Homilía de la dedicacióon de la Catedral de Rafaela y fiesta aniversario 136 de la ciudad

Por el obispo Luis Fernández.- Al Celebrar hoy, la “Dedicación de la Iglesia Catedral”, y del “aniversario de la Ciudad”, se nos invita desde la Palabra de Dios proclamada, reflexionar de nuestra “casa”, donde vivimos, que desde el pensamiento del autor de la Carta a los Hebreos, se desvincula de la “oscuridad”, de las “tinieblas”, de la “tempestad”, del “fuego ardiente”, es decir “casa”, como lugar “acogedor”, lejos de “miedos” y “tristezas”. Narraba el texto: “Ustedes en cambio se han acercado, a la montaña de Sion, a la ciudad del Dios Viviente, a la Jerusalén Celestial, a una multitud de ángeles, a una fiesta solemne, a la ciudad de Dios”. Así el “Templo”, Dedicado de una manera especial, signo de la Iglesia y, la “ciudad” se muestran como nexos, entre “eclesialidad y ciudadanía” que recorre la historia cristiana. Las Catedrales en medio de las ciudades, son una gran creación, de la arquitectura y de la escultura, que expresan la obra colectiva y la obra común, de toda la comunidad ciudadana, cristiana y civil, que es de “todos”, son obras del pueblo y símbolos visibles de su fe Católica, espíritu cívico y genio artístico, nacidas del trabajo y esfuerzo de generaciones. Las catedrales como las más pequeñas Iglesias y Capillas, son en las diócesis, signo de la “unidad y comunión” que tiene que brillar constantemente en la vida de las comunidades que las conforman, haciendo visible al Dios Trinitario, que es esencialmente Uno, así como una es la Iglesia el Cuerpo de Cristo, el Pueblo de Dios. La ciudad, es un modo de estar en el mundo, y una comunidad coherente con la naturaleza social del hombre, un ser personal llamado a convivir con otras personas, expresa la cultura de un Pueblo, ofrece al hombre, muchas posibilidades de humanización, para realizarse, como ser personal, cultural y político y poder desarrollar plenamente, su vocación a la comunión, en la convivencia social. Pero es cierto también, en las ciudades aumentan muchas formas brutales de inhumanidad y deshumanización. Esta Iglesia Catedral, así como la Ciudad, tienen como Patrono al Arcángel San Rafael, lo escuchamos recién en el edificante Libro de Tobías, del Antiguo Testamento, como Rafael fue enviado por Dios, para “curar”, para hacer “brillar la luz”, andaba como quien no tenía trabajo y se puso con responsabilidad “disponible” a trabajar de “guía”, haciéndose “cercano”, “amigo y hermano” de camino, quitando miedos, devolviendo confianza y esperanza, donde todo parecía perdido, triste y acabado, sacando enseñanzas de la misma vida, aprovechando bien el tiempo, generando nuevas ganas de vivir, donde el paso por las lágrimas que purifican el dolor y el sufrimiento, dan paso a la alegría, a la alabanza y a Bendecir a Dios, como lo estamos haciendo esta tarde nosotros aquí. Toda persona anhela su hogar, sentirse como en “casa”, dice el Principito de Saint- Exupéry: “casa”, lugar del arraigo, en el suelo nutricio, que circunscribe el espacio ilimitado, custodia la intimidad personal y la comunicación interpersonal, constituye el germen de la tradición familiar y social. ¡Qué bueno! Que la Iglesia sea como una casa y la ciudad que habitamos también. Por eso a Jesús le gustaba atravesar las ciudades, encontrarse con la gente, como Dios cercano, alojarse en casa de amigos, llorar por la ciudad amada, Jerusalén. Creo que esto es lo que “buscaba” este hombre del evangelio de hoy, Zaqueo, “quería ver quien era Jesús”, y no podía, porque era de baja estatura, y había una multitud, pero se las arregló, se subió a un árbol, y por ahí pasó Jesús, que mirando hacia arriba le dijo: “Zaqueo baja pronto porque hoy tengo que alojarme en tu casa…, y Zaqueo lo recibió con alegría”. Era considerado un pecador, pero abrió su casa y se llegó el mismo Dios, para quien no hay acepción de personas, más aún, Zaqueo se encontró con la misma salvación, capaz de hacerle cambiar de vida, y comenzar una nueva, de justicia, de compartir y preocuparse por los otros de respeto y solidaridad, viviendo como hermanos en fraternidad y sencillez de vida. Queridos hermanos, demos gracias a Dios por esta tierra forjada en sus comienzos con sangre gringa, cuando no había nada, que además trajeron la fe en Dios, y la llenaron de hijos, para vivir en familia. Vamos a pedir al buen Dios para que nuestra ciudad siga creciendo, sea “casa de todos”, lugar de encuentro de culturas, de alegría y esfuerzo, donde todos se sientan contenidos y amados como hermanos, donde Dios pueda camine por sus calles, y donde en cada casa, este abierta la puerta, para compartir un mate y dialogar con ternura, respeto y dignidad humana, la que Rafaela quiere celebrar en estos 136 años de vida. San Rafael Patrono de la Ciudad, cuida, guía, y acompaña como hermano y amigo, purifica nuestros sufrimientos, y nos eleva hasta la misma vida de Dios. Amén.

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