“La Argentina no es consciente de su potencial”

Para el ex jefe del BID, Enrique Iglesias, la confusión entre liderazgo y mesianismo es temible.

Por Hugo Alconada Mon

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WASHINGTON.– En sus 17 años como presidente del Banco Interamericano de Desarrollo (BID), Enrique Iglesias encontró –y todavía lo lamenta– un denominador común entre los líderes latinoamericanos, incluidos los argentinos: “El inmediatismo”, dice. También esa temible confusión entre liderazgo político y mesianismo. “Los políticos suelen obsesionarse con la búsqueda de un nuevo modelo, de la solución, del paradigma mágico, en lugar de aprender de otras experiencias, de otros países”, explica. Añade que eso en la Argentina se combina con discusiones circulares y ya agotadas. “Algo ha pasado en la Argentina, donde el debate es obsoleto y se discuten los mismos temas que hace 20 o 30 años”, dice. Iglesias tiene un cariño evidente por el país. Tan claro que, en lo peor de la crisis que arreció desde 2001, él abogó por la Argentina ante la ahora secretaria de Estado, Condoleezza Rice, y se enfrentó con la número dos del Fondo Monetario Internacional (FMI), Anne Krueger. Aceptó un nuevo período en el BID, dice, para ayudar al país. “¿Cómo podía irme? Ahora la crisis ha pasado”, explica. Pero Iglesias es más que el hombre que deja la presidencia del BID. Nacido en Asturias, uruguayo por opción, economista, ex profesor universitario, ex Cepal, asumirá en Madrid como secretario ejecutivo de las cumbres iberoamericanas de jefes de Estado. Toda América latina le reconoce sus esfuerzos por sostener la democracia en la región, que él califica de democracia “en riesgo” desde hace años por la pobreza, el reparto injusto de la riqueza, las instituciones débiles y la dirigencia mediocre, contracara de líderes como Domingo F. Sarmiento, destaca, que impulsó la educación como herramienta de desarrollo individual y social. –Usted dice que la democracia peligra en América latina. ¿Por qué? –Porque la situación social en la región es dramática y tenemos situaciones muy graves de postergación social, con demandas insatisfechas que se manifiestan a través de formas de expresión pública que no habíamos visto nunca, como los movimientos casi antidemocráticos en las calles, en clamor de reivindicaciones de todo tipo, en lugar de apelar a las instituciones. Así se puede terminar con los gobiernos elegidos democráticamente. La dirigencia política a veces tampoco está a la altura de las circunstancias internacionales y regionales. Siento que la complejidad de la coyuntura exige una calidad política que muchas veces no está presente y que los partidos políticos no responden aún a la calidad que se les exige ahora en América latina. Y si la democracia como procedimiento no va acompañada por instituciones sólidas, surgen posibles desviaciones o rupturas, riesgos para las democracias. Afortunadamente eso todavía no se ha dado en América latina como bloque, y espero que no se dé, pero son elementos que no se deben soslayar. La democracia debe ser encauzada por canales adecuados. Y eso está fallando en América latina. –¿Percibe, como otros en Washington, que el populismo es un riesgo creciente en la región? –El concepto “populismo” se maneja con bastante ambivalencia. El populismo requiere recursos, y cuando éstos no están disponibles, no tiene muchas perspectivas. El populismo cuesta dinero. Si no hay fondos, no puede prosperar, porque deriva en crisis inflacionarias o en crisis de balanzas de pagos y se termina la aventura. Por eso también percibo en América latina que incluso gobiernos que llegan con banderas progresistas y de cambio ven las realidades objetivas y actúan con prudencia. Reconocen las limitaciones que tienen las funciones económicas. Los países tienen grandes limitaciones externas, impuestas por las realidades internacionales, y es importante reconocerlas para actuar con sensatez y mucho pragmatismo. –Movimientos antidemocráticos, instituciones débiles, atraso tecnológico, globalización… –También están las grandes disparidades que hay en las sociedades de esta región. Son la mayor fuente de inestabilidad y de inquietud social, mucho más que la pobreza. Cuando se comparan las estadísticas de distribución del ingreso se corrobora cuán mal está América latina con respecto al resto del mundo. Eso imposibilita la cohesión social, genera grandes enfrentamientos y, por tanto, perturba el funcionamiento normal de una sociedad. –¿Cómo se corta la iniquidad? –Ese es el punto difícil. Aun países que avanzan mucho en sus procesos de desarrollo económico, como Chile, están muy preocupados por cómo la modernidad económica acentúa, muchas veces, la relación distributiva injusta en sus países. Revertirlo lleva tiempo y paciencia. Hay que invertir en educación, fomentar el acceso a las oportunidades que ofrece la economía, el acceso al crédito y a la tierra. –¿Prevé que el contexto que impulsa a la Argentina y a la región –dólar y euro altos, tasas de interés bajas, commodities apreciados– se puede revertir en el corto plazo y se pierda, así, una nueva oportunidad? –Las “vacas gordas” de los últimos años para América latina estuvieron vinculadas con el ingreso del poder de compra asiático en el mercado mundial, en especial, el ingreso de China. Eso durará, porque esos consumidores continuarán comprando. Y en esa apertura creo que la región tiene una oportunidad como productora privilegiada de materias primas: alimentos, minería, energía, recursos forestales y marítimos. Esta oportunidad es enorme. Pienso especialmente en la Argentina, que tiene una posición privilegiada. Tiene una nueva oportunidad, que tendrá altibajos, como todo ciclo, pero que en el largo plazo es atrayente para un país que tiene claras ventajas comparativas. –Eso también podría representar una condena para la Argentina, limitada a la exportación de materias primas y productos de bajo valor agregado… –El ingreso de China en los mercados demuestra que los precios se han tonificado gracias a su demanda, que es muy vigorosa y sostendrá los precios en el mediano plazo. El otro tema es, claro está, que sólo con materias primas no se hace patria. Faltan más y mejores puestos de trabajo, pero esa demanda es una palanca fenomenal para impulsar otras áreas de la economía, hacer una reforma estructural y buscar nuevas formas de industrialización y de prestación de servicios en el mundo. –El Banco Mundial y el BID calculan que América latina requiere unos 70.000 millones de dólares por año para desarrollar su infraestructura. Pero recibe menos, y los invierte mal. –Desde luego. Se necesitarían decisiones racionales, inteligentes. Se pueden invertir US$ 70.000 millones y no resolver los problemas. En cualquier lista de prioridades es central invertir en educación. Un informe de la OECD demostró cómo los niveles de educación que tenía Europa en 1850 reflejan los niveles de distribución del ingreso que hay hoy en esa región, cómo el patrón educativo condicionó el distributivo. América latina tiene un profundo déficit en el área educativa, no tanto de acceso, sino de calidad. –¿Cómo se mejora la calidad de la educación si aún se discute en la Argentina si hay que becar a los científicos o si la universidad debe ser gratuita y de libre acceso? –Aplicando recursos a la educación, dentro del problema macroeconómico que vive el país, porque la educación compite con otras demandas necesarias. Sin embargo, insisto, no se invierte tan poco en educación, sino que se invierte mal. Es un déficit muy importante. La calidad de la educación depende de que se dispongan más recursos y de que se usen mejor los disponibles. En todos los niveles. La preescolar, la primaria, la secundaria y la superior, que muestra deficiencias muy grandes y muy graves. La educación superior, que se vincula directamente con la economía del conocimiento, representa un papel central en nuestras economías. En la Argentina, por ejemplo, tienen experiencias notables en materia tecnológica. Han tenido premios Nobel. La base sobre la cual hay que construir en su país un sistema de educación superior de altísima calidad está allí, latente. –¿Cómo se explica la importancia de la educación y la globalización a líderes que les huyen a las nuevas tecnologías, que jamás salieron del país o que creen que cerrar la economía es la mejor opción? –[Sonríe.] Pues habría que preguntarles a Sarmiento y a José Pedro Varela [político y pedagogo uruguayo de fines del siglo XIX] cómo hicieron en su momento para despertar la necesidad de la educación en sus naciones. Los cambios siempre están basados en los liderazgos políticos que tengan la suficiente visión. ¿Cómo hizo Irlanda para ser hoy el país que es? Colocando la educación como su prioridad veinte años atrás. Hay líderes que sin haber recibido educación formal han comprendido el papel de la educación. –Usted insiste en que los argentinos no tienen en cuenta su potencial. ¿Por qué? –La Argentina no es consciente de la enorme capacidad, del potencial que tiene y ha tenido. Ya es un lugar común recordar que en los años 20 tenía uno de los ingresos per cápita más altos del mundo y que lo había logrado a partir de una estructura económica y social muy particular. A veces, la Argentina desconoce que tiene un potencial fenomenal. La calidad del recurso humano argentino está por encima del observado en el resto de América latina. ¿Qué falla entonces? Las instituciones y los sistemas políticos, que deben responder a las nuevas realidades. –¿Avizora entonces una segunda etapa de reformas estructurales? –Las reformas deben ser, en realidad, un estado permanente. Los países deben adaptarse continuamente a las condiciones que provienen del resto del mundo, de las transformaciones tecnológicas. Se observa en los países industrializados, que buscan nuevas formas institucionales para adaptarse a los nuevos imperativos. Estamos en un mundo cada vez más interconectado, nos guste o no. Eso implica jugar con reglas de juego condicionadas por el contexto internacional. Aunque, también es cierto, hay que administrar esa integración. Hay que racionalizarla, impulsar políticas que maximicen sus beneficios y reduzcan los riesgos. –Tras 17 años como presidente del BID, ¿qué aprendió de los líderes latinoamericanos? –Que hay que luchar contra el inmediatismo, contra las crisis, las urgencias. América latina se está quedando atrás en lo tecnológico. Algo ha pasado en la Argentina, por ejemplo, donde el debate es obsoleto y se discuten los mismos temas que hace 20 o 30 años. –¿Y aun así usted invertiría todo su patrimonio, o parte de él, en el país? –¡Oh, sí! La revolución agrícola que ha hecho la Argentina en los últimos 20 años es espectacular. La capacidad de expansión que tiene el sector de la agroindustria en la Argentina, en este mundo en demanda permanente de alimentos, es fantástica. El descubrimiento de los recursos minerales que tiene durmiendo la Argentina es otro eje muy importante. El turismo, que su país ha explotado poquísimo, abre oportunidades enormes. Y la relación recursos-población es excepcional y de calidad. La Argentina tiene una base de desarrollo impresionante. El debate es cómo plasmar esas posibilidades en realidad. Es una cuestión de liderazgo político y reformas institucionales.

Fuente: diario La Nación, 10 de agosto de 2005.

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