Kirchner, favorecido por sus adversarios

El regreso de Menem y Alfonsín

Por Joaquín Morales Solá

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En un día de la próxima primavera seguramente se conocerá el ingreso de Carlos Menem en el Senado. El mismo día se sabrá, también muy probablemente, que Adolfo Rodríguez Saá será senador nacional. Pocos días más tarde, Raúl Alfonsín llegará de nuevo, posiblemente, a la presidencia del comité nacional del radicalismo, el partido opositor con mayor representación parlamentaria. Sin duda, los políticos argentinos no pueden reconocer el irremediable paso del tiempo y avistar la derrota. Menem, Rodríguez Saá y Alfonsín no tienen las mismas condiciones humanas. Sus diferencias oceánicas no son sólo políticas, sino también morales. Sin embargo, esos contrastes valen nada más que para la evaluación histórica de un tiempo que se acabó. El tiempo de ellos también ha terminado definitivamente; sólo sucede que no se han enterado. Menem no puede aún caminar tranquilamente por las calles de otra comarca que no sean las de su pequeña y fiel provincia, donde, no obstante, sólo logró co nvocar al 5 por ciento de los potenciales electores de la interna del último domingo. Ganó con porcentajes africanos –90 por ciento– esa mísera elección. Rodríguez Saá desertó de la presidencia, de Chapadmalal a la seguridad de su San Luis (la misma provincia que lo hará senador), poco después de terminar de desquiciar a la Argentina en la Navidad de 2001. Turbas asadas en el calor y la furia lo esperaban en las puertas de todas las residencias presidenciales. La última experiencia institucional de Alfonsín fue la de senador nacional por la provincia de Buenos Aires; una escolta de la policía debió acompañarlo para salir del Senado poco antes de que renunciara a ese cargo parlamentario. Kirchner está contento. ¿Qué mejor ayuda puede pedirles a los santos de la política que la confrontación con aquellos hombres? El problema es que esos opositores hablan de él y él habla de ellos o de algunos de ellos. Las provocaciones cruzan el escenario de la política nacional por el pasado reciente o por la historia lejana. Sólo Alfonsín calla, enfrascado en la obsesión radical por la interna partidaria. No hay una idea, ni nueva ni vieja, dando vuelta por todos esos cerebros, ya fatigados. En los países donde mandaron, Bill Clinton, Felipe González o José María Aznar andan de seminario en seminario, hacen profecías que a veces se cumplen y dan consejos que nadie escucha. El poder y la política se dirimen entre exponentes de nuevas generaciones de hombres públicos; a ninguno de esos antiguos gobernantes se les ocurre el regreso a la primera fila del espectáculo. Todos ellos son, además, mucho más jóvenes que los incomparables modelos locales y, lo que es más sorprendente, han sido en sus tiempos exitosos gobernantes y son ahora populares políticos jubilados.


Es posible que Menem carezca de cualquier influencia futura en el Senado. El peronismo no perdona el fracaso y, por el contrario, suele acudir presuroso en ayuda del vencedor. Rodríguez Saá seguirá divirtiendo a la platea con sus párrafos de humorista notable. A su vez, Alfonsín se sabe querido por gente que nunca lo votará. ¿Por qué la insistencia? No contribuirá en nada a resucitar a su viejo partido, al que le dio la gloria y el descalabro en dosis idénticas. Con esa panoplia de opositores, Kirchner podrá continuar vendiendo la improbable renovación política del brazo del dirigente piquetero Luis D´Elía y de algunos impresentables patrones de la política bonaerense. D´Elía tuvo la sinceridad -todo hay que decirlo- de exponer públicamente la catadura política y moral de algunos aliados presidenciales. Luego enmudeció; una mano poderosa cerró, seguramente, su boca imprevisible. Los peores enemigos resultan ser los amigos incontinentes. Por lo demás, a estas alturas, hay que concluir ya que el Presidente aspira a una derrota sólo moderada de su contrincante Eduardo Duhalde. Habla mal de él en todas las esquinas donde se para a conversar o en cualquier tribuna ardiente, como son todas sus tribunas. Es una clara incitación a los argentinos antikirchneristas (que los hay, aunque le duela al ego presidencial) a optar por Duhalde y por nadie más en las elecciones legislativas de octubre próximo. Duhalde tampoco es popular y también pertenece, como él mismo lo reconoció en épocas de mayor franqueza, a la política que no dejó batallas por perder. Pero retiene aún más estructuras partidarias que Menem o que Rodríguez Saá. Cualquier político daría años de su vida por tener un arco de semejantes opositores. El centro del problema es que Kirchner cultiva la supervivencia de ellos con la obsesión de un jardinero, como si fueran especies en extinción, que es lo que son.


En rigor, el Presidente no ha hecho ningún aporte a la renovación del peronismo ni de la política; por ahora, sólo aspira a cambiar el cacicazgo. Punto. El resto pertenece al verbo y a la ensoñación. Ganará sólo mientras la fortuna lo acompañe. Tropezará con un conflicto insoluble el día en que se encuentre con un problema en el gobierno o con la sociedad. Esas contingencias son las más probables en cualquier gobierno de cualquier parte del mundo. No tendrá entonces dónde detenerse para resollar, perseguido por una sociedad sin reservas de paciencia. Si lo pensaran dos veces, él y sus opositores, vencidos de antemano, concluirían en que les es mejor no seguir avanzando, campantes, hacia atrás.

Fuente: diario La Nación, Buenos Aires, 11 de agosto de 2005.

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