“Hay que valorar sus entregas y reconocer como ofrendas de vida”

Así destacó el obispo Fernández durante la misa de hoy en Catedral por los fallecidos a causa de la pandemia de covid-19 y para llevar consuelo y fortaleza a los familiares y amigos. “Emprender con la fuerza del Resucitado un nuevo modo de existencia, más religioso y austero, más fraterno y solidario, más humilde, generoso y sencillo”, agregó.

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El obispo de la diócesis de Rafaela Luis Alberto Fernández presidió en la tarde de hoy una misa en la Catedral San Rafael por los fallecidos a causa de la pandemia de covid-19, por las víctimas, para llevar consuelo y fortaleza a los familiares y amigos, en el marco de la Jornada Nacional de Oración. A continuación se comparte la homilía:
Hermanos nos unimos hoy al dolor de tantas familias, que han sufrido la muerte en este tiempo de pandemia de algún ser querido, amigo o conocido, para rezar por su eterno descanso junto a Dios, y para llevar consuelo y fortaleza a sus familiares y amigos.

Fernández presidió la misa en la Catedral (Nicolás Gramaglia, diario Castellanos).

La angustia y la separación de un ser querido siempre aflige y entristece el corazón, más cuando se ha vivido sin la posibilidad de una despedida, del último adiós, haciendo trágico el momento, que se prolonga, por no haber podido ni hacer el duelo tan necesario, que ayuda a elaborar una de las realidades esenciales de nuestra existencia vulnerable como es la misma muerte, “el misterio más grande de la vida”, decía la Madre Santa Teresa de Calcuta.
Tantos hermanos han partido a la casa del Padre, sufriendo el contagio del coronavirus, han padecido la dura enfermedad que puso a prueba no solo a los que han muerto sino también a sus familias y quienes estaban cerca de ellos. Es importante valorar sus entregas y reconocerlas como ofrendas de vida valientes y generosas, en estos tiempos donde aparecen explicaciones, que solo hablan de números y estadísticas, de vacunas y oportunidades, olvidando lo fundamental como es el reconocimiento y la apertura a lo trascendente, sabiduría de la vida, rezando y agradeciendo el don de la fe, que es la única capaz en estos momentos de dar paz y serenidad a quienes les ha tocado pasar el umbral de la vida a la muerte, creyendo en su corazón saber que no todo termina y concluye la historia con la vida en este mundo, sino que el amor verdadero y más profundo es capaz de resurrección, de vida nueva y en plenitud.
Muchos hemos esperado una palabra de consuelo que contribuya a dar un sentido más pleno y verdadero a lo que la humanidad está viviendo, y a veces no solo el silencio, sino peor, el querer esconder o ignorar la vulnerabilidad de nuestra existencia terrenal, por temor a perder el poder de la vida, pero no se ha podido evitar el poder de la muerte, y esto cuánto desorienta, entristece y más nos distancia como hermanos.

Ante tanto dolor e incertidumbre, muchos todavía no han podido ni llorar a sus muertos, por eso qué bien nos hace en este día, escuchar del mismo Jesús resucitado: “¿Por qué lloran, no saben que estoy Resucitado?”. Y esto Cristo lo repite para cada uno de nosotros, ¿“No sabes que estoy Resucitado”? Nuestros queridos difuntos no es que han desaparecido, ellos viven, porque son amados por Dios, y luego de haber pasado un momento difícil y angustioso gozan para siempre de la Luz que no tiene fin, cobijados y amparados por la misericordia de Dios, luego de una prueba tan grande, ahora gozan de la vida nueva que anhelamos y esperamos también para nosotros, ya que el destino final no se cumple en esta vida sino que se encuentra en algo y “Alguien” que trasciende a nosotros que somos limitados, pero estamos abiertos a la esperanza que no defrauda del evangelio anunciado por Jesús.
Estos nuevos tiempos pos-pandemia nos tienen que ayudar a salir mejores, con más fe y confianza, caminando juntos, no solo buscando a los hermanos y reconociéndolos amigos, sino también recuperando la fe en Jesús, que aunque no lo veamos, Él vive y vive resucitado.
Hermanos no podemos quedarnos en el aislamiento y la incomprensión de estos tiempos que se presentan con el mismo drama que expresa en la Biblia el Libro de Job, aquel hombre bueno y honesto que fue tan probado injustamente por el dolor en su vida que llegó a decir: “Hasta cuándo me van a afligir y a torturar con sus palabras, (…) maltratándome desvergonzadamente”.
Pero es el mismo Job, el que grita desde la dignidad más profunda del ser humano: “¡Ah sí se escribieran mis palabras y se las grabara en el bronce; si con un punzón de hierro y plomo fueran esculpidas en la roca para siempre!”.
“Porque yo sé que mi Redentor vive y que él, el último, se alzará sobre el polvo. Y después que me arranquen esta piel, yo con mi propia carne, veré a Dios”. “Sí, yo mismo lo veré, lo contemplarán mis ojos, no los de un extraño”. “¡Mi corazón se deshace en mi pecho!”.
Con esta misma fe, le rogamos a Dios, que reciba y que contemplen su gloria los que en esta pandemia han partido y nosotros que vamos caminando en un continuo entierro de la humanidad que pareciera no tener fin, como caminaba aquella multitud del evangelio que acompañaba sin palabras a aquella madre viuda, que llevaba a su único hijo muerto al cementerio, no dudemos que el Señor Jesús se vuelve a conmover, nos dice, “no lloren”, y “tocará nuestros corazones”, nuestras vidas, y nos ayudará a detenernos, para reflexionar, pensar juntos y animarnos a emprender con la fuerza del Resucitado un nuevo modo de existencia, más religioso y austero, más fraterno y solidario, más humilde, generoso y sencillo, con deseos de compartir avanzando juntos en la cultura del encuentro.
Roguemos a la Virgen y a San José, dando gracias, porque Dios visita y acompaña siempre a su pueblo.
Para nuestros queridos difuntos decimos: Dales Señor el descanso eterno y brille para ellos la luz que no tiene fin. Amén.

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