Juca Ferreira: “La globalización no pone en riesgo la identidad”

Opina un embajador cultural de Brasil.

Por Héctor M. Guyot

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Viste un traje impecable y sus modos son atentos y medidos. Sin embargo, algo en su persona llama la atención: un arito dorado destella en una de sus orejas. João Luiz Silva Ferreira, o Juca Ferreira, como todos lo llaman, es secretario ejecutivo del Ministerio de Cultura de Brasil, la mano derecha del ministro, el músico Gilberto Gil, al que conoció a principios de los años 80, cuando ambos militaban en la causa ecologista. Sociólogo por la Sorbona, 57 años, casado, Ferreira pasó por Buenos Aires para participar del IV Encuentro Internacional sobre Diversidad Cultural, organizado por el gobierno porteño.

Lejos de temerle al fantasma de la globalización, Ferreira afirma que el flujo informativo que llega de afuera enriquece los procesos culturales nacionales, siempre que en esa relación compleja el Estado garantice equilibrio y reciprocidad. Y ofrece como ejemplos de feliz interacción la bossa nova y el tropicalismo.

“La expectativa pesimista de una homogeneización cultural no se confirmó. El propio mercado necesita de la diversidad para realizarse plenamente”, dice Ferreira, quien en cada viaje de Gil asume interinamente la cabeza de un ministerio que, según las voces críticas, no alcanzó aún a plasmar en los hechos todas sus intenciones.

Para Ferreira -ex secretario municipal de Medio Ambiente de Salvador de Bahía y autor de numerosos proyectos ligados a la ecología y a la difusión de la cultura-, la clave es que cada expresión cultural tenga la oportunidad de aportar su voz al coro de la diversidad, objetivo para el cual los medios de comunicación -y especialmente la TV- cumplen un rol esencial.

“La experiencia brasileña muestra que es posible estar abierto al mundo y al mismo tiempo mantener las singularidades a partir de nuestras características culturales específicas -dice a LA NACION-. Brasil siempre fue un punto de encuentro de muchas culturas. Los portugueses encontraron la presencia indígena. Con la esclavitud vinieron los africanos, y desde fines del siglo XIX llegaron corrientes migratorias de casi todo el mundo. En un país de grandes dimensiones, tenemos regiones con características culturales muy propias. Yo diría que nuestra identidad es la diversidad.”

-¿La globalización pone en jaque esa diversidad?

-No hay por qué temer el intercambio con el mundo. Hoy la subjetividad se construye no sólo con las matrices culturales locales, sino también con la cacofonía de informaciones que llegan de múltiples canales de intercambio. No hay posibilidad de pensar, ni sería bueno hacerlo, en una identidad aislada. La gente necesita absorber la información que viene de afuera, procesarla desde sus patrones culturales y devolverla enriquecida. Todas las experiencias de un ser humano interesan a todos los seres humanos, independientemente de los contextos culturales específicos. Pero, claro, existen colonialismos, hegemonías y una concentración de los medios de comunicación de masas, y eso hace que este intercambio sea muy desigual. Allí entran las políticas públicas, para garantizar que no sea predatorio.

-¿Cómo se evita?

-Es fundamental que cada pueblo se exprese y se reconozca en sus manifestaciones culturales. Especialmente en los medios de comunicación de masas, que son los que determinan las sensibilidades. Yo diría que la televisión es hoy el hecho cultural más importante.

-¿La TV es un instrumento de homogeneización o, por el contrario, de promoción cultural?

-Las dos cosas. Al tiempo que es un canal de hegemonía y homogeneización, es una oportunidad enorme de multiplicación de fuentes. Vuelvo a lo anterior: si el pueblo no se ve en la tele, si no hay posibilidad de que todas las regiones del país tengan presencia en los medios, se restringe la canalización de esa expresión que permite el diálogo entre lo producido dentro del país, para que luego se relacione de manera generosa y saludable con lo que viene de afuera.

-¿Es posible lograr ese equilibrio cuando la industria cultural del Primer Mundo es tan fuerte?

-La expectativa pesimista de una homogeneización cultural no se confirmó. Las diversas matrices culturales y las sensibilidades singulares acabaron teniendo un peso importante en un contexto de globalización. El mercado necesita esa diversidad para realizarse plenamente. Si existen tendencias de homogeneización, por el otro lado existe la posibilidad de que la diversidad se desarrolle plenamente en ese territorio integrado. Les cabe a los Estados y a la sociedad generar mecanismos para garantizar ese desarrollo.

-Pero los paradigmas de esta tensión entre lo local y lo global han cambiado en los últimos años.

-Claro. La globalización ha cambiado la construcción de la subjetividad. Hoy usted no tiene sólo los estímulos de su experiencia local, de su comunidad, de su país, sino que todas las experiencias están conectadas. Se reciben información, signos y mensajes de todos los contextos. Es casi un supermercado donde uno puede elegir, y eso tiene un lado positivo, porque esa disponibilidad ofrece un nivel de libertad mayor.

-¿Los sistemas educativos de nuestros países apuntan a desarrollar esa capacidad de elección?

-Las escuelas están atrasadas en el mundo entero con relación a ese proceso. Han perdido el monopolio de la transmisión de información y conocimiento. Hoy, un chico o un joven tienen más información fuera de la escuela que adentro. En este sentido, todavía no hubo una adecuación de las estructuras escolares. Yo diría que hoy estamos viviendo un tiempo de transición, en el que se buscan caminos y políticas que permitan que la globalización sea experimentada no como vía de una sola mano, sino de manera más amplia.

-¿Cómo se hace para mantener la diversidad dentro de un país tan rico y complejo como Brasil?

-En un país de dimensiones continentales como Brasil existe una hegemonía de Río de Janeiro y San Pablo que necesita ser equilibrada con regulaciones que permitan la divulgación de la producción cultural de todas las regiones del país para que puedan ser parte de la subjetividad nacional. Porque la homogeneización cultural no es sólo una amenaza que viene de afuera. En nuestros países, en los que la república no se ha desenvuelto plenamente, la amenaza es también interna.

-¿ Qué políticas ha trazado desde su ministerio al respecto?

-Cuando Gil asumió, manifestó que entendía la cultura en tres dimensiones. Primero, como hecho simbólico. Cultura no es sólo el arte, sino también toda producción simbólica del pueblo brasileño, y eso incluye lo culinario, las tradiciones y hasta la tecnología. Segundo, como derecho de ciudadanía. En Brasil, los números indican una gran exclusión: menos del diez por ciento de los brasileños va alguna vez al año al cine, y con casi 200 millones de habitantes los libros tienen una tirada promedio de 5000 ejemplares. Por eso nuestra política pública se volcó a promover el acceso de la población a la cultura. La tercera dimensión es la económica. Con todo esto, introdujimos un concepto fuerte de política pública.

-¿No existe el peligro, por otra parte, de que el Estado financie el arte de una elite para que sea consumido por una elite?

-Parte de la producción cultural, especialmente la más elaborada, es para un universo social elitista. Por ejemplo, la producción de música erudita no tiene un público grande en Brasil. Pero no hay que olvidar que al principio la bossa nova no tenía un público grande y luego resultó una contribución definitiva para la música brasileña y mundial. El desarrollo del lenguaje artístico nunca es un fenómeno de masas, porque por lo general contraría el gusto mayoritario. Pero es una parte fundamental del proceso cultural, que vive de la ampliación del acceso y de la profundización de los lenguajes. Ambas cosas son importantes.

-¿A qué atribuye la fuerza cultural que manifiesta el pueblo brasileño?

-En Brasil la cultura nacional tiene una razonable expresión en todos los medios. Por ejemplo, la música brasileña representa el 80 por ciento de la que se escucha. Creo que esto empezó a fines del siglo XIX, cuando Brasil advirtió que no era un segmento de Europa y comenzó a buscar su singularidad. Los modernistas formularon la idea de que éramos un pueblo mestizo y no teníamos una sola identidad cultural, sino muchas. Entonces perdimos el miedo a la relación con el exterior y empezó a construirse un orgullo, una conciencia cultural importante. Mario de Andrade primero, Tarsila do Amaral, los concretistas y otros después perdieron el complejo de inferioridad. La bossa nova y el tropicalismo, por ejemplo, son una prolongación de esa sensibilidad.

Por Héctor M. Guyot

Fuente: diario La Nación, Buenos Aires, 11 de octubre de 2006.

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