Huerta comunitaria en el Hogar Granja El Ceibo

La producción se utiliza para el consumo de los internos de la entidad y también una parte se vende, estando a cargo de Jorge González.

Por Emilio Grande (h.)

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Por Emilio Grande (h.).- Desde hace unos tres años viene funcionando una huerta comunitaria en el predio del Hogar Granja El Ceibo, que funciona en avenida Italia 2092 casi Gabriel Maggi del barrio Italia, atendida por Jorge González, quien hoy cumple 70 años. A decir verdad, hacer una huerta conlleva varios secretos a tener cuenta para una mejor producción. “La que siempre me insistió con esta actividad fue Silvana Zimmerann (hija de la recordada Marta Giura), luego me gustó y me paso varias horas durante el día”, confiesa a este cronista en una visita realizada ayer en medio de una mañana agobiante. Hay verduras que se cultivan para todo el año como acelga, achicoria, lechuga, remolacha, rabanito, perejil, rúcula y otras semillas que corresponden a determinadas estaciones como tomate, zapallito, chaucha, maíz, entre otros. Las semillas son provistas por el programa del Pro Huerta del INTA y en algunos casos son compradas como la rúcula. El lugar utilizado es la parte trasera del predio en un espacio de unos 50 m x por 50 m aproximadamente distribuida en varios canteros para poder caminar en el momento del riego, la cosecha y la limpieza de los yuyos que se sacan de raíz luego de una lluvia. “Lo que se cosecha se usa para el consumo de los internos de la Granja y también una parte se vende a la gente conocida”, agrega González, quien vive en este lugar con su pareja Gabriela. Actualmente, en la Granja -creada en 1988- viven 15 personas con capacidades diferentes (de 18 años en adelante) y otros tantos externos (van durante el día pero no duermen), siendo dirigida por el alemán Hans Gers Wiesner y su señora Sonia Falkenberg. Hay unos 2.700 socios que pagan una cuota mensual y reciben otras colaboraciones.

OTROS SECRETOS El trabajo de la huerta empieza con la preparación de la tierra a través del punteo con la pala de punta, después sembrar al boleo, tapar con tierra y este caso se agrega compost que ayuda a abonar la tierra. “El compost se hace con lo que sobra de los alimentos biodegrables como cáscaras de huevo, restos de tomate y de otras verduras y comidas (hay una cocina comunitaria) que se colocan en un sector de la huerta, para una vez que se pudre luego de un estacionamiento de algunos meses forma un abono especial para la tierra”, destaca González. Más adelante, menciona que “para mí hacer la huerta es una terapia que es muy recomendable porque te ayuda a distraerte y despejarte porque ver brotar una plantita no tiene palabra. Como decía Diego Stochero (otro de los iniciadores de la Granja), meter la mano en la tierra es como acariciar a una mujer”. Se puso poético el entrevistado mientras se ríe. Respecto al riego es mejor el agua de lluvia porque es natural y tiene más propiedades, pero en épocas secas como en el presente hay que apelar al riego artificial que no es lo mismo porque contiene otros componentes como el cloro y el arsénico. “En verano es mejor regar a la mañana temprano o a la tardecita porque al mediodía el agua está más caliente y le hace mal a las verduras”, dice. Otro de los secretos es cuándo sembrar ya que muchos se guían por la luna: “si la siembra se hace en luna creciente viene más rápido y en menguante el crecimiento es más lento”. Además del caso que nos ocupa, hay cientos de vecinos en nuestra ciudad -como quien firma esta crónica- que tienen su huerta familiar por una serie de ventajas: es terapéutica, se consumen verduras frescas sin ferlilizantes y es económica en el plano monetario. Es una actividad muy utilizada en otras partes del mundo.

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