Hubo palabras que nadie esperaba

Por Joaquín Morales Solá

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El chileno José Miguel Insulza, secretario general de la OEA y una de las mentes más lúcidas de América latina, suele decir que la felicidad más palpable de la región consiste en que está muy apartada, geográficamente, de las zonas de los conflictos prioritarios de Washington. Lejos, en fin, de Irak, de Afganistán, de las tinieblas de Medio Oriente. Sigamos esa lógica: ni América latina ni la Argentina están hoy, entonces, en la mirada escrutadora de los Estados Unidos. Insulza, también el último negociador confiable para un documento de la cumbre de Mar del Plata, describe esa situación con su habitual dosis de insobornable optimismo. Desde la perspectiva argentina hay que poner, además, una cuota de realismo: ni Kirchner ni sus circunstancias le quitan el sueño a Bush. En la reunión bilateral de ayer entre Bush y Kirchner, el presidente argentino recibió una buena noticia, indirecta y sutil, y tropezó con una sorpresa. La probable buena nueva se refiere a la gestión que Washington podría hacer ante el G7 (el grupo de naciones más poderosas del mundo) y el Fondo Monetario Internacional. Bush no anticipó en público ninguna gestión en tal sentido. Nunca habrá un compromiso público de Washington en favor de la Argentina ante el organismo multilateral. Sus gestiones en respaldo de la Argentina (las que recordó ayer Bush en su discurso ante la prensa) fueron siempre diplomáticas y suaves. Una posición pública le cortaría a Washington cualquier posibilidad de influencia política real. Vale la pena subrayar algunas cosas: la gestión de los Estados Unidos es sólo probable. Kirchner le dedicó ayer otra de sus diatribas públicas al Fondo. Si sigue así (y aun cuando Bush las comparta en parte), es posible que Washington lo mande a negociar solo con Rato y Anne Krueger, tal como anticipó el jefe de la Casa Blanca. De todos modos, la gestión que reclama la Argentina no es fácil siquiera para los fogueados diplomáticos washingtonianos. Necesita refinanciar deuda por unos 5000 millones de dólares y no quiere condicionamientos por parte del organismo. Pero, lo que es peor, el gobierno de Kirchner tiene problemas con casi todos los restantes países del G-7, mandante, al fin y al cabo, del Fondo. Ultimamente hubo roces de distinta envergadura con Francia, Gran Bretaña, Italia y Japón. Alemania atraviesa una intensa crisis política que la apartó, por lo menos temporalmente, de los conflictos internacionales.


Estados Unidos es, así las cosas, el único país importante en condiciones de organizar un operativo de apoyo a la Argentina en el G-7 y en el Fondo. Sin embargo, debe recordarse que las decisiones del G-7 se toman por unanimidad y no por el sistema de mayorías y minorías. Su decisivo poder en el mundo económico radica, precisamente, en su actuación como bloque monolítico. No hubo preguntas de la prensa porque el gobierno argentino se negó a ello, aunque la delegación norteamericana había aceptado entreabrir las puertas a la curiosidad de los periodistas. Pero Bush no necesita de preguntas para decir lo que quiere decir. Un norteamericano suelto y experimentado, frente a un argentino neutro y tenso por momentos, deslizó algunos mensajes muy claros. El primero de ellos fue el de la necesidad de la seguridad jurídica –y la construcción de reglas del juego claras y permanentes en la Argentina– para atraer nuevas y necesarias inversiones. Es el mismo mensaje que podría escucharse de cualquier ministro del español Rodríguez Zapatero. Si se cruzaran los Pirineos, en un viaje imaginario hasta Francia, es también el mismo reclamo que expresarían los funcionarios parisienses de Jacques Chirac. Ni Rodríguez Zapatero ni Chirac tienen nada que ver, ideológicamente, con Bush. ¿Acaso el mundo está equivocado de cabo a rabo, o tal vez el gobierno argentino tiene una asignatura pendiente con la seguridad jurídica y con la claridad de las reglas del juego, que se niega a reconocer? Es más probable, sin duda, la segunda alternativa que la primera. Con palabras elegantes, mediante una elipsis de pura insinuación, Bush ató las inversiones a la lucha contra la corrupción. Debe retenerse sólo que puso esa palabra, “corrupción”, sobre la mesa pública que compartieron los dos presidentes frente a periodistas de todo el mundo. Nunca se menciona la carencia de lo que abunda. La seguridad jurídica y esta última insinuación fueron las sorpresas de la jornada. Pero Bush es así: a veces sorprende para bien y otras, para mal. También hablaron de la región. A Washington le preocupa sobremanera un país en la región: Bolivia, donde la Argentina tiene una influencia histórica. No le gusta la proximidad al poder del líder cocalero Evo Morales (según Washington, una mezcla de imprevisible revolucionario y pertinaz promotor del cultivo de la hoja de coca), y detesta los anuncios que él hace de una eventual nacionalización de las riquezas gasíferas. Pero le teme, sobre todo, al proyecto secesionista que subyace en el disturbio político boliviano, porque podría quebrar el equilibrio de la paz en el sur de América. Detrás de Bolivia está la figura constante de Hugo Chávez, el líder populista de Venezuela, amigo y generoso contribuyente del proyecto de Evo Morales. Washington dio muestra, en los últimos tiempos, de una embrionaria confianza en las posibilidades de Kirchner de intermediar para moderar los enfados de la región. Bush quería escuchar hablar a Kirchner sobre esos asuntos. Es posible que ayer el presidente argentino haya percibido que el tiempo no es infinito y que esa misión debe encararla cuanto antes.


El equilibrio político que debió hacer Kirchner se pareció mucho al de un acróbata sin red. Del otro lado de la valla de contención, donde estaban los que gritaban contra Bush, aparecieron los rostros de varios amigos suyos y el del propio Chávez, también conocido suyo, al menos. Kirchner necesitaba pedirle un favor a Bush, pero no quería quedar mal con esos amigos políticos. Kirchner lo explica de esta manera: es mejor que haya amigos en la revuelta para contener a los alborotados a que no haya nada ni nadie. Imprudentes, los amigos se colocaron en la primera fila del pataleo. Por eso, no todos los funcionarios norteamericanos que acompañaron a Bush entendieron las razones según la explicación de Kirchner. Kirchner habló de un diálogo “sincero y crudo” sólo luego de que Bush había planteado sus puntos de vista. No hubo nada que sobresaliera por su rispidez; se trataría, más bien, de un mensaje del presidente argentino a la tribuna que gritaba, más allá de las vallas y de la prudencia. Kirchner no acostumbra decirle cosas desagradables a ningún funcionario norteamericano, mucho menos al propio Bush. Además, si hubiera proyectado un momento tirante, no habría ido acompañado por siete funcionarios a una reunión donde sólo se justificaban el jefe de Gabinete, el canciller y el ministro de Economía, éste nada más que por la naturaleza del pedido que debía formularle. ¿Qué hacían en esa reunión De Vido, Tomada o Aníbal Fernández? La Argentina es así: o no hay nadie o están todos. Despejemos las dudas: Kirchner nunca haría cosas secretas o crispadas delante de semejante platea.

Joaquín Morales Solá

Fuente: diario La Nación, 5 de noviembre de 2005.

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