un total de 55 kilómetros de largo e innumerables dramas humanos: 687 muertos sólo en Berlín.

El fin de tres ciclos El acontecimiento inmenso que fue su caída puso fin a tres ciclos históricos, acoplados entre sí.

El más corto fue lanzado pocos años antes en la URSS por el líder soviético Mikhail Gorbachov. La perestroika, es decir el arsenal de reformas económicas destinadas a modernizar el comunismo, puso a ese país en el camino de la desintegración. El hombre que decidió el aggiornamento del sistema se vio obligado a limitar los gastos militares y amordazar su diplomacia, a retirarse de Afganistán y alejarse de Cuba. Al romper con la doctrina Breshnev, que afirmaba la legitimidad de una intervención armada en todo “país hermano” divergente de la línea colectiva, Gorbatchov aceptó de hecho la descomposición de la RDA.

Simultáneamente concluyó un ciclo en la historia de Alemania y Europa que había comenzado en 1961 con la construcción del Muro. Berlín, que desde 1948-49 soportaba el bloqueo soviético, se había transformado en el símbolo de la Guerra Fría. Enclavada en la “democracia popular” de la RDA, la ex capital del Reich era una base del espionaje y la propaganda antisoviética. Su forma de vida occidental, opulenta y desprejuiciada, fascinaba a decenas de miles de alemanes orientales que iban cada día a trabajar a la ciudad, rápidamente reconstruida sobre los escombros de la Segunda Guerra Mundial. Por esa razón, el poder comunista decidió levantar ese “muro de la vergüenza” en el corazón de la ciudad, materializando la opresión del totalitarismo post-estalinista.

Visto desde una perspectiva aún mayor, el 9 de noviembre de 1989 cerró la secuencia histórica abierta en 1917 con la Revolución de Octubre en Rusia. Fue en ese preciso instante que el comunismo soviético recibió el golpe mortal.

Ese día también quedaron desmentidas en forma brutal la mayoría de las previsiones y augurios que dominaron los años 70 y 80. Para dirigentes occidentales, intelectuales y especialistas de geopolítica, se podía salir de dictaduras de derecha (prueba de ello fueron las caídas de las dictaduras militares de Grecia, Portugal, España y la Argentina). Pero -en nombre de una ley que fue aceptada como una evidencia que no requería demostración-, aquellas dictaduras llamadas “de izquierda” eran consideradas como indestructibles.

Erich Honecker, el último líder de la RDA, era uno de ésos. Gorbachov evocó esa empecinada ceguera en una reciente entrevista al relatar la visita que realizó a Berlín-Este para la conmemoración del 40° aniversario de la RDA, en octubre de 1989, un mes antes de la caída del Muro.

“Mieczyslaw Rakowski [primer ministro polaco] que estaba en la tribuna con el general Jaruzelski justo detrás de mí, se inclinó hacia adelante y me dijo:

-Mikhail Sergueievitch, ¿usted entiende alemán?

-Lo suficiente como para comprender lo que gritan los manifestantes-, respondí

-¿Comprende entonces que esto es el fin?, agregó Rakowski

“Era el fin, en efecto. Por el contrario, Honecker no comprendía nada. Me aseguraba que tal vez la perestroika fuera importante para la URSS, pero que en RDA las reformas ya se habían realizado…”, recuerda Gorbachov.

En noviembre de 1989, la autoridad del régimen alemán oriental vacilaba. Erich Honecker, el hombre que había aplaudido la masacre de Tiananmen, fue destituido por sus pares en un intento por salvar las pocas piedras de la utopía comunista que aún permanecían en pie. El 4 de noviembre, en Alexanderplatz, cerca de un millón de manifestantes exigían la libertad de viajar.

Ese 9 de noviembre, después de un plenario del comité central del SED (Partido Socialista Unificado de Alemania), Günter Schabowski, miembro del buró político, anunció la adopción de “un reglamento que permite a todo ciudadano dejar (la RDA) por cualquier puesto fronterizo”. Incluso por Berlín-Oeste, precisó. Y cuando un periodista italiano le preguntó a partir de cuándo, la respuesta fue: “Entiendo que en forma inmediata”.

La noticia se propagó como reguero de pólvora. Los berlineses se reunieron masivamente a ambos lados del muro y en los puntos de paso. Finalmente, hacia las 22.30, en la Bornholmer Strasse, en el barrio de Prenzlauer Berg, se levantó la primera barrera. A medianoche, el resto de los puestos fronterizos la habían imitado. “Berlín vuelve a ser Berlín”, tituló un diario al Oeste. El resto pertenece a la historia.

Veinte años después, Berlín es otra Berlín. Vastas avenidas arboladas, parques cuidados, barrios espaciosos… La circulación es fluida, los peatones, los ciclistas, los cochecitos de bebé y, sobre todo, los jóvenes forman parte de la nueva tarjeta postal. Los transportes en común, fiables, limpios y frecuentes, trasladan al visitante de un barrio al otro con eficacia y precisión. Curiosamente, en Berlín no se siente el estrés que neurotiza otras capitales. Esa es probablemente la mayor sorpresa de quien llega allí por primera vez: Berlín, la ciudad símbolo de la Guerra Fría, el inmenso campo de ruinas, la capital de la Alemania reunificada, se presenta antes que nada como una capital del savoir-vivre .

Pariser Platz, a los pies de la Puerta de Brandeburgo, perdió definitivamente sus aires de mortal no man´ s land . En ese lugar de desolación brotaron hoteles de lujo, inmuebles high tech de grandes bancos y edificios ultramodernos sedes de embajadas. Otro inmenso espacio antaño abandonado, Potsdamer Platz, muestra orgulloso su nuevo perfil vanguardista, en cuya concepción trabajó el grupo de arquitectos más talentosos del planeta.

Por todas partes, el delirio inmobiliario se ha apoderado de Berlín, aun cuando ya no sea tan fácil comprar, vender o alquilar por culpa de la crisis. Son pocos en realidad los barrios que siguen resistiendo, pero los hay: después de una cierta edad, el berlinés del Oeste no siente demasiado afecto por ese primo del Este, que le devuelve el sentimiento con creces.

“El Muro está en las cabezas.” Esa es la frase que usan todos para explicar ese desamor. En épocas de la división, cada parte de la ciudad estaba generosamente subvencionada por su Estado tutelar: Berlín-Este, para mantener una ilusión de prosperidad inexistente; Berlín-Oeste, para mostrarse como vitrina insolente del capitalismo asediado.

Legado contradictorio Hoy reunidos, ambos sectores tienen enormes dificultades para despojarse de los hábitos nacidos de aquella dependencia. Y lo mismo sucede con el país.

Este 9 de noviembre, la algarabía de algunos se mezclará con la inquietud frente a la crisis más grave que le toca atravesar a Alemania desde 1930, pero también la desazón general frente a una cohesión nacional que se hace esperar. Veinte años después de la caída del Muro, es necesario reconocer que la reunificación no ha dado los resultados esperados. Muchos “ossis” (alemanes del Este) se perciben como ciudadanos de segunda categoría, observados con condescendencia por los “wessis”.

Los ecos del discurso pronunciado en octubre de 1990 por el canciller Helmut Kohl, que prometió “paisajes florecientes” en el Este, resuena hoy como una broma de mal gusto. No sólo porque miles de compañías del Oeste se apoderaron de las industrias del Este y las desmantelaron, destruyendo toda posibilidad de competitividad. Sino porque, a pesar de haber absorbido más de un billón de euros del presupuesto federal, el Este sigue padeciendo un desempleo muy superior, menor productividad, altísimas tasas de emigración y un ingreso per capita muy inferior al del Oeste.

Todo alemán que trabaja seguirá pagando hasta 2019 una tasa de solidaridad de 5,5% instaurada para financiar la reunificación. Pero el camino parece largo. Los especialistas estiman que serán necesarios 20 años más para que los estados regionales del Este puedan autoabastecerse.

El producto bruto interno del Este representa sólo el 71% del Oeste, un crecimiento de apenas 4% en nueve años. La producción industrial creció 7,5% desde 2006, comparado con 4,3% en el Oeste. Pero esas cifras son modestas, si se tiene en cuenta que en el Este había mucho más espacio para el crecimiento. El desempleo, por su parte, llega a 13,3% de la población activa, es decir, casi el doble que en los estados del Oeste.

El éxodo es tan grave que algunas comunas simplemente se están preparando para desaparecer. Cerca de 90.000 personas dejan cada año el Este en busca de trabajo. Los destinos preferidos son las ciudades industriales del Oeste -principalmente en la cuenca del Ruhr-, Suiza y los países escandinavos.

Uno de los problemas más serios e inesperados de la reunificación es la partida de miles de jóvenes mujeres -curiosamente más móviles que los hombres-, que terminó por provocar un desequilibrio poblacional y se ha transformado en un obstáculo suplementario para todo plan de desarrollo. En Alemania del Este hay 8,5 mujeres por cada 10 hombres. En ciertas regiones, las mujeres representan un cuarto de los emigrantes y los índices de natalidad se han desmoronado en uno de los países de Europa que ya registraba una de las más bajas tasas de natalidad.

Como en Alemania, muchos otros europeos miran con desilusión la instalación vertiginosa y egoísta de un Occidente prepotente que no tiene tiempo de ocuparse del ser humano. Ese sentimiento profundo, representado a la perfección en 2003 por el film “Good bye Lenin!”, ha recibido el nombre culto de “ostalgie” (nostalgia del Este).

“Siento amargura porque hemos perdido. ¡Hemos dejado tantas plumas en esa revolución abortada de 1989! Mi infancia fue miserable. En Occidente, hubiese sido cajera o algo parecido. La RDA me dio la posibilidad de hacer estudios superiores, de trasformarme en una intelectual. En el Este, el trabajo y la vivienda eran un derecho. En la RDA, el 90 por ciento de la gente trabajaba. Todos soñamos con una tercera vía: ni capitalismo ni comunismo burocrático. Pero perdimos en toda la línea. El futuro me da miedo”, confesó la filósofa Marion Becker.

Veinte años después, es legítimo preguntarse si el proceso que comenzó el 9 de noviembre de 1989 desembocó en una reunificación o se trata, en definitiva, de una simple absorción.

Otro berlinés respondió a ese interrogante con la historia de esa estrellita de cine que fue a ver a Orson Welles y le propuso matrimonio: “Maestro, con su inteligencia y mi físico, imagine los hijos excepcionales que tendríamos…” Orson Welles la miró y respondió: “Señorita, ¡imagínese si tienen mi físico y su inteligencia!”

Como en esa historia, el matrimonio entre Este y Oeste ha sido consumado. Los alemanes todavía esperan para ver cómo serán los frutos de esa unión.

Fuente: suplemento Enfoques, diario La Nación, Buenos Aire, 1 de noviembre de 2009.

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